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Obligados a enterrar dos veces a sus muertos: los ataques de Israel trastocan el rito del último adiós en Líbano

Un grupo de dolientes se reúnen el 10 de abril en Tiro (Líbano) en torno a los cuerpos de personas fallecidas por un bombardeo israelí.

William Christou / Abbas Abdelkarim

Tiro (Líbano) —
12 de abril de 2026 22:33 h

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A los difuntos de Líbano se les suele permitir una última mirada a su ciudad natal antes de ser enterrados. Es tradición que, alzado sobre las cabezas de los vivos, el ataúd de la persona fallecida recorra lentamente las calles donde creció. Son las manos de sus seres queridos las que la guían hasta su lugar de descanso final, ya excavado, y esparcen suavemente tierra sobre su cuerpo.

La guerra ha privado a los muertos del sur de Líbano de su última despedida. A medida que Israel amplía su invasión terrestre, las familias se han visto obligadas a abandonar los ritos funerarios tradicionales y a enterrar a sus seres queridos en fosas provisionales situadas más al norte.

En Tiro, la histórica ciudad costera del sur de Líbano, se han excavado zanjas de dos metros de ancho para enterrar a los muertos. Los epitafios son mínimos: un número pintado con spray rojo sobre una delgada tabla de madera, una forma precaria de registrar a los fallecidos.

Rabih Koubaissi, un imán, se ha quedado en Tiro para supervisar los entierros, a pesar de las órdenes israelíes de que la población debe marcharse y de los ataques aéreos sobre la ciudad. Es su segunda guerra en tres años. Explica que, en el islam, los cuerpos no deben exhumarse tras ser enterrados. Normalmente, se lavan, se envuelven en un sudario blanco y se colocan directamente en la tierra sin ataúd.

Sin embargo, en circunstancias excepcionales, como una guerra, se puede invocar un rito funerario especial. En la jurisprudencia islámica existe una laguna jurídica por la que los cuerpos pueden ser enterrados en un ataúd, en un procedimiento llamado wadiaa, que literalmente significa “depósito”. La teoría es que es el ataúd, y no el cuerpo, lo que se desentierra de nuevo.

El humo y las llamas se elevan tras un ataque israelí contra el puente de Qasmiya, cerca de Tiro, en el sur del Líbano.

“Un musulmán puede ser enterrado en cualquier cementerio musulmán. Pero las personas tienen un vínculo emocional: quieren que sus seres queridos sean enterrados en la tierra de sus antepasados. Esto refleja el sentido de pertenencia, el legado y la presencia”, indica Koubaissi.

La brutalidad de la guerra ha trastocado cada paso del ritual de entierro, haciendo a veces imposible lavar los cuerpos de los fallecidos.

“A veces solo recibimos restos de cuerpos”, señala. “En esos casos, simplemente recogemos lo que podemos, los colocamos en un sudario y una bolsa para cadáveres, y luego los metemos en el ataúd”.

Koubaissi explica que los entierros provisionales proporcionan cierta tranquilidad, pero en última instancia son una fuente de dolor. “Es muy difícil. Las familias se ven obligadas a enterrar a sus seres queridos dos veces”, indica.

Temor a la ocupación israelí

A la población de sur del Líbano le preocupa no tener la oportunidad de enterrar a sus seres queridos en su tierra natal. Las declaraciones de representantes israelíes de que el Ejército ocupará indefinidamente la zona al sur del río Litani han suscitado el temor de que puedan pasar meses, o años, antes de que los libaneses puedan finalmente dar descanso a sus seres queridos en sus hogares ancestrales.

Lo más duro es cuando los familiares te preguntan qué aspecto tenían sus seres queridos. No han podido verlos, pero yo sí los he visto. No puedes mentirles, pero tampoco puedes decirles la verdad. Así que intentas consolarlos

Rabih Koubaissi Imán de Tiro

Aunque se retiren los soldados israelíes, a la población le preocupa qué se encontrarán al regresar a sus pueblos.

Al final de la guerra de 13 meses entre Hezbolá e Israel, en noviembre de 2024, los habitantes de Dhayra, un pueblo fronterizo, quisieron volver a enterrar rápidamente a dos residentes que habían muerto en ataques aéreos meses antes y que estaban enterrados en tumbas provisionales en Tiro. Sin embargo, cuando regresaron a casa, encontraron el cementerio del pueblo en ruinas. Las excavadoras israelíes habían destrozado las tumbas y la mezquita local había sido destruida. Tuvieron que enterrar los cuerpos en otro cementerio.

Mientras los muertos esperan a volver bajo tierra, pocas personas acuden a sus tumbas temporales. Tras asistir a los apresurados funerales provisionales, la mayoría de las familias se han visto obligadas a abandonar Tiro, ya que la ciudad ha sido blanco de ataques cada vez más intensos.

Daños en el lugar de un ataque aéreo israelí en Tiro el 4 de abril.

Una joven pareja que permaneció en Tiro, a pesar de los peligros, visitó una de las tumbas provisionales hace dos semanas, y cuidó de las flores depositadas a los pies de la tumba de dos jóvenes de la localidad de Al Qlailah.

Son las únicas dos tumbas que tienen fotos de los difuntos. La pareja, abrumada por la emoción, se consolaba mutuamente mientras contemplaba las fotografías.

De pie junto a la primera tumba de la fila, Hecham Reda, un médico de la aldea fronteriza de Aita al-Chaab, rompió a llorar al recordar a su amigo. “Hadi siempre estaba con nosotros, apagando incendios, llevando a los mártires. En esta guerra, no tuvo tiempo. El ataque que le alcanzó fue rápido, brutal”, explica.

Reda teme, como mucha gente del sur de Líbano, no tener nunca la oportunidad de enterrar a su amigo en su tierra natal.

Mientras Koubaissi contempla las tumbas, los ataques aéreos retumban en la distancia. No se molesta en levantar la vista cuando oye el impacto.

“Lo más duro es cuando los familiares te preguntan qué aspecto tenían sus seres queridos”, señala. “No han podido verlos, pero yo sí los he visto. No puedes mentirles, pero tampoco puedes decirles la verdad. Así que intentas consolarlos”, explica. “Es una sensación abrumadora. Ni siquiera nos habíamos recuperado de la última guerra antes de entrar en esta”.

Traducción de Emma Reverter

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