Sobrevivir a la ocupación de las tropas de Putin: “Los rusos tratan a la gente como animales”

Luke Harding / Isobel Koshiw

Shevchenkove (Ucrania) —

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Hasta hace dos semanas, un retrato de Vladímir Putin colgaba de la pared en el despacho del alcalde de Shevchenkove. Había una bandera rusa. Un “líder” favorable al Kremlin, Andrey Strezko, mantenía reuniones con sus colegas alrededor de la mesa del gabinete. Había mucho de lo que hablar. Un tema: un referéndum para anexionarse a Rusia. Otro: un nuevo currículum escolar de cara al otoño para las dos escuelas de la localidad, eliminando cualquier cosa ucraniana.

Los rusos que temen que la guerra en Ucrania pase la frontera: "Hay que estar preparados"

Saber más

Los ambiciosos planes de Strezko nunca se llevaron a cabo. El 8 de septiembre, las fuerzas armadas de Ucrania lanzaron una contraofensiva por sorpresa. Reconquistaron rápidamente una franja del territorio en el noreste de la región de Járkov, incluido Shevchenkove. La mayoría de sus habitantes dieron la bienvenida a los soldados con besos y abrazos. Strezko desapareció. Se cree que huyó por la frontera rusa junto a otros colaboradores.

En el ayuntamiento, el administrador militar en funciones de Shevchenkove, Andrii Konashavich, señala la silla en la que se sentaba el pseudoalcalde. En la pared, hay un retrato de Taras Shevchenko, el poeta ucraniano que da su nombre a la localidad.

¿Qué ha pasado con la foto de Putin? “La rompimos”, dice Konashavich. ¿Por qué no hay una foto del presidente Zelenski? “Los presidentes van y vienen. Shevchenko es para siempre”, responde.

Konashavich describe a Strezko como alguien que no ocultaba sus opiniones a favor de Moscú. Los rusos entraron en Shevchenkove -con una población de 7.000 habitantes- el 25 de febrero, al comienzo de la invasión. Strezko obtuvo el puesto después de hacer añicos un tridente ucraniano y pisotearlo. También echaron abajo un monumento en memoria de los soldados ucranianos que lucharon contra Rusia en Donetsk en 2014. 

Comida y propaganda

Los rusos prometieron a los habitantes que se quedarían para siempre en la localidad. También les dijeron –falsamente– que la ciudad de Járkov había caído. Con el tiempo, su presencia se volvió discreta. Una pareja de jóvenes soldados patrullaba el parque; a veces acababan durmiendo borrachos en sus bancos. Durante los seis meses de ocupación, las tropas rotaron continuamente. Venían de toda Rusia, incluidas de la lejana Siberia y de Buriata, según los habitantes de Shevchenkove.

Se repartía un periódico propagandístico junto a suministros humanitarios con la etiqueta de ayuda de Moscú. Había canales de Telegram pro-Kremlin y una emisora de radio, Járkov-Z, nombrada así por la letra que ha acabado simbolizando la conquista de Putin en Ucrania. Era difícil medir qué constituía un apoyo a la ocupación. Una pequeña minoría colaboró activamente. Otros, simplemente, trataban de sobrevivir.

No muy lejos del busto de Shevchenko, dos jubilados mantienen una discusión acalorada sobre la calidad de los alimentos donados por Rusia. Luda dice que la lata de carne en conserva que ella aceptó estaba “rica”. Anatoli Sujomlin, un conductor de tren jubilado de 72 años, discrepa con vehemencia. “Era asquerosa, llena de grasa”, dice. Sus diferencias de opinión parecen indicar más bien simpatías políticas encubiertas. 

“Este es mi país”

Sujomlin cuenta que los rusos revisaron a todos los vecinos en busca de tatuajes patrióticos ucranianos y vinieron dos veces a inspeccionar su garaje. Si los dueños no estaban, echaban abajo las puertas. También examinaban ordenadores y las memorias USB. Dice que el FSB, la agencia de espías de Putin, arrestó a varias personas. Interrogaron a los detenidos en Kupiansk, la principal ciudad de la región a 35 kilómetros de distancia y ahora lugar de una batalla encarnizada. 

También dice que vio a un soldado ruso en la calle con ropa de civil. Había tirado su arma por pánico y llevaba sus pertenencias en una mochila. El soldado se estrujó entre otros seis en un coche y salieron a toda prisa dirección norte. Unas horas más tarde, el anciano vitoreó a los militares ucranianos que venían a liberarlos. “Este es mi país. Nací aquí y moriré aquí”, dice.

Las fuerzas de ocupación se llevaron a unos cuantos prisioneros en su retirada. Uno de ellos era un historiador local, Andrii Buliaga. Lo detuvieron hace tres semanas, junto a otras personas, cuando fue a hacer una foto de una refinería de petróleo en llamas. “Le taparon la cabeza con una bolsa y se lo llevaron”, dice su hijo Misha. “Hay rumores de que lo tienen retenido en algún lugar de la región de Donetsk. Pero no lo sabemos”.

Celda de castigo

La semana pasada, los investigadores estaban ocupados tratando de localizar a los vecinos acusados de traición. Hasta entonces, habían arrestado a tres personas. En la región, más de 100 policías han desertado, según el fiscal adjunto Roman Yerojin. Dice que quienes hayan cometido delitos graves contra el Estado pueden enfrentarse a largas penas de cárcel bajo el artículo 111 del código penal ucraniano.

Yerojin muestra una sala junto a su despacho, donde estuvieron viviendo los policías militares rusos. Dejaron atrás colchones y un saco de dormir; su equipo ha tirado al contenedor del patio unos paquetes verdes de raciones de comida de los rusos y una chaqueta del Ejército. Yerojin cuenta que antes trabajaba como fiscal en Lugansk, ahora capital de la autoproclamada República de Lugansk. Se fue en 2014, cuando Rusia y sus aliados tomaron el poder.

El cuartel destinado al servicio militar que se encuentra bajando la calle está tapiado. Un cartel dice: “Minado. No entrar”. Fuera hay cajas de munición apiladas y reconvertidas en una improvisada barrera de control. Yerojin entra en el edificio por una puerta trasera y baja por las escaleras de ladrillo hasta un sótano frío. En la penumbra, se puede ver un montón de jaulas blancas de metal, soldadas por los guardias rusos e instaladas durante la ocupación.

Hay bancos estrechos de madera, letrinas portátiles y botellas de agua. Una celda de castigo diminuta contiene una silla, sin sitio para echarse. Los ocupantes instalaron una cámara de vigilancia, colgando del techo, y pusieron un icono ortodoxo en la pared. “Los rusos tratan a la gente como animales. Creemos que encerraron aquí a sus propios desertores”, dice Yerojin. “Puede que haya habido prisioneros ucranianos”.

Parece que el Kremlin está decidido a imponer sus propias reglas y castigos severos en los territorios que ocupa. Se han encontrado salas similares en otras ciudades recuperadas recientemente, incluida Izium, el lugar de la fosa común con más de 400 cuerpos. Los supervivientes han descrito cómo los torturaban sus interrogadores usando un teléfono de campaña conectado a una pinza para generar descargas, o les pegaban con palos de madera. 

Una invasión y una liberación

Hace unos días, llegaron refugiados de Kupiansk a la plaza central de Shevchenkove en autobuses. Hicieron cola ante la comisaría de Policía para registrarse. Los agentes compararon sus documentos con una lista de los colaboradores que están en busca y captura. La localidad es doblemente afortunado. Fue ocupada rápidamente y ahora está fuera del alcance de las armas rusas, que se posicionaron en la orilla este del río Oskil.

La carretera hacia la línea del frente pasa por campos y arcenes llenos de material militar ruso destruido, incluido un tanque T-80, alcanzado por un misil. Una hendidura muestra dónde se abrió el boquete en el momento del impacto. Hay vehículos de combate de infantería quemados y un coche Lada pintado de naranja marcado con una Z que ha quedado destrozado. La letra también está pintarrajeada en varias paradas de autobús.

A las afueras de Kupiansk, los soldados ocupantes habían repintado la señal de la región con los colores rusos. También habían eliminado el signo “ь”, que distingue la ortografía ucraniana de la rusa. Los soldados ucranianos han pintado de nuevo la señal con azul y amarillo. Han apoyado la señal con la letra de más de medio metro junto a un puesto de control de carretera y una trinchera protegida por sacos de arena. Al otro lado de la calzada, alguien ha abandonado un par de botas del Ejército ruso.

Konashavich dice que confía en que las fuerzas armadas ucranianas recuperen más territorio, incluido el Donbás, compuesto por las regiones vecinas de Lugansk y Donetsk. “Nuestro Ejército está teniendo bastante éxito. Por supuesto, seguiremos adelante”.

Konashavich dice que su pequeña ciudad ha sido testigo de una invasión y una liberación en tan solo unos meses insólitos. “Es como en el cine”.

Traducción de María Torrens Tillack

Hasta hace dos semanas, un retrato de Vladímir Putin colgaba de la pared en el despacho del alcalde de Shevchenkove. Había una bandera rusa. Un “líder” favorable al Kremlin, Andrey Strezko, mantenía reuniones con sus colegas alrededor de la mesa del gabinete. Había mucho de lo que hablar. Un tema: un referéndum para anexionarse a Rusia. Otro: un nuevo currículum escolar de cara al otoño para las dos escuelas de la localidad, eliminando cualquier cosa ucraniana.

Los rusos que temen que la guerra en Ucrania pase la frontera: "Hay que estar preparados"

Saber más

Los ambiciosos planes de Strezko nunca se llevaron a cabo. El 8 de septiembre, las fuerzas armadas de Ucrania lanzaron una contraofensiva por sorpresa. Reconquistaron rápidamente una franja del territorio en el noreste de la región de Járkov, incluido Shevchenkove. La mayoría de sus habitantes dieron la bienvenida a los soldados con besos y abrazos. Strezko desapareció. Se cree que huyó por la frontera rusa junto a otros colaboradores.

En el ayuntamiento, el administrador militar en funciones de Shevchenkove, Andrii Konashavich, señala la silla en la que se sentaba el pseudoalcalde. En la pared, hay un retrato de Taras Shevchenko, el poeta ucraniano que da su nombre a la localidad.

¿Qué ha pasado con la foto de Putin? “La rompimos”, dice Konashavich. ¿Por qué no hay una foto del presidente Zelenski? “Los presidentes van y vienen. Shevchenko es para siempre”, responde.

Konashavich describe a Strezko como alguien que no ocultaba sus opiniones a favor de Moscú. Los rusos entraron en Shevchenkove -con una población de 7.000 habitantes- el 25 de febrero, al comienzo de la invasión. Strezko obtuvo el puesto después de hacer añicos un tridente ucraniano y pisotearlo. También echaron abajo un monumento en memoria de los soldados ucranianos que lucharon contra Rusia en Donetsk en 2014. 

Comida y propaganda

Los rusos prometieron a los habitantes que se quedarían para siempre en la localidad. También les dijeron –falsamente– que la ciudad de Járkov había caído. Con el tiempo, su presencia se volvió discreta. Una pareja de jóvenes soldados patrullaba el parque; a veces acababan durmiendo borrachos en sus bancos. Durante los seis meses de ocupación, las tropas rotaron continuamente. Venían de toda Rusia, incluidas de la lejana Siberia y de Buriata, según los habitantes de Shevchenkove.

Se repartía un periódico propagandístico junto a suministros humanitarios con la etiqueta de ayuda de Moscú. Había canales de Telegram pro-Kremlin y una emisora de radio, Járkov-Z, nombrada así por la letra que ha acabado simbolizando la conquista de Putin en Ucrania. Era difícil medir qué constituía un apoyo a la ocupación. Una pequeña minoría colaboró activamente. Otros, simplemente, trataban de sobrevivir.

No muy lejos del busto de Shevchenko, dos jubilados mantienen una discusión acalorada sobre la calidad de los alimentos donados por Rusia. Luda dice que la lata de carne en conserva que ella aceptó estaba “rica”. Anatoli Sujomlin, un conductor de tren jubilado de 72 años, discrepa con vehemencia. “Era asquerosa, llena de grasa”, dice. Sus diferencias de opinión parecen indicar más bien simpatías políticas encubiertas. 

“Este es mi país”

Sujomlin cuenta que los rusos revisaron a todos los vecinos en busca de tatuajes patrióticos ucranianos y vinieron dos veces a inspeccionar su garaje. Si los dueños no estaban, echaban abajo las puertas. También examinaban ordenadores y las memorias USB. Dice que el FSB, la agencia de espías de Putin, arrestó a varias personas. Interrogaron a los detenidos en Kupiansk, la principal ciudad de la región a 35 kilómetros de distancia y ahora lugar de una batalla encarnizada. 

También dice que vio a un soldado ruso en la calle con ropa de civil. Había tirado su arma por pánico y llevaba sus pertenencias en una mochila. El soldado se estrujó entre otros seis en un coche y salieron a toda prisa dirección norte. Unas horas más tarde, el anciano vitoreó a los militares ucranianos que venían a liberarlos. “Este es mi país. Nací aquí y moriré aquí”, dice.

Las fuerzas de ocupación se llevaron a unos cuantos prisioneros en su retirada. Uno de ellos era un historiador local, Andrii Buliaga. Lo detuvieron hace tres semanas, junto a otras personas, cuando fue a hacer una foto de una refinería de petróleo en llamas. “Le taparon la cabeza con una bolsa y se lo llevaron”, dice su hijo Misha. “Hay rumores de que lo tienen retenido en algún lugar de la región de Donetsk. Pero no lo sabemos”.

Celda de castigo

La semana pasada, los investigadores estaban ocupados tratando de localizar a los vecinos acusados de traición. Hasta entonces, habían arrestado a tres personas. En la región, más de 100 policías han desertado, según el fiscal adjunto Roman Yerojin. Dice que quienes hayan cometido delitos graves contra el Estado pueden enfrentarse a largas penas de cárcel bajo el artículo 111 del código penal ucraniano.

Yerojin muestra una sala junto a su despacho, donde estuvieron viviendo los policías militares rusos. Dejaron atrás colchones y un saco de dormir; su equipo ha tirado al contenedor del patio unos paquetes verdes de raciones de comida de los rusos y una chaqueta del Ejército. Yerojin cuenta que antes trabajaba como fiscal en Lugansk, ahora capital de la autoproclamada República de Lugansk. Se fue en 2014, cuando Rusia y sus aliados tomaron el poder.

El cuartel destinado al servicio militar que se encuentra bajando la calle está tapiado. Un cartel dice: “Minado. No entrar”. Fuera hay cajas de munición apiladas y reconvertidas en una improvisada barrera de control. Yerojin entra en el edificio por una puerta trasera y baja por las escaleras de ladrillo hasta un sótano frío. En la penumbra, se puede ver un montón de jaulas blancas de metal, soldadas por los guardias rusos e instaladas durante la ocupación.

Hay bancos estrechos de madera, letrinas portátiles y botellas de agua. Una celda de castigo diminuta contiene una silla, sin sitio para echarse. Los ocupantes instalaron una cámara de vigilancia, colgando del techo, y pusieron un icono ortodoxo en la pared. “Los rusos tratan a la gente como animales. Creemos que encerraron aquí a sus propios desertores”, dice Yerojin. “Puede que haya habido prisioneros ucranianos”.

Parece que el Kremlin está decidido a imponer sus propias reglas y castigos severos en los territorios que ocupa. Se han encontrado salas similares en otras ciudades recuperadas recientemente, incluida Izium, el lugar de la fosa común con más de 400 cuerpos. Los supervivientes han descrito cómo los torturaban sus interrogadores usando un teléfono de campaña conectado a una pinza para generar descargas, o les pegaban con palos de madera. 

Una invasión y una liberación

Hace unos días, llegaron refugiados de Kupiansk a la plaza central de Shevchenkove en autobuses. Hicieron cola ante la comisaría de Policía para registrarse. Los agentes compararon sus documentos con una lista de los colaboradores que están en busca y captura. La localidad es doblemente afortunado. Fue ocupada rápidamente y ahora está fuera del alcance de las armas rusas, que se posicionaron en la orilla este del río Oskil.

La carretera hacia la línea del frente pasa por campos y arcenes llenos de material militar ruso destruido, incluido un tanque T-80, alcanzado por un misil. Una hendidura muestra dónde se abrió el boquete en el momento del impacto. Hay vehículos de combate de infantería quemados y un coche Lada pintado de naranja marcado con una Z que ha quedado destrozado. La letra también está pintarrajeada en varias paradas de autobús.

A las afueras de Kupiansk, los soldados ocupantes habían repintado la señal de la región con los colores rusos. También habían eliminado el signo “ь”, que distingue la ortografía ucraniana de la rusa. Los soldados ucranianos han pintado de nuevo la señal con azul y amarillo. Han apoyado la señal con la letra de más de medio metro junto a un puesto de control de carretera y una trinchera protegida por sacos de arena. Al otro lado de la calzada, alguien ha abandonado un par de botas del Ejército ruso.

Konashavich dice que confía en que las fuerzas armadas ucranianas recuperen más territorio, incluido el Donbás, compuesto por las regiones vecinas de Lugansk y Donetsk. “Nuestro Ejército está teniendo bastante éxito. Por supuesto, seguiremos adelante”.

Konashavich dice que su pequeña ciudad ha sido testigo de una invasión y una liberación en tan solo unos meses insólitos. “Es como en el cine”.

Traducción de María Torrens Tillack

Hasta hace dos semanas, un retrato de Vladímir Putin colgaba de la pared en el despacho del alcalde de Shevchenkove. Había una bandera rusa. Un “líder” favorable al Kremlin, Andrey Strezko, mantenía reuniones con sus colegas alrededor de la mesa del gabinete. Había mucho de lo que hablar. Un tema: un referéndum para anexionarse a Rusia. Otro: un nuevo currículum escolar de cara al otoño para las dos escuelas de la localidad, eliminando cualquier cosa ucraniana.

Los rusos que temen que la guerra en Ucrania pase la frontera: "Hay que estar preparados"

Saber más

Los ambiciosos planes de Strezko nunca se llevaron a cabo. El 8 de septiembre, las fuerzas armadas de Ucrania lanzaron una contraofensiva por sorpresa. Reconquistaron rápidamente una franja del territorio en el noreste de la región de Járkov, incluido Shevchenkove. La mayoría de sus habitantes dieron la bienvenida a los soldados con besos y abrazos. Strezko desapareció. Se cree que huyó por la frontera rusa junto a otros colaboradores.