La solución es otro imperio (I)
La operación estadounidense en Venezuela, cuya evolución sigue resultando impredecible (igual que cualquiera de las inflexiones de época o cambios de mundo que nos ha precedido, de la que esta operación solo es un síntoma: ya estábamos inmersos en uno), ha sido estudiada y debatida prolijamente durante los últimos días. Sin embargo, los análisis han enjuiciado o marcado posición sobre el hecho en sí, pero raramente han profundizado, con proyección prospectiva, en cómo España debería afrontar sus consecuencias.
La opinión moderada europea ha encontrado una postura de consenso (la intervención puede deparar efectos benéficos para Venezuela, pero agrede el derecho internacional) que destila nuestra actual tribulación nostálgica, de la que se deriva esa desesperante incapacidad o parálisis para adoptar decisiones de gobierno con iniciativa de futuro. Se ha acompañado de una salmodia jeremíaca que denuncia que Trump ha provocado el “retorno de la ley del más fuerte”, mientras que nuestro sistema “basado en reglas” se funda en que “el fin no justifica los medios”. Esta constante reivindicación de un modelo de orden internacional (¿y qué significa orden cuando hablamos del poder?) que ya ha caducado, por mucho que nos disguste, y en el que podíamos abrigarnos cómodos y seguros porque lo habíamos confeccionado a la medida de nuestros intereses; este tormento (instigado por una inteligencia, tan lánguida como romántica, que carece de la perspicacia para anticiparse a los hechos) nos evoca o retrotrae fatalmente al que debieron sentir los aristócratas cuando las revoluciones burguesas detonaron el Antiguo Régimen.
La repuesta pública mayoritaria al golpe de Trump contiene, pues, tres falacias ficcionales, que repetimos no sé si con más ingenuidad que hipocresía. También aquellos aristócratas clamaban que su civilización se “basaba en reglas”, mientras se arrodillaban ante la guillotina: todas las sociedades de cualquier tiempo se han sustentado en “reglas” (de hecho, la supuesta “ley del más fuerte” es una regla). Por tanto, no es la mera existencia formal de reglas lo que determina la calidad de un régimen, sino su justicia material (en la verdad y por la paz) y su eficacia. Como jurista, solo puedo entristecerme de que, durante los últimos años, se haya constatado la ineficacia del derecho y las instituciones internacionales que erigimos después de la II Guerra Mundial; pueden ser razonablemente justos (afirmo que lo son desde la perspectiva de la cultura occidental, de la que nacen), pero no han podido evitar ni extinguir la invasión de Ucrania, la masacre de Gaza, el feminicidio de Irán o la dictadura de Venezuela. Para que “el gobierno de las leyes” prevalezca sobre el de “los hombres”, según la clásica dogmática de Bobbio, la eficacia de esas leyes constituye una conditio sine qua non: si no, se reducen a discurso o entelequia.
Nos engañamos, con escrúpulo recatado o inocencia complaciente, cuando ocultamos que esa eficacia depende de la coactividad. Y así se descubre la segunda falacia: el derecho siempre necesita de una garantía de fuerza o coerción para que se cumpla (solo después llegará la persuasión moral de los ciudadanos, y aún entonces seguirá siendo necesaria). El derecho estiliza y sofistica la violencia (entendiendo violencia como el vencimiento de una voluntad adversa a la norma), de manera que, cuando triunfa, se debe esencialmente a que es “el más fuerte”. Ya sea en las democracias liberales (funcionales) o los totalitarismos (funcionales), el Estado monopoliza el ejercicio institucional de la fuerza, pero, en el siguiente nivel, el de las relaciones entre Estados, no hay un agente que lo haga o que haya podido hacerlo (me refiero, claro, a la ineficacia constitutiva, en origen o en la raíz, de la ONU): de ahí que, en su ausencia, las potencias occidentales hayamos confiado a EE.U.U., el “más fuerte” de nuestros aliados, la preservación, mediante una nada risueña hegemonía militar, de un orden internacional que nos beneficiaba. En la práctica, nos hemos valido de “la ley del más fuerte”, de la que solo nos quejamos ahora, cuando parece atacarnos o revolverse contra nuestros objetivos.
La tercera falacia afecta a uno de los autores que más se cita de forma espuria: Maquiavelo. No solo es que el filósofo florentino nunca escribiese la máxima de que “el fin justifica los medios”, sino que este epítome ni siquiera condensa su pensamiento fielmente. Maquiavelo nunca excluyó que se emitiera un juicio ético de las acciones políticas: postuló que, como el arte u otras disciplinas del saber y hacer humanos, también pueden evaluarse con criterios propios de su ciencia e independientes de convicciones éticas o religiosas. Si lo aplicamos a la operación yanqui en Venezuela: por supuesto que puede reprobarse éticamente, pero, si la examinamos con los conceptos peculiares de la geopolítica, quizá tenga sentido. La penúltima astracanada de Trump de que “no necesita el derecho internacional” y de que “su moral” es el único límite para sus decisiones (y, así, ha vuelto a presentarse como indeseable ejemplo para la dogmática de Bobbio, antes citada) no se compadece con la doctrina de Maquiavelo: aun cínico o relativista (en la acepción filosófica de ambos adjetivos), nunca defendió que la moral privada de un individuo pudiera devenir en razón pública de Estado. Así pues, Trump no es maquiavélico, sino trumpista.
Comparto la crítica ética a la intervención, pero, a la vez, demando, como haría Maquiavelo, que nuestros gobernantes aborden el análisis geopolítico estricto o pragmático, porque de ese esfuerzo (y ojalá que acierten) dependerá que España pueda ser competitiva en el nuevo mundo que está sustituyendo aceleradamente al anterior, que, seamos realistas, ya ha pasado y no volverá (o, al menos, no volverá a ser el mismo). Ese análisis necesita, preliminarmente, el desmontaje de una cosmovisión narrativa obsoleta o fraudulenta o ilusoria, y a ello he querido dedicar la primera parte de mi artículo. En la segunda, pretendo recoger las reflexiones constructivas sobre cómo creo que España debería posicionarse en el nuevo mundo y que se resumen en el título: la solución es otro imperio.
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