La solución es otro imperio (II)
Intuyo que EE.UU. no habría intentado la operación en Venezuela si esta nación hubiera estado integrada en una estructura política imperial equivalente a la que sostiene al país norteamericano: si hubiera temido o se hubiera sentido amenazado, prudentemente, por una respuesta proporcional contra su intervención. Cabe recordar que la estrategia anglosajona de balcanización de la América española, prolongada durante los siglos XX y XXI, ha pretendido protegerse de esa preocupación: más que doblegar a la Monarquía hispánica, buscaba atomizar la América virreinal, que, cuando inició su independencia, era más rica que la metrópoli; de lo contrario, ingleses y norteamericanos no se hubieran afanado tanto en azuzar y enconar una fragmentación que deparó veinte nuevos Estados, demasiadas veces irreconciliables.
Abstrayéndome ahora de que Venezuela estaba (y continúa estando) regida por un gobierno ilegal y criminal, su pertenencia a una estructura imperial le hubiera dotado de unos recursos (administrativos, diplomáticos, económicos, tecnológicos, desde luego también militares) que habrían podido respaldar, al menos con carácter previo, una disuasión convincente. Por eso, ante la constatación rotunda de que EE.UU. y China han adoptado enfoques geoestratégicos imperialistas (mejor dicho, colonialistas: luego me explicaré), cada vez más depredadores, para repartirse el mundo según áreas de influencia (la retórica de Jinping es más taimada que la de Trump, pero tampoco disimula sus ambiciones; y, francamente, la Rusia de Putin carece de la fortaleza suficiente para imponerse, aunque su peligrosidad surge de que su tentación de dominio es la tentación de un moribundo), España solo podrá competir en el nuevo orden internacional si invoca y se convierte en adalid de la construcción de otra entidad imperial.
El Estado-nación es la unidad política (personaje) que emergió con las revoluciones americana y francesa de finales del siglo XVIII (por cierto, un personaje que creo que España, debido a su realidad histórica, geoestratégica y cultural durante las Edades Media y Moderna, siempre ha sentido como un disfraz al que ha tenido que amoldarse, y de ahí, en parte, la conflictividad identitaria que precipitó cuatro guerras civiles; pero el debate de esta ajenidad excede del propósito de esta columna). Se afianzó en Europa durante el siglo XIX y, a través de la expansión universal de las democracias liberales, se ha mantenido hasta nuestros días como la fórmula de organización sociopolítica preeminente (quizá también porque las normas e instituciones internacionales post-II GM, diseñadas por Occidente, reconocen al Estado-nación como su sujeto ordinario y principal). Sin embargo, EE.UU. y China han decidido que los modelos imperiales anteriores (me corrijo, de nuevo: coloniales) satisfacen mejor sus voraces apetitos, los confesos y los implícitos; y parece obvio que, siquiera por la lógica de economía de escala que alcanza a cualquier ámbito productivo, un Estado-nación está condenado a rendirse o someterse a un imperio. Ya no basta con que cada Estado-nación teja una red de alianzas con otros Estados-naciones (que, no obstante, tantas veces se demuestra timorata y elástica cuando se convoca), sino que hay que edificar una nueva y verdadera unidad política: otro imperio.
La idea imperial está muy denostada en nuestra época, cuando en otras precedentes (en las que el protagonismo de la tribu, la ciudad-Estado o el señor feudal, con sus inherentes limitaciones, era coetánea o más reciente) se la admiraba como una suerte de último estado evolutivo de la civilización. Probablemente, el desprestigio surge de la confusión entre el paradigma imperial y el (devastador) paradigma colonial europeo del siglo XIX; paradigma al que creo, en puridad, responde el comportamiento de EE.UU. y China: de ahí que defienda que no son imperialistas, sino colonialistas. Sin embargo, me parece que la idea imperial debe reivindicarse, en particular cuando se observan algunos de sus más conspicuos ejemplos: es incontrovertible que el Imperio Romano, el Mongol, el Califato Abasí, el Azteca o el Español se forjaron con una implacable violencia bélica, pero, después de la cruda conquista, su hegemonía garantizó una cohesión de recursos y una estabilidad a su tiempo (curiosamente, también para sus rivales) que propició sólidos avances en la prosperidad, la virtud cívica institucional y el desarrollo social, cultural y científico, por no hablar del esplendor artístico. Por eso Maquiavelo emitía, tanto desde la dimensión política como ética, un juicio positivo de los imperios (lo que demuestra, como ya anticipaba en la primera parte de este artículo, que ambos análisis no se contradicen necesariamente). La idea imperial supera, aunque también incorpore, el interés mercantilista que predomina en la idea colonial, porque la metrópoli se esfuerza por replicarse o reproducirse en los territorios conquistados: se busca, por tanto, una asimilación o integración plena en todos los órdenes de la comunidad.
Evidentemente, cuando ahora reclamo que, frente a EE.UU. y China, la solución ante el nuevo escenario internacional sea otro imperio, no espero que emerja una metrópolis poderosa que aglutine a las demás naciones, y menos por la fuerza; sino que los Estados que comparten una identidad cultural cedan extensamente su soberanía en favor de una entidad supranacional más robusta (aquí reside la diferencia con el concepto de bloque), sin perjuicio de la descentralización política y administrativa que, dentro de ese imperio, pueda regularse. España tiene una posición privilegiada porque podría elegir a qué imperio (de los que, aventuro, podrían configurarse) se incorpora: si al europeo o al iberoamericano, nunca como líder (en particular, en este segundo, donde ese liderazgo correspondería a México o a Brasil), pero sí como un actor especialmente influyente. Desde esta óptica, debe celebrarse Mercosur como una primera aproximación, todavía tímida (aunque será raro que se desarrolle más allá de la fluidez comercial), a otro imperio.
En fin, o España vuelve a ser un imperio durante el siglo XXI (a formar parte de un imperio, en el sentido explicado) o no será. Claro que esto exige, por un lado, que se venza la tenaz resistencia del carlismo vasco y catalán (tan trasnochado, el independentismo está fuera de la dinámica de escala del nuevo contexto geopolítico) y, por otro, un pacto de Estado para que la política exterior se proyecte al largo plazo y no al combate partidista interno.
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