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Andrés Trapiello: una introducción

Andrés Trapiello publicará este año, si dios quiere, el tomo decimo octavo de sus diarios, titulado Miseria y compañía. El escritor leonés puede que sea el mejor prosista español de nuestro tiempo. Un gran novelista no es, pero desde que Cervantes perdió el burro de Sancho Panza ya sabemos que en España, lo que se dice contar historias no se nos da particularmente bien.

Lo de Trapiello es el idioma, incluso el diccionario. Leer en el siglo XXI a Andrés Trapiello es leer hacia atrás, dislocadamente, como el traspié de la literatura.

En Siete moderno (que hacía el número 12 de su Salón de pasos perdidos, título general de la obra en marcha) aparecían las siguientes palabrejas (diez puntos para el que se sepa śolo la mitad): 

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Las mejores novelas españolas de... 2013

Para ir adelantando -y mucho- el trabajo, he decidido hacer la lista de mejores libros de 2013 en enero. Sin leerlos, uno juzga los libros más profesionalmente, casi como un suplemento literario o un premio Nacional. Es todo intuición, prejuicios, coordenadas.

En realidad se me ha ocurrido preguntar a unas cuantas editoriales qué escritores españoles van a publicar a lo largo de 2013 para hacer luego una selección de los libros que sin duda leeré. Esto quiere decir que esos títulos nuevos, que en muchos casos no están ni siquiera impresos, me gustan ya. Es decir, sólo pueden ir a peor. Leer es condenar.

Ahí van las promesas del año:

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Las mejores novelas españolas de 2012

Sí, tiene un punto ridículo. Elaborar una lista de mejores libros del año supone, por principio, una engañifa. Nadie se ha leído todos los libros del año. De hecho, la mayor parte de los críticos ha leído sólo exactamente la misma veintena de títulos nuevos, y entre esas dos decenas habrá de espigar su top. Se genera así una especie de bipartidismo: o la de Javier Marías o la de Enrique Vila-Matas; o la de Javier Cercas o la de Andrés Trapiello. Al igual que en unas elecciones generales, el partido minoritario no cuenta con ninguna oportunidad.

Los críticos, llamados a descubrir y reconocer, a elaborar una revisión apasionada e independiente del panorama literario, han acabado siendo tan sólo los que levantan la bandera de cuadritos al final de la carrera. Si el Premio Nacional de Narrativa nunca se concede en España a una obra que no haya salido de un gran grupo editorial, los mejores libros del año tampoco son ajenos a ese filtro inicial que supone dónde han sido publicados. A esa primera criba hay que añadir los amigos escritores del crítico y los editores amigos del crítico: ambos le hacen llegar sus libros (escritos, publicados), lo que puede dar al cabo la sensación de que en una lista de mejores del año hay algunos títulos a contracorriente, cuando no son más que cameos.

Yo -obviamente- no soy una excepcion tan absoluta como me gustaría dentro de esta perversion. No todas las editoriales me envían sus libros -ni tienen por qué-; así, no he tenido ocasión de leer novelas en español de Caballo de Troya, Periférica o Galaxia Gutenberg (ésta última parece que se ha lanzado con entusiasmo a la publicación de narrativa española contemporánea: Andrés Ibáñez, García Sánchez...); las que he leído de Anagrama las he comprado o sacado de la biblioteca o alguien me las ha prestado; también he comprado algunos libros de Salto de Página, Alfaguara o Blackie Books. Seix Barral o Mondadori me envían bastantes novedades.Y Tusquets; y algunos sellos independientes.

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Confuso de Gutiérrez, incierto de Rodríguez

Yo creo que los jueves voy a hablar de fútbol.

El fútbol: qué cosa tan interesante y, sobre todo, tan bien nombrada. Dices fútbol y sopla el viento, los millones repiquetean, las chicas se quitan la camiseta y dan saltitos. Dices literatura y hasta las dos últimas sílabas de la palabra parecen pronunciarse con esfuerzo, a empujones, como si la lengua las llevara en parihuelas. El tiqui-taca contra el taca-taca; el césped contra el papel; el mito contra el muermo. Es bonita la parábola de una piedra que cae sobre el propio tejado.

He recibido, hace unos días, la novela El hogar infinito, debut de Álvaro Gutiérrez en esto de escribir. Al igual que con aquel ensayo de Rober Wolfe (Escrito con la lengua) apartémonos futbolísticamente del camino de la reseña y saltemos al campo de juego del paratexto, o del epitexto; del envoltorio. Gutiérrez.

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Hombres de rodillas, mujeres con látigos

Mal empezamos, pero no puede uno dejar de notar y de anotar que La mujer de sombra, de Luisgé Martín, comparte tesituras, sección de videoclub y esposas con una novela de enorme éxito que se vende ya en bloques de cartón por eso de ser una trilogía. Hasta la palabra clave del título ("sombra") figura en la portada de ambos libros. No he leído –y noten el jodido esfuerzo que estoy haciendo por no citarlo- el bestseller del año, pero –precisamente por ello- puedo afirmar que La mujer de sombra y ... (ya saben) constituyen, en un hipotético –de hecho: real, fatal, decisivo- duelo de talentos y concepciones estéticas la plasmación más exacta que se me ocurre de la diferencia que hay entre literatura y ficción comercial.

Porque imagino que La mujer de sombra no habrá vendido ni la mitad de lo que ha vendido el asombroso bestseller sólo en la ciudad de Cáceres, aunque materialmente vienen siéndonos lo mismo.

Vale que los cacereños tienen un pésimo gusto literario, pero hay más ciudades en España, y algunos pueblos con boticario. Esto hace anormal tanta desventaja, corruptas las matemáticas.

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Uno de los mejores escritores de su generación

Cuando el presidente del Atlético de Madrid afirma que Falcao, su delantero, es el mejor futbolista del mundo en esa posición, puede interpretarse que le tiran los colores, que quizá exagera o, incluso, que a lo mejor de casualidad va y tiene razón. Si el presidente de la Gimnástica Segoviana afirmara que su delantero, un Luisito, un Gómez, un Chema, es el mejor del planeta, deduciríamos que el mandamás de la Gimnástica Segoviana ha visto poco la tele, y leído poco el Marca, y tocado poco un balón en las tres o cuatro últimas décadas.

Hablemos de literatura: Roger Wolfe tiene nuevo libro.

Roger Wolfe pintó bastante en los noventa literarios, sección Realismo sucio, con sus poemas (Arde Babilonia), sus novelas (El índice de Dios) y sus cosas de anotarse (Todos los monos del mundo). Son esas cosas de anotarse las que ahora reúne la editorial Huacamano en un solo volumen, titulado Escrito con la lengua.

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Nacho Vegas y los pecados de la plata

Para celebración y análisis de los discos fundamentales de la música popular española creó Lengua de Trapo su colección Cara B. Tras glosar Omega, de Enrique Morente + Lagartija Nick, y Una semana en el motor de un autobús, de Los Planetas, la nueva entrega de la serie está dedicada a Cajas de música difíciles de parar, de Nacho Vegas.

Se trata de un libro de composición confusa, armazón temblequeante, fotos caseras y letra gorda. Con todo, se puede leer.

Soy fan de Nacho Vegas y me debe muchas explicaciones por algún que otro concierto (Circo Price) soporífero e intrascendente. Al tiempo, yo le debo cualquier cosa por haberme emocionado hasta las lágrimas con canciones como El ángel Simón, Nuevos planes idénticas estrategias, El hombre que conoció a Michi Panero o Me he perdido -por citar sólo cuatro de las ocho canciones realmente buenas que tiene-. Así las cosas, un libro sobre Nacho Vegas será siempre de lectura inevitable tanto para el que esto escribe como para cualquiera de los miles de seguidores de su música.

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Qwerty Vintage: las máscaras del thriller

¿Cómo llega uno a una novela como Qwerty Vintage? Twitter. ¿Cómo llega una novela como Qwerty Vintage a ser editada? Twitter. Prefiero ahorrarme la pregunta de si existe Dios.

En efecto, si existiera, lo sabríamos por Twitter.

Qwerty Vintage, editada por Algón, no parte de una posición privilegiada para llegar a los lectores. Su lectura, en rigor, sólo puede ser fruto de la casualidad, la amistad, el compromiso, el capricho; de una tarde tonta sin libros a mano. Hay tantos libros que leer y tantas editoriales soltando libros y tantos autores voceando sus tonterías y el orden alfabético es tan largo que dan ganas de centrarse en una letra (la B, por ejemplo) y de leer sólo autores cuyo apellido empiece por B y ser experto patológico en cuatro baldas de la estantería.

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Karnaval contra cuaresma

Hacía diez años que el premio Herralde de novela no lo ganaba un español que no hubiera dirigido antes veintidós películas. Juan Francisco Ferré ha parado el cronómetro de la negación, orillamiento, ninguneo o desinterés (o incompetencia) de los autores nacionales en este certamen. Lo cierto es que hay pocos premios importantes en España que se convoquen para que los gane un español. No es una manía de Anagrama; tampoco en el premio Alfaguara o en el premio Jaén (Mondadori) tiran el dinero en un compatriota. El Grupo Planeta (premios Planeta y Nadal) sí cree en España; cree en España y en las presentadoras de RTVE y en la Guardia Civil. Igual que el ayuntamiento de Burgos o el de Alcorcón. Los demás grupos editoriales prefieren premiar a autores que creen en sí mismos –mayormente argentinos- o a países con una enorme fe narrativa, como México, única nación conocida que se ha convertido en su propio género literario.

Hay algo intrínsecamente malo en que un español quiera contarte una historia. La españolidad narrativa echa a perder tanto novelas como películas. A España no le interesa España, salvo cruda y de mañana en la portada de los periódicos. El cine español lo sabe y ha dado con una solución acojonante: hacer películas españolas que no parezcan españolas. Lo imposible ha desprecintado la salida de emergencia y el cine español tiene futuro: rodar en inglés con actores anglosajones historias que sucedan en Tailandia. El público no odiaba a Nacho Vigalondo o a JA Bayona; odiaba este barco que se hunde, este edificio en llamas, la España donde cualquier actor nacional que aparece en pantalla nos recuerda a un parado haciendo un cursillo de formación.

La literatura patria, sin embargo, no puede hacer lo mismo; no puede escribirse traducida o fingir su propio doblaje. El papel es bidimensional y bajo la foto de la solapa se dice que el autor nació en Cádiz. Aún así, se han generado novelas que mitigaban lo español por imperativo estético y no han colado comercialmente. Los españoles son como los enanos de Monterroso: se reconocen enseguida entre ellos.

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Inmortalidad y revolución (con crónica social y nombres en negritas)

Mi amo y creador presentó ayer en Madrid la novela Será Mañana, de Federico Guzmán Rubio. Fue en Tipos infames, el showroom de las librerías, el Algonquin del comercio de libros, el powerpoint de la literatura española en la capital del Estado. La cosa empezó tarde: los dueños de la librería estaban posando para una revista en la que aún no habían salido. Se notaba mucha tensión en el ambiente por aparecer en esa revista en la que aún no habían salido. Hecho el posado, se encendió el micro y se aflojaron los corchos de las botellas. "Rapidito", dijo alguien.

Fue rapidito. Jorge Lago, editor de Lengua de Trapo, fingió con rigor haberse leído la novela que había publicado; Alberto Olmos fingió con citas de John Milton que la novela le había gustado. Finalmente Federico Guzmán Rubio fingió que la había escrito.

¿Fingía el público? No. El público es un estar, un comparecer, un aglutinarse; la física no permite el fingimiento.

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