REPORTAJE
Paseo sentimental por la historia y la lucha obrera de Roca en Alcalá de Henares antes de convertirse en un “ecobarrio”
Sus hornos no paraban ni siquiera en las huelgas más cruentas que sufría la empresa, sus sanitarios eran conocidos en toda España y su nombre, llevado en la boca de sus obreros con orgullo. De todo eso hace ya años. A día de hoy, la firma de sanitarios Roca explota sus mismos terrenos en operaciones inmobiliarias y urbanísticas. Así sucede con la factoría de Roca en Alcalá de Henares (Madrid), donde la fabricación llegó totalmente a su fin poco después de 2022. En ella tan solo quedan 75 trabajadores y dos cigüeñas que coronan la planta, justo al lado de un reloj parado hace años a las 12:05 horas.
La compañía y el Ayuntamiento complutense han presentado un “ecobarrio” con hasta 3.000 nuevas viviendas y equipamientos públicos que ocuparán los casi 210.000 metros cuadrados sin edificar en el centro de la ciudad que un día fueron testigos de una producción sinigual. Atrás queda una larga genealogía de lucha y compromiso que comenzó en 1961, cuando la empresa catalana nacida en 1917 y con sede fundacional en Gavá-Viladecans (Barcelona) llegó a este municipio madrileño.
La factoría de Roca en Alcalá de Henares fue la primera oportunidad para familias llegadas de toda España de poder cobrar al final de mes sin mirar cada día de tajo al cielo. Dejaron el campo por el trabajo duro de los hornos. Eugenio Algar llegó con nueve años a la ciudad complutense. Nació en 1955, en Noalejo, un pueblo de Huelva. Cuando entró con 16 años como aprendiz, en febrero de 1970, los mayores les llamaban “los pinches”. Entre esos mayores se encontraba su padre, quien también ingresó en las filas de Roca al abrazar Alcalá como lugar de residencia.
“Era todo trabajo manual, duro y peligroso. No se había mecanizado nada todavía. Decíamos que entraba barro y salía oro”, relata a elDiario.es Algar a sus 70 años. Todo se hacía con sus manos callosas de trabajar el material a altas temperaturas. Elaboraban hasta 11.000 piezas diarias. “El inspector sabía si una pieza estaba bien finalizada por el sonido que producía al golpearla con un martillo de madera”, ilustra este veterano.
Una constante de lucha obrera
Los hornos nunca se apagaban, ni siquiera en las grandes huelgas que la plantilla protagonizó aquellos años 70, en los que parecía que una nueva España podía amanecer. Los primeros paros ya tenían claras entre sus reivindicaciones que, a cuanto menor salario, mayor incremento había que luchar. “Pedíamos una subida lineal de 4.000 pesetas. Había mucha diferencia entre los salarios de los obreros de producción y los mandos intermedios. Si hubiera sido porcentual, ellos hubieran ganado mucho más que nosotros”, ejemplifica el mismo Algar retrotrayéndose a una de esas luchas.
La conflictividad se alargaba durante semanas en las que unos pocos y agazapados esquiroles conseguían entrar en la factoría. “Eso era algo problemático y muy desagradable, pero conseguimos aguantar mucho tiempo”, comenta. Para los huelguistas que lo necesitaran existía una caja de resistencia fraguada con la solidaridad de la ciudadanía alcalaína, nunca ajena a los conflictos laborales en una de sus más grandes industrias, y articulada gracias al tesón de las mujeres de los obreros.
Las asambleas se desarrollaban en la conocida como Pista Florida del Parque O’Donnell, a escasos metros de las naves de Roca. “Había detenidos. Nos juntábamos en las puertas de la fábrica, venían los grises y daban palos, y a algunos se los llevaban a los calabozos”, concretiza este onubense.
La mayor huelga se vivió en los cuatro centros que Roca tenía en España, del 12 de noviembre de 1976 al 15 de junio de 1977. Se levantaron en lucha Gavà-Viladecans (Barcelona), Sabadell (Barcelona), Alcalá de Guadaira (Sevilla) y Alcalá de Henares. Miles de trabajadores se sumaron al paro para conquistar mejoras laborales, tal y como se explica en ‘Asalto a la fábrica. Luchas autónomas y reestructuración capitalista 1960-1990’ (Alikornio, 2002). Lo mismo sucedería en la planta madrileña casi 40 años después, con el llamado Campamento La Esperanza, en el que resistieron todo lo que pudieron los trabajadores de Roca para impedir el primero de los últimos grandes despidos de la factoría.
Una fuerte sindicación
Vladimiro Pastor es otra de las miles de personas que pasaron por las instalaciones de Roca en Alcalá, donde también se deslomó su padre. Formado en Magisterio, a los 23 años entró por primera vez en la fábrica. Ahora tiene 61 y en su voz amargan templados viejos recuerdos de compañerismo y sacrificio en el trabajo. “Las bañeras que hacíamos aquí eran de hierro fundido, no de chapa. Era increíble. Cuando entrabas ahí y veías a tanta gente... Joder, pensabas en dónde te estabas metiendo”, rememora.
Este alcalaíno de nacimiento, aunque residente actual de Pioz, siempre estuvo en la sección de bañeras, la mayor parte del tiempo esmaltando. “La gente mayor nos acogía con mucho cariño. Era un compañerismo especial”, añade. Atrás quedaron aquellas jornadas de ocho horas que comenzaban a las 6.00, 14.00 o 22.00 horas, con 20 minutos de descanso para el bocadillo. Horas en las que era fácil asarte del calor en la fundición y la esmaltería, y congelarte de frío en la desbarbadora. “Teníamos estufas hechas ya por los mayores que se encendían con el carbón de la fundición”, apunta.
La fábrica de Roca en la ciudad que vio nacer a Cervantes llegó a ser el cobijo de millares de obreros que en ella encontraron un modo de labrarse el futuro a base del trabajo a destajo. El centro de trabajo llegó a cosechar un 90% de sindicación por parte de la plantilla, lo que hizo que nunca se llegara a bajar el salario y las condiciones siempre estuvieran estipuladas en un convenio propio. Esto lo cuenta Pastor, quien integró la representación de los trabajadores durante 18 años, hasta que atravesó las puertas de Roca por última vez tras incluir su nombre en un ERE hace tres años.
Perdió su esencia: “Los obreros ya no importábamos como antes”
Algar duda en qué año Roca Alcalá de Henares perdió su esencia. “En un tiempo, se convirtió en una marca. Los obreros ya no importábamos como antes”, critica. En su memoria revolotean algunos pasajes de este clasismo: “El aparcamiento estaba reservado para mandos intermedios y oficinistas, no para quien se pringaba en la factoría. Era una imagen muy fea esa”. Sin dudarlo, este septuagenario afirma que “nunca tendrá la Roca actual en ninguna parte del mundo trabajadores como aquellos”.
Fueron trabajadores como aquellos quienes gozaron de otra Roca, en la que se llegó a disfrutar de una biblioteca, sala de juegos, club social, campo de tenis, equipo de fútbol y, sobre todo, bar con terraza, archiconocido por los alcalaínos, el Bar Chorrillo. “Había campeonatos de tenis entre los trabajadores de Roca, y hasta equipo de fútbol. Al final lo quitaron porque si alguien se lesionaba no sabían si era un accidente laboral o no”, precisa el mismo Algar antes de soltar una risotada. También había un economato en la calle Torrelaguna. “Mis padres compraban allí de todo con el carnet de Roca”, abunda Pastor.
El declive paulatino
Juan Ángel Lucas Carreras también ha vivido el declive de Roca. Entró en 1989, cuando trabajaban unos 1.200 obreros en la planta, y todavía recuerda sus primeras sensaciones. “Ver aquello era ver a gente trabajando hasta en el último rincón de las naves. Luego vino la decadencia, cuando se empezaron a llevar piezas a otros centros”, asegura. Sitúa en 1997 el primer revés para la plantilla, justo con la mecanización de la producción. “Invirtieron en maquinaria y ahorraron mucha mano de obra y espacio, así que ahí se dio la primera oleada de despidos”, agrega. La de Alcalá llegó a ser la factoría de Roca más tecnificada de todas las del grupo.
Las ganancias aumentaron y la producción se expandió por países como Bulgaria, Egipto, Portugal, India y Croacia. La crisis económica ligada al ladrillo de 2008 fue “la excusa perfecta”, opina el propio Carreras, para acometer los despidos masivos de los empleados más mayores. “Parte de nuestra producción ni siquiera era para España, pero les sirvió para justificarlo ante la Administración”, critica.
La llama de la resistencia: Campamento La Esperanza
Manuel García es militante de CC.OO. y el actual presidente del comité de empresa de Roca, y también se retrotrae a 2008 para explicar la venida a menos, ya casi nada, de lo que fue esta compañía para Alcalá de Henares. Tras un ERE voluntario, dos años después la compañía despidió a 713 personas de sus tres centros: Gavà-Viladecans, Alcalá de Guadaira y Alcalá de Henares. La fábrica madrileña se quedó con unos 600 obreros en la plantilla.
Años después, el anuncio del cierre de la porcelana en la ciudad complutense auguró unas navidades turbulentas. El 18 de diciembre de 2012, Roca comunicó al comité que cerraría esta sección al año siguiente y presentó un ERE para 258 trabajadores. Respondieron acampando frente a la fábrica. Se llamó Campamento La Esperanza y resistió al frío con el calor de la solidaridad obrera durante tres meses. Nada paró a la patronal. Varias idas y venidas, tribunales mediante, el comité y la empresa llegaron a un acuerdo.
Los pocos trabajadores que quedaron pasaron a fundición, donde se realizaban las bañeras. La invasión en 2022 de Ucrania por parte de Rusia, a donde iban a parar muchas de estas bañeras, y las sanciones de la UE fueron la última estocada. A día de hoy, en Roca Alcalá hay 75 trabajadores. Cuatro decenas desarrollan sus funciones en el almacén. El resto trabajan para el Grupo Roca, asentado en Barcelona. La marca asegura a elDiario.es que mantendrá el empleo de estos trabajadores una vez cierre la planta.
El “ecobarrio” se abre paso
Los terrenos de la factoría de Roca en esta ciudad madrileña Patrimonio Mundial de la Humanidad constituyen la única finca de esas dimensiones sin edificar en el centro del municipio, contiguos a uno de sus mayores pulmones verdes, el Parque O’Donnell, y frente a las murallas históricas que circundan gran parte del casco histórico. Hace dos meses, la alcaldesa de la ciudad, Judith Piquet, presentó el futuro del recinto como un “ecobarrio” con hasta 3.000 nuevas viviendas. “El proyecto urbano más importante de las últimas décadas” en la ciudad, afirmó.
El proyecto es calcado a lo que Roca ya lleva a cabo en Gavà-Viladecans. En el caso de Alcalá, recoge más de 80.000 metros cuadrados de zonas verdes integradas con el mencionado parque y un corredor verde paralelo a las vías del tren. El proyecto viene acompañado por amplias zonas peatonales, nuevos espacios estanciales, una zona comercial y un aparcamiento de 400 plazas orientado a mejorar el acceso y la movilidad en el entorno del centro histórico, tal y como recogió el Ayuntamiento complutense en una nota de prensa. La actuación incluye, además, un edificio multiusos para congresos, ferias, cultura y eventos empresariales.
“Se acaba la industria en la ciudad”
“Cuando todavía paso por esos terrenos, lo que pienso es todo lo que he sudado yo ahí”, cuenta con cierta añoranza Pastor, quien estuvo 35 años en la empresa. Sin embargo, la pena es la emoción que más acompaña a este trabajador, al pensar en una compañía que lo tuvo todo y externalizó la producción para aumentar sus beneficios, con cientos de despidos.
Carreras, por su parte, siente “nostalgia de una lucha dura” al ver el espacio que ocupó el Campamento La Esperanza, pero también “rabia” si mira hacia el futuro. “La última sorpresa es que Roca va a ser la promotora del nuevo barrio. Ya no les importa la industria en España, ahora tienen otros objetivos”, considera. Él salió de la empresa en 2022 y hasta entonces formó parte del comité. “Roca ha recibido subvenciones millonarias por estas instalaciones que se han llevado a otros países. Aquí se han quedado cuatro hierros y las estructuras de hormigón”, comenta. Tras varios intentos, Roca no ha permitido a elDiario.es visitar la factoría junto a algunos de sus antiguos trabajadores.
Sin embargo, la firma asegura que no tiene “vocación de promotora inmobiliaria”. Se definen más como “impulsora de tramitación urbanística”, una figura que le permite “supervisar el proyecto que devolverá la vida al recinto junto al casco histórico, y transformarlo en un barrio conectado y sostenible”, en sus términos. Y añaden: “Se trata de una nueva manera de hacer ciudad y de seguir vinculados a este municipio”.
A día de hoy, el Grupo Roca posee 16 fábricas en América, 38 en Europa, 7 en África, 17 en Asia y una en Oceanía. En términos de capacidad de producción, los grandes volúmenes se concentran sobre todo en Brasil e India, mercados con gran población y en los que la producción se destina, casi en su totalidad, a los mercados locales, especifican.
Algar, a quien no le gusta la idea del nuevo “ecobarrio”, considera que Roca todavía puede hacer algo por la ciudadanía. “La factoría tiene unos sótanos tremendos, altos y muy resistentes, porque por encima pasaban carretillas con muchísimo peso. Eso podría ser un aparcamiento público subterráneo y gratuito para todos los alcalaínos”, propone.
García no esconde sus lágrimas al pensar en el futuro de este espacio en pleno centro de Alcalá. “Se acaba la industria en la ciudad, y eso que fue una insignia en todo el Corredor del Henares. A mí me han crecido los dientes aquí, laboralmente hablando. Ahora tienen casi 80 factorías en los cinco continentes, pero todo lo que son lo son gracias a las de Gavà-Viladecans y las dos Alcalás, y nos lo agradecen así”, concluye. Dentro de un tiempo, aquí no quedarán ni las dos cigüeñas que decidieron aposentar su nido junto al reloj que ya solo marca un pasado imposible de recuperar.