Leer la historia de Madrid a través de 40.000 postales

Postal de la Puerta del Sol hacia el año 1900

Luis de la Cruz


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El centro comercial Moda Shopping, a orillas de la Castellana, no es un lugar bullicioso. Es una mañana de enero cualquiera, entre semana, y se pueden ver a varios oficinistas descansando, gente de compras, desayunando y jubilados sin prisas, mirando con interés el interior de una serie de vitrinas en su plaza central. Acercan la cabeza para observar los detalles y comentan con las personas de al lado lo que saben sobre las estampas expuestas. La historia de los lugares de  Madrid es como el fútbol: en cada madrileño hay un cronista de la villa.

Hasta el próximo 13 de febrero se puede ver en el centro comercial una exposición de postales antiguas de temática madrileña, que se completa con algún otro documento histórico, como el proyecto de navegación del río Manzanares de 1902 o dos dibujos originales del Puente de Toledo y la Plaza de Santa Cruz de los años 60. En las tarjetitas de 10,5 por 15 cm se ven las viejas tabernas, calles de sabor castizo, monumentos ineludibles como el Palacio Real u oficios desaparecidos, como el de lavandera, que cuentan la historia de nuestra ciudad a través de una parte de la colección personal de Juan Molina, de la librería Vitorio (El Rastro).

Para buscar el origen de la colección de Juan hay que remontarse a 1982, cuando a un cliente que le vendía asiduamente libros taurinos se le acabaron los tomos. Al final, solo le quedaban las postales. “No tenía hijos y me quedé son su colección de unas 300 postales. Él me insistió y me pidió que no las vendiera porque le había costado mucho conformarla y, aunque yo la principio no estaba convencido, me enamoré de ellas. Ese fue el principio”.

Su profesión de librero de viejo y su presencia en las ferias del ramo en Recoletos hizo que la ocasión de encontrar más postales estuviera muy presente. “Muchos compañeros, que sabían de mi afición, me las traían, y yo las compraba”.

Uno de estos compañeros librero le dijo un buen día, “cuando yo falte te tienes que quedar con mi colección”. Aunque ya hacía tiempo que no tenían contacto, a su muerte la viuda, haciendo caso de su última voluntad, se las llevó a Juan. “Este es ya el momento en que me junto con una gran colección, que siguió creciendo hasta que ya, hace un par de años, dejé de comprar”.

Una colección que llega hasta las 40.000 tarjetas postales, todas ordenadas por temas en álbumes, que no tiene como único objeto la ciudad de Madrid –aunque estas son las protagonistas de la exposición actual– sino que ilustran también la historia de los pueblos de la provincia.

La de Juan es una afición que ha cambiado mucho. “Antes era muy complicado encontrar las tarjetas, tenías que acudir a libreros de viejo o a casas de papel al peso, que han salvado muchos libros y postales. Ahora es sentarte delante de un ordenador con internet y dale a comprar en Todocolección u otros sitios”.

Cuando le pregunto si lee las dedicatorias de las tarjetas, Juan me dice categórico que “es incapaz”. Media una cuestión de pudor y respeto por la privacidad de quienes escribían aquellas postales, aunque también la gran cantidad de postales que componen su colección y el carácter ilegible de algunas letras de pluma apretadas en el poco espacio que aquellas viejas cartulinas disponían para el texto.

Hay que tener en cuenta que al principio el mensaje se escribía en la cara ilustrada de la postal, por lo que era más bien una dedicatoria breve (en la parte trasera solo figuraba el remitente). Solo a partir de 1905 se empezó a compartimentar el envés blanco y habilitarlo para la escritura. Cuando se quería escribir una misiva larga se metían en el sobre (sin sellar) y se acompañaban de una carta.

El valor de la tarjeta postal tenía un componente emotivo de ida y vuelta en los tiempos de la primacía del correo postal. “Servían, como ahora, para mandar un mensaje desde el lugar en el que uno se encontraba, pero también se usaban para enviar un recuerdo de su tierra a alguien que estaba fuera. Un recuerdo de su Madrid amado a alguien que estaba trabajando en Francia, por ejemplo”.

El interés por el coleccionismo de postales antiguas tampoco hay que buscarlo en correspondencias ilustres que te hagan saltar a la fama o ingresar grandes cantidades, aclara Juan en la conversación. “La mayoría son, lógicamente, de gente anónima. Sí que hay algunas de carácter bélico (las postales se popularizaron en la guerra francoprusiana), a veces de mandos militares que escribían a otros o soldados a sus familias, por ejemplo, de miembros de la División Azul, o de la Guerra de África; algún compañero ha tenido alguna escrita por Hitler”.

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