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Es que tú no lo entiendes, cariño

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Cuando alguien comienza una conversación advirtiendo de antemano que no entiende de política sé que lo que me espera a continuación es poco menos que un mitin sobre cómo hay que arreglar España. En un país como el nuestro en el que, como reza el dicho, el más tonto hace aviones, con millones de seleccionadores de fútbol en potencia, donde cada taxista es un presidente del Gobierno y cada policía antidisturbios, un ministro de Interior, si alguien te dice que no entiende de política, hazle caso, créele: no entiende de política.

Eso sí, compra, vende, utiliza los transportes públicos, la sanidad pública, tiene que enviar a sus hijos al colegio con un tupper, simultáneamente sufre una subida del IVA y una bajada de sueldo, su puesto de trabajo pende del hilo caprichoso de su jefe, si es que ya no está en paro, o trabaja con un sueldo de esclavo... pero no entiende de política. Ignora que desde que enciende la luz de madrugada o abre el grifo, antes de ir a trabajar, hasta que regresa por la noche para hundirse en el sillón, agotado y acojonado, ha sido la política (que es tan misteriosa como los malditos mercados) la responsable de todo cuanto bueno o malo le ha sucedido durante la jornada.

En realidad todos entendemos de política a la fuerza porque sufrimos sus consecuencias a diario. Es como la gravitación, que nunca la ves pero que la padeces inevitablemente, sobre todo cuando pierdes el equilibrio y vas a parar al duro suelo, donde la gravedad de la caída cobra todo su sentido. Los que dicen no entender de política actúan como aquel del chiste que pensaba que aunque no existiese la ley de la gravedad las cosas caerían por su propio peso. A lo que se refieren en realidad es que no entienden ... a los políticos, que es como decir que no entienden a Isaac Newton, el primero que formuló la ley de la gravitación universal.

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El síndrome Muxía

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Dejadme que os hable brevemente de Galicia. Aquí nací y aquí he vuelto al cabo de los años. Y con mis paisanos he vivido con ansiedad estos últimos días de campaña. Después de las elecciones celebradas ayer (bueno, celebrar, lo que se dice celebrar, solo las ha celebrado el PP), como ha dicho Xosé Manuel Beiras en campaña: ya me puedo morir.

Aunque os confieso que no tengo ninguna prisa. No porque la cosa sea para morirse, que no hay facha que cien años dure, sino porque contesta a la pregunta clave que se hacía medio mundo después de la catástrofe del Prestige: ¿Por qué nunca se sabe si los gallegos van o vienen? O lo que es lo mismo, ¿cómo pudo obtener mayoría el PP en el pueblo de Muxía, cuya costa fue arrasada por la ineptitud del Señor de los hilillos, el entonces coordinador del Gobierno del PP, el que años más tarde sería premiado por los ciudadanos... con la presidencia del Gobierno español?

Feijóo ha provocado con su mandato de estos cuatro años un Prestige económico y social en Galicia sin precedentes, por acción u omisión de gobierno, pero los gallegos han premiado su ineptitud, como antes habían hecho los valencianos en Valencia premiando la corrupción del PP: allí triunfó la famosa política de banquillo, de banquillo de los acusados, y aquí el caciquismo goza de una espléndida salud.

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Van a privatizar el Consejo de ministros

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En democracia, cuando llegas a la conclusión de que ir a votar no sirve de nada porque todos los políticos son iguales, solo deberían quedarte dos caminos: permanecer en casa contemplando con rabia por televisión cómo los demás utilizan (mal) el voto que has desaprovechado, fiel a la teoría del inefable Mariano de los 45 millones de no manifestantes que se quedan en casa, o tirarte al monte. El monte es una metáfora, puede ser la calle, las inmediaciones mismas del Congreso de los Diputados, sin ir más lejos.

Sin embargo, la suerte de los partidos de derecha es que se nutren de un número ingente de ciudadanos apolíticos que ignoran que ellos mismos son de derechas, pero que curiosamente votan a los suyos porque que piensan que “todos los políticos son iguales”. Es una modalidad de voto comparable al de la huelga a la japonesa, poniendo a trabajar al voto enloquecidamente, en lugar de quedarse de huelga en casa el día de las elecciones.

La política está tan desprestigiada por los propios políticos que cuando queremos descalificar un argumento o un hecho como espurios nos basta con decir que están animados “por razones políticas”. Con eso está dicho todo. Es la descalificación suprema: espurio, curiosamente, significa bastardo, como los hijos de puta, profesión materna tan mal considerada, pero igual de socorrida, que la de político. Puedes justificar tu conducta por razones éticas, socioeconómicas, religiosas, medioambientales, por capricho, por que sí, porque te lo mandó tu mujer... pero nunca por motivos políticos, espurios y bastardos.

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Los obispos rezan por su dinero

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Yo no sé en qué beneficiaría o perjudicaría al resto de España, a Europa y al conjunto de la civilización occidental si Cataluña, Euskadi o Galicia se constituyesen en estados soberanos, con su ejército de juguete, su conferencita episcopal y su Haciendita propios. Tengo, eso sí, una idea aproximada de por qué en la sociedad unos son ricos y otros pobres, y por qué cuando un pobre supera la masa crítica de bienestar inmediatamente pasa a ser sospechoso de ladrón, mientras que, en el caso del rico, al aumento de la riqueza se le conoce como beneficio empresarial, y no explotación o robo. Todo eso lo aprendí de cuando mi vida política se movía, como decía en mi anterior post, de una forma bidimensional, de izquierda a derecha.

Debe ser cosa, pues, de mi pasado marxista, de cuando tontamente creía que los problemas de los explotados por parte de los explotadores eran de naturaleza transnacional, y por ello solo tenían una solución internacional, algo así como la guerra mundial del proletariado. Cantábamos aquello de “arriba, parias de la Tierra; en pie, famélica legión”, cuya letra tendría ahora la contrapartida moderna de “arriba, parias de Euskadi; en pie, famélica región”, o bien “arriba pobres de Esplugues de Llobregat; en pie, famélico ayuntamiento”, o, afinando todavía más, “arriba pobres de Porriño, en pie famélicos vecinos”. Y así, hasta el infinito. O mejor, como dirían hoy en ese metalenguaje que se dio en llamar políticamente correcto: famélicos vecinos y famélicas vecinas, vascos y vascas, amigos y amigas, jueces y juezas.

A lo mejor, si el Mesías nacionalista bajara a este blog y tuviera a bien explicarme por qué es mejor una Cataluña nación que una Cataluña región, por ejemplo (y sobre todo, y lo único importante, para quién sería mejor), o bien me echaría inmediatamente en sus brazos para convertirme al nacionalismo con fe inquebrantable, o bien echaría mano de la pistola para defenderme.

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Luego, cuando gane, te la hinco

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Estamos a punto de asistir a dos inminentes citas electorales, en Galicia y Euskadi, más una tercera en el horizonte, la de Cataluña, que conllevan un morbo añadido: el de conocer cuánto voto irá a engrosar la cuenta de los partidos nacionalistas, como castigo y alternativa a las formaciones tradicionales que solo se mueven en dos dimensiones, preferentemente hacia la izquierda o hacia la derecha, aunque algunos, como los dirigentes de PP, le hayan tomado gusto a la dirección de atrás.

El nacionalismo sería algo así como la política 3D, la tercera dimensión (arriba y abajo) diseñada para alcanzar el poder utilizando como ingrediente primario el nacionalismo en el que, como en el caso de las religiones, priman los sentimientos y la fe en lo que no existe sobre el análisis y la razón. Luego está la cuarta dimensión, el tiempo, justo lo que los partidos buscan con ahínco (“luego, cuando gane, te la hinco”) pero que los electores cabreados no están dispuestos a concederles.

Quizá la imposibilidad de encuentro entre electores y candidatos se deba precisamente a que unos y otros vivimos en distintas dimensiones. Hay que violentar los principios más conocidos de la física para que un candidato atraviese la dimensión en la que habita y llegue a entusiasmar a un votante, o que éste se crea las promesas mil veces incumplidas de los partidos.

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La Virgen del Pilar, condecorada por el ministro del Interior

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Si entráis en la página oficial de La Moncloa-Consejo de Ministros-Referencias, y dándole a la ruedecita del ratón avanzáis por Reales Decretos, Acuerdos, Informes, Proyectos de leyes y demás literatura oficial, llegará un momento en que pensaréis que habéis atravesado el espejo de Alicia y que os encontráis al otro lado de la realidad, en el país de las Maravillas. O bien que un hacker ha atacado la página de Moncloa y la ha suplantado por una del diario satírico El Jueves.

 En ese país de las Maravillas, en esa realidad inventada y fantástica, encontraréis de pronto un lugar llamado CONDECORACIONES/Interior, en el que se lee lo siguiente: “REAL DECRETO por el que se concede la Gran Cruz de la Orden del Mérito de la Guardia Civil a la Virgen del Pilar, Patrona del Cuerpo”. Repetid, por favor en alto lo que acabáis de leer, a poder ser aguantando la risa o la ira, y enviadlo a vuestros amigos y allegados, gritadlo por el patio de luces, escribidlo en vuestras pancartas de la próxima manifestación, es decir la de mañana, contádselo a vuestros hijos y nietos, porque estamos en un momento histórico, quizá irrepetible: el español consejo de ministros, de ministros meapilas y talibanes cristianos, le concede una cruz a la supuesta madre de un dios que murió en la cruz.

Que viene a ser algo así como regalarle, como recuerdo entrañable, un par de tubos de anfetaminas a la madre del suicida.

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Si se pierden las formas, se pierde la razón

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El Papa Benedicto XVI realiza un recorrido con un sombrero de charro mexicano en marzo, en el Parque del Bicentenario de Silao con jóvenes en Guanajuato (México). Efe / Jorge Núñez

Menos mal que solo estamos en precampaña electoral. No quiero ni pensar la sangre que puede correr tan pronto termine la pegada de los primeros carteles de la campaña oficial. Mariano Rajoy, que padece una alergia crónica a enfrentarse a las preguntas de los periodistas, puso la nota de color este fin de semana en un mitin en Ourense para apoyar a su partido ante la próxima cita electoral autonómica, mientras el candidato oficial, o sea Núñez Feijóo, se iba de mítines por A Coruña, marcando así distancias con un jefe apestado electoralmente, que va por la vida a la defensiva, mendigando la comprensión y el perdón de sus conmilitones por su alta traición al programa electoral que le aupó a la Moncloa.

¡Oh, casualidad! En Ourense, precisamente. La ciudad de la que es alcalde el socialista Francisco Rodríguez, detenido de madrugada dos días antes, e incomunicado a continuación en los calabozos por una juez de Lugo, tal como se hace con los etarras, los narcotraficantes y demás malhechores peligrosos, pero jamás con presuntos delincuentes como Urdangarín. Se llama Pilar Lara, y aunque está casada con un miembro del comité ejecutivo del Partido Popular de Lugo, todos tenemos la obligación de pensar que la orden de detención de un adversario político de su marido no ha violentado en absoluto su recto... su recto sentido de la justicia.

En la ciudad de Ourense, cuya plaza Mayor acogió el sábado una multitudinaria manifestación de apoyo a Rodríguez, más que dudar de la honestidad de su alcalde (ni siquiera dios se fía ya de sus ángeles, después de la traición de Lucifer) no salen de su estupor por las formas aparatosas que acompañaron a la detención y el posterior alimento para la especulación mediática que supuso el mantenerlo durante casi 72 horas incomunicado.

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Ni dios, ni patria, ni rey

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Ni dios, ni patria, ni rey

Cuando me estrené en este oficio de bloguero (¡mirad si hace tiempo de ello, que la palabra bloguero ya viene en el Diccionario de la Lenta y Real Academia!), me presentaba a mí mismo colgando un aviso para despistados: "Comienzo por el final porque no tengo principios". En realidad se trataba de un guiño, porque, al contrario que Groucho Rajoy, el cómico de La Moncloa, tengo pocos, pero firmes principios. Más que principios, causas por las que luchar. Las tres adornan el frontispicio de este blog, para que nadie se llame a engaño pensando que había entrado en un foro de gastronomía.

Lo tomo prestado del Oriamendi, el himno de los carlistas, “Por Dios, por la patria y el Rey”, tres conceptos que compendian todo cuanto aborrezco. Bueno, todo no; tampoco soporto los pepinos en la ensalada, pero ese es tema para otro día. Porque creo que detrás de la mayoría de las guerras, injusticia colectiva y represión ocurridas a lo largo de la Historia se hallan los que se erigen en administradores exclusivos de los intereses y deseos de los dioses en la Tierra, aliados con esos patriotas que pintan fronteras a su antojo para mejor explotar a quienes quedaron atrapados dentro de ellas, a menudo capitaneados por reyes que se creen dueños de las vidas y haciendas de unos súbditos que jamás elegirían a un Borbón, por poner un ejemplo extremo, aunque tuviesen las neuronas encharcadas en Beefeater.

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