Ecuador-Curazao a las dos de la mañana en un bar de Vallecas: más nostalgia y reencuentro que fútbol
Pasan apenas unos minutos de las dos de la mañana, hora peninsular española, cuando el delantero ecuatoriano Enner Valencia se planta delante de Eloy Room, portero de Curazao y, finalmente, el héroe del día. A escasa distancia del área pequeña, Valencia trata de ajustar el tiro al palo izquierdo de Room, que adivina las intenciones del jugador de Pachuca y se lanza para obrar el milagro. Sin que nadie sepa muy bien cómo, el balón sale despejado por encima del larguero.
Room celebra y Valencia se lamenta, pero a más de 7.000 kilómetros de allí, en Madrid, en un bar irlandés ubicado en el número siete de la calle Caridad, cerca de Vallecas, tratan de darle ánimo: “¡Sí se puede! ¡Sí se puede! ¡Sí se puede!”. Un rezagado apostilla: “¡Vamos Ecuador! ¡Vamos a ganar!”. La concurrencia celebra. A juzgar por la superioridad ecuatoriana, eso parece. Eso esperan. Nadie quiere oír hablar ni lejanamente del 0-0 cosechado por España frente a Cabo Verde: no hay que invocar a los malos augurios.
En el local, a pesar de la hora intempestiva del partido, se dan cita una treintena de seguidores de la Tri, como se conoce a la selección de Ecuador. La mayoría, ecuatorianos, aunque no solo: algún mexicano y algún peruano se han acercado a prestar aliento a la nación hermana. Pablo Muñoz, un ingeniero civil mexicano de 25 años habla sin quitarle ojo al partido: “Claro, vine con un amigo a apoyar a Ecuador. Entre nosotros nos tenemos que ayudar”, comenta escuetamente antes de volver a poner los cinco sentidos a la tele.
Todos forman parte de una diáspora migrante cada vez más numerosa en España. Los residentes no nacidos en el país sumaban a 1 de enero de 2025, 9,4 millones de personas, según el INE. De estos, un 24,4%, es decir, 2,3 millones de personas, llegaron en los dos años inmediatamente anteriores al informe, la mitad de ellos, 1,2 millones, durante el último año. Ecuador, con algo menos de medio millón de migrantes, es el quinto país que más personas aporta, solo por detrás de Marruecos, Colombia, Venezuela y Rumanía.
En una encuesta rápida de madrugada en el pub irlandés explican que comparten nostalgia, vínculos y dificultades para ganarse la vida y ven en el Mundial una magnífica excusa para alejar la angustia y la tristeza durante 90 minutos y sentir la patria un poco más cerca.
“El partido es una forma de unirnos más allá de la situación que vivimos y más allá de la política”, explica Dominica Banda, tratando de espantar los bostezos y el calor gracias a un abanico con los colores de la Tri. Las ocasiones de gol llegan a cuentagotas, el 0-0 se mantiene en el marcador y ella cuenta que es estudiante de Comunicación en el Instituto Séneca, un centro madrileño especializado en posgrados. Tiene 20 años y lleva cuatro meses en España, lo que no le impide echar ya de menos su tierra. “No me gusta el fútbol. Ni siquiera tengo equipo favorito”, aclara. ¿Qué hace, entonces, en un bar a las tres de la mañana viendo un partido? Responde rápido: “Apoyar a mi selección es apoyar a mi país”.
Jorge Patiño, ecuatoriano de 47 años y que lleva 24 en España, pasa entre nueve y diez horas al volante. Tampoco le encuentra la gracia a eso de “ver a 22 hombres detrás de un balón”, como él mismo lo define. Pero ha bajado al bar: “No es el partido, es juntarse con la familia y con los amigos”, dice ataviado con su camiseta tricolor. Cuando, al filo del descanso, Room detiene un remate cruzado desde la frontal del área grande a John Yevoah, Patiño se lamenta como si le fuera la vida en el partido.
La embajada de Ecuador ha proporcionado información entre su comunidad sobre qué locales albergarán durante el Mundial partidos de la Tri. Muchos hosteleros, por su parte, han empezado a darse cuenta de que para convertir la morriña en reclamo comercial basta con disponer de una tele grande y cierta manga ancha para estirar la hora de cierre hasta que acaben los partidos. El irlandés de la calle Caridad llegó a sacar entradas con consumición para el primer partido de Ecuador. Y es probable que retomen la iniciativa en el decisivo tercer partido frente a Alemania.
A Kevin Fierro, técnico en prevención de riesgos laborales, 31 años de los que ha pasado los últimos cuatro en España, todo esto le ha pillado por sorpresa. Paseaba por la zona con su camiseta del Barcelona de Guayaquil, uno de los equipos más populares de Ecuador, cuando se ha acercado al bar para curiosear. Ahora comparte confidencias con Ricardo Palacios, que a sus 29 años está celebrando su graduación en un Máster en Seguridad.
Ecuador intensifica el asedio durante la segunda parte. Las ocasiones más claras llegan gracias al balón parado, donde dos de las estrellas ecuatorianas Piero Hincapié, mediocampista del Arsenal, y William Pacho, central del PSG, hacen valer sus centímetros en los balones altos. Pero Room se siente bendecido por el dios del fútbol y, una tras otra, desbarata las ocasiones ecuatorianas. Arrellanado en un sofá, lo sufre Antony López, un trabajador de 31 años de una consultora que frente a la tele ve pasar su infancia: “Ver a mi selección me acerca a casa. Me trae recuerdos de cuando era niño y veía los partidos en Quito. Son mis raíces”. Diana León, una trabajadora de la limpieza de Airbus que lleva 30 años en España, más de media vida, también sufre con cada ocasión perdida por los suyos. “Viendo el partido me siento en mi tierra”, resume.
A eso de las cuatro de la mañana, Room saca una mano firme a un disparo durísimo del centrocampista Pedro Vite. Y la concurrencia empieza a impacientarse. “Jugad fácil, no sois Neymar, el fútbol es jugar fácil”, comenta un parroquiano. En el minuto 89, un centro mal dirigido de Ángelo Preciado pega en el larguero. Es la última. El árbitro pita el final y se apodera del bar un estruendoso silencio. Los aficionados van abandonando el local cabizbajos y en decepcionada procesión. Porque el fútbol acerca a la añorada patria, pero la victoria acerca algo parecido a la felicidad.
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