La magia del fútbol: a la portería le llamamos arco pese a ser rectangular
Seguí por la tele la colosal remontada de Argentina frente a Egipto, con polémica arbitral incluida, y me fui después a ver cómo lo contaba la prensa argentina, que en mi opinión es una de las mejores en castellano en la calidad de las crónicas futbolísticas, en la creación de nuevos léxicos o en el ingenio de los motes. Y me encontré esto en un gran medio, el diario Clarín: “La Scaloneta tuvo un 64 por ciento de posesión, convirtió 3 goles, remató 19 veces (7 al arco) y completó 602 pases”. Después, en un pequeño medio local de la provincia de Corrientes, revistaesperanzas.com, este intenso párrafo: “Estaba al borde del nocaut la Selección. El 2-0 de Ziko, tras un monumental contragolpe, pareció un golpe letal. La Scaloneta había hecho todo el desgaste hasta convertir en figura a Mostafa Shobeir, que le había atajado un penal a Leo en la primera etapa. Por eso el festejo africano cayó como un mazazo. Pero a la Scaloneta hay que matarla dos veces para que caiga”.
“La Scaloneta”. “Arco”. “Nocaut”. “Penal”. Aquí hay materia lingüística sobrada para el comentario.
A La Albiceleste, apelativo tradicional para la selección argentina —por los colores de la camisola, que son los de la bandera— la llaman ahora La Scaloneta muchísimos medios, y no sólo argentinos. El apelativo viene del apellido del entrenador, Lionel Scaloni, que fue jugador de cierto nivel (campeón de Liga española, de Copa del Rey y dos veces de Supercopa de España con el Dépor a comienzos de siglo) y que como seleccionador ha llevado en menos de una década a su combinado a una nueva época dorada: campeón de Copa América en Brasil 2021 y en Estados Unidos 2024 y campeón de la Copa del Mundo en Qatar 2022.
Fue en su primer gran título, la Copa América de 2021, cuando se rebautizó a La Albiceleste: en las redes sociales circuló una imagen con el entrenador, Scaloni, “manejando un colectivo [un autobús en el español de Argentina y de otros países de América], llevando a los integrantes de la selección, y en el frente del vehículo la frase ‘La Scaloneta’”. Probablemente el apelativo no sobrevivirá cuando Scaloni deje la selección.
Es un misterio por qué en muchos países hispanohablantes —Argentina, Chile, Colombia y Perú entre ellos— se le llama arco a la portería, que como se sabe es rectangular y nunca ha tenido el larguero arqueado. Hay quien sostiene que
todo empezó en el sujeto y no en el objeto: llamándole arquero al portero porque, como los arqueros reales medievales, protegía lo más valioso: al rey y a su arca del tesoro. Un poco rebuscada parece la explicación. Una alternativa: es la magia del fútbol y de sus narradores. Además de arquero, al portero le llamamos meta, guardameta, cancerbero —por el perro de tres cabezas que guardaba las puertas de los infiernos en la mitología griega—, guardavallas, cuidapalos —en Bolivia, Colombia, Ecuador y Paraguay—, guardapalos —en Bolivia, Colombia y Ecuador—... y, en Uruguay, golero. Tiene su gracia este último término. En español, el sufijo -ero se usa para formar sustantivos que indican oficio, ocupación, profesión o cargo, y el portero más que de hacer goles se ocupa de evitarlos.
Nos sorprende en España el nocaut del texto arriba reseñado, pero en casi toda América es muy usual. Tanto, que lo recoge el diccionario de las academias, el DLE. Viene, es obvio, del inglés knock-out, primero para indicar que un contendiente de boxeo o artes marciales ha quedado fuera de combate tras recibir un golpe y después para referirse a un agotamiento extremo o a una derrota contundente en deportes o en cualquier otro orden de la vida. En la prensa española es mucho más frecuente KO, la abreviatura del término inglés. En la portada de los diarios deportivos da mucho juego gráfico y tipográfico.
Penal -por penalti- también está recogido en el DLE. Como un argentinismo, aunque se usa ya en muchos otros ámbitos del español de América, no solo en la variedad dialectal rioplatense.
Los idiomas son seres vivos, en continua evolución. El español, con su gran amplitud demográfica y geográfica y sus ocho variedades dialectales (castellano, andaluz, canario, caribeño, mexicano-centroamericano, andino, chileno y rioplatense), una máquina muy productiva en el campo semántico del fútbol. Algunos ejemplos más: balón es dominante en España; pelota, en gran parte de América; cuero, bola y esférico, frecuentes en todos lados. Campo de juego entre nosotros, cancha al otro lado del Atlántico. Aficionados y forofos, aquí; hinchas, allá. Regate le decimos nosotros a lo que en buena parte de América le dicen gambeta —del lunfardo, la jerga de la clase baja de Buenos Aires que tanto ha fecundado el español en ámbitos muy diversos: pibe, laburo, guita, mina, atorrante…—.
El fútbol —anglicismo tan hecho nuestro que ha aplastado al calco balompié, que se intentó a principios del siglo pasado y ahora solo queda en algunos nombres de clubs, por ejemplo, el Real Betis o el Albacete Balompié— es un fenómeno de masas no solo deportivo. También cultural y lingüístico. Vital.
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