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¿No queréis igualdad?

Hablan de denuncias falsas para negar la labor de una ley pionera en toda Europa, modelo de otras tantas legislaciones nacionales. De pronto, la excepción se ha convertido en la verdadera norma para algunos

Se está haciendo política con la violencia de género. Con muertes. Lo deletreo: eme u e ere te e ese. Muertes. Asesinatos, mejor dicho. Eso no hace falta que lo deletree

Pero entonces que me cuente alguien cómo lo hacemos. Si no abrimos la boca, cómo lo hacemos. Cómo se educa a la siguiente generación, cómo se corrige la masacre diaria de esta. Cómo se reivindica un espacio y un derecho propio

Millie Bartlett (2018). Vía Tumblr

Millie Bartlett (2018). Vía Tumblr

Hay gente que convierte los estandartes en lanzas.

Hablan del «daño irreparable que han hecho las radicales a la causa del feminismo» y yo me pregunto qué coño quiere decir eso. ¿Qué daño han hecho? ¿Qué radicales?

Hablan de denuncias falsas para negar la labor de una ley pionera en toda Europa, modelo de otras tantas legislaciones nacionales. De pronto, la excepción se ha convertido en la verdadera norma para algunos.

Yo me pregunto cómo podríamos atajar el problema. ¿Contratando a Aramis Fuster en todas las comisarías de España? ¿Destinando presupuesto para la adquisición de bolas mágicas como stock irremplazable?

Igualdad, dicen estos, no es «violencia de género». Debería ser, más bien, «violencia doméstica». ¿Qué pasa con esos pobres hombres a los que sus mujeres les pegan palizas? ¿Qué pasa con esos pobres hombres que pasan angustiosas horas en el calabozo por una simple llamada de su mujer?

Entonces Simone de Beauvoir carraspea desde el siglo pasado y nos recuerda que una diferencia inexpugnable entre géneros es la propia fisiología. Para empezar, si no hubiéramos sido tan débiles físicamente no habríamos sido el Segundo Sexo. El hombre de las cavernas se habría llevado un buen sopapo al agarrar de la coleta a la mujer de la cueva, y ahí habría acabado todo.

Pero resulta que no es así. Un sopapo de cromañona no erradica al Cromañón, con mayúscula, que se las ha apañado para seguir reproduciéndose hasta llenar los bares en pleno 2019.

Quiero hacer un inciso. Aviso de que es desagradable.

El otro día cenaba con una amiga en una terraza. Al lado había un grupo de sujetos de entre treinta y cincuenta años con sus gintonics y sus montaditos de lomo. Se giraron y nos quitaron el servilletero sin preguntar. Yo me limpiaba con el mantel discretamente para no armar jaleo, no merecía la pena, estaban borrachos. Entonces empecé a escuchar sus gritos jocosos:

—A las mujeres se les tiene que marchar el chochamen —créanme si les digo que me da más asco escribir esto a mí que a ustedes leerlo, pero es por una buena causa—. Tienen que tener hueco entre las piernas…

Y el otro:

—Cuéntanos cómo te zumbaste a esa brasileña. ¿La pusiste del revés?

El susodicho llevaba un anillo dorado en el anular.

Menudencias. Y que más tarde otro par de iluminados interrumpieran nuestra conversación para soltarnos unos cuantos piropos sobados no tiene mucho que ver con todo esto, es solo para ilustrar el panorama. ¿No?

Es que el feminismo radical ha hecho mucho daño a la causa, dicen. Es que estamos muy quisquillosas, ya no se puede decir nada.

«Estáis suprimiendo el sacrosanto derecho a la libertad que encumbró Locke y que apoyó Smith con propósitos de rentabilidad económica. Y la igualdad, ¿no queréis igualdad? ¿Qué igualdad hay en que a nosotros nos arresten como a criminales, sin pruebas, siempre que a vosotras se os antoje?».

Más allá de Aramises Fuster y de bolas mágicas, el sistema resarce a los inocentes tras la medida preventiva de la detención. Que lo mismo bien valen unas horas de unos frente a una vida entera de otras. Pero bueno, esas cosas no se atienden. Porque lo triste es que el discurso de algunos, de esos tan requemaos por las odiosas radicales, se ha metido en los bares, en las terrazas. Ha impregnado un sector de la sociedad que se ampara fuerte en que son las propias feministas las que no les convencen bien de su causa. Con dulzura.

De pronto, esa «izquierda extrema» que defiende los derechos LGTBI+ y de las mujeres se ha convertido en eso: en política. No en humanidad pura y dura. No. Se está haciendo política con la violencia de género. Con muertes. Lo deletreo: eme u e ere te e ese. Muertes.

Asesinatos, mejor dicho. Eso no hace falta que lo deletree.

Y entonces siguen los iluminados: que lo hay que hacer es educar. Concienciar a la población para erradicar el machismo y punto pelota. No detener a tontas y a locas. Yo me pregunto si, en ese caso, hay que esperar a que desaparezca una generación entera de hombres aleccionados por el servilismo que han visto en las mujeres de su familia. Hombres acostumbrados a dormir cada noche en el eje del universo, hombres que gozan de los privilegios y esperan un buen motivo para dejar de hacerlo. Hombres que guiñan los ojos y arrugan la nariz ante el vello de una «feminista radical», que están cansados de aguantar ese discurso diario sobre la igualdad, pequeñas monsergas continuas. Hombres que incluso se permiten alegar, sin asomo de vergüenza torera, que son «antifeministas» porque son «proigualdad».

Qué perogrullada. Qué del Cromañón.

No hace falta invocar a Simone de Beauvoir para que les explique, a estas alturas, lo que significa «feminismo». No hace falta detallarles el concepto de «discriminación positiva» como mecanismo para reducir y eliminar la desigualdad fáctica que cubre, tristemente, a ciertos colectivos. No hace falta justificar la ley para atajar un problema tan endémico y tan serio como este. No hace falta levantarse para pegar un sopapo a los de la mesa de al lado. No hace falta abrir la boca para perder energía diariamente con estos sujetos que ahora han encontrado un estandarte que convertir en lanza por puro provecho personal, para seguir anclados en su podio. No hace falta convencer con caricias a nadie, so pena de sufrir el escarnio y el fácil insulto de «feminazi».

Pero entonces que me cuente alguien cómo lo hacemos. Si no abrimos la boca, cómo lo hacemos. Cómo se educa a la siguiente generación, cómo se corrige la masacre diaria de esta. Cómo se reivindica un espacio y un derecho propio.

Desde luego, en este punto es muy difícil hacerlo «bien», si eso significa «con dulzura».

La dulzura se la pueden meter esos algunos por donde la espalda pierde su honroso nombre. Justo por detrás de donde nosotras tenemos el chochamen.

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