ENTREVISTA
Andrés Martínez Bastida, ingeniero agrónomo: “La edición genética vegetal es la gran revolución”
La Región de Murcia es uno de los principales laboratorios de innovación agrícola del sur de Europa. En este territorio, marcado por la escasez de agua, el Instituto Murciano de Investigación y Desarrollo Agrario y Medioambiental (Imida) dedica buena parte de su labor investigadora a impulsar nuevas variedades vegetales más resistentes, productivas y adaptadas al cambio climático. Solo en 2025 realizaron más de 50.000 hibridaciones de árboles, cuentan ya con 26 variedades registradas de cerezo, melocotón, albaricoquero, ciruelo y platerina y trabajan en la introducción de otras especies como la pitaya o fruta del dragón.
En un escenario en el que la agricultura del futuro estará definida por la edición genética, los invernaderos de alta bioseguridad, la hibridación o la innovación en nuevas variedades vegetales, estos avances también plantean preguntas de fondo como qué modelo agrario se está consolidando, quién controla la innovación y qué lugar ocupan la biodiversidad y las variedades tradicionales en esa transición. Andrés Martínez Bastida, director del Imida, despeja algunas dudas sobre ese equilibrio entre progreso, rentabilidad y conservación.
¿Cómo ha pasado la Región de Murcia de ser un territorio con estrés hídrico estructural a convertirse en un referente internacional en mejora genética vegetal?
Hemos pasado a ser un referente en el manejo del estrés hídrico por una cuestión de necesidad. En la Región de Murcia se registran unos 350 litros de lluvia por metro cuadrado al año, los cultivos se tienen que adaptar para salir adelante, que sean rentables y haya un interés por continuar con el relevo generacional. En esta comunidad la agricultura de regadío representa un 45% y el resto es de secano. Tenemos la ventaja de que nuestros suelos son de muy buena calidad y tenemos unas 3.000 horas de sol al año, pero al faltarnos el agua hay que introducir la tecnología y estudiar cómo las plantas la utilizan.
¿Qué papel juega el Imida dentro de ese ecosistema de innovación?
Estudiamos el funcionamiento de las plantas en tanto que seres vivos, con sus mapas genéticos, para entender sus características. En nuestro caso, lo que queremos es buscar plantas que sean más resistentes a la sequía; pero también tratamos de descifrar qué genes pueden ayudar a que puedan hacer frente mejor a determinadas plagas y enfermedades, o adquirir determinado color o tamaño.
En la Región de Murcia hemos pasado a ser un referente en el manejo del estrés hídrico por una cuestión de necesidad
¿Cómo se traduce ese trabajo en la práctica?
Se hacen cruzamientos de dos variedades de la misma fruta, por ejemplo melocotón, para obtener una variedad diferente. Y por los distintos campos de ensayo pasan los agricultores y las empresas de distribución y de comercialización para ver las tendencias. Ahora cada vez es más frecuente, por ejemplo, la uva o la sandía sin pepitas. Son fruto de esta evolución.
¿Cuánto tiempo lleva desarrollar una nueva variedad?
Son procesos largos. Cuando cruzas una planta, desde que sale del laboratorio hasta llegar a la fase del campo y que crezca y dé frutos, pueden pasar dos o tres años. El caso de los cultivos leñosos del arbolado es de los más lentos, hasta cinco años. En el de la vid, hasta veinte. Y luego hay que ver si esa fruta vale o no; hay que comprobar al final del proceso si el comportamiento conseguido es el que te habías planteado en un principio. Pero estamos evolucionando y con las nuevas técnicas genómicas se hace todo de forma más precisa.
¿En qué consisten las nuevas técnicas genómicas y por qué están generando tanto debate en Europa?
Hay países que no terminan de verlo claro. Pero no porque no sea una solución válida, sino más bien porque hay países más desarrollados en este campo, como el nuestro, y los que están más rezagados temen quedarse atrás. En la Unión Europea (UE) el debate está encima de la mesa y ya hay un reglamento de la Comisión pendiente de validación para que podamos usar las nuevas técnicas.
Sí que me gustaría dejar claro que no tiene nada que ver con los transgénicos. En los transgénicos se combinan cruces de distintas especies. Nosotros estamos hablando de cruzar siempre variedades dentro de la misma especie; lo que no quisiera es que la gente piense que la están intentando meter alimentos modificados.
¿Podría explicarlo con un ejemplo sencillo?
Si quisiéramos mejorar una variedad de melocotón, por ejemplo, lo que haríamos sería editar su línea genética y esa edición te va a dar pistas de qué genes dan el color amarillo. Entonces lo que haríamos sería cortar esa secuencia en la variedad que lo tiene e introducirlo en otra. Ahí lo que consigues es ir sobre seguro y acortar mucho los plazos. Es una gran revolución.
Sí que me gustaría dejar claro que la edición genética no tiene nada que ver con los transgénicos
¿Y un caso concreto en el que estén trabajando actualmente?
Claro, estamos trabajando duro con el tema del viñedo, sacando variedades con más calidad y más resistentes a algunas plagas a partir de la Monastrell (típica de Jumilla o Yecla). Lo que hacemos es cruzar plantas, sacar nuevos plantones, plantarlos, injertarlos y esperar a que empiecen a producir. Estamos buscando también mejorar la calidad de la uva y del vino, que tenga una menor graduación alcohólica, es una tendencia del mercado. El desarrollo vegetativo del viñedo es lento, por eso la edición genética es un gran avance. En el Imida tenemos una autorización excepcional para poder poner a punto las técnicas genómicas como centro de investigación.
¿Que no tengamos todavía en Europa una reglamentación nos está retrasando mucho respecto a otros países?
En Estados Unidos y China es donde están más avanzados. En España, por poner un ejemplo, la Universidad de Córdoba ha obtenido una variedad de cereal par gente celiaca con la edición, pero al no poder producirlo aquí tienen que venderlo a Estados Unidos que luego nos lo manda a España para comercializarlo aquí. Pero repito que son dentro de la misma especie.
La UE tiene que establecer las distintas categorías de producción dentro de este campo. Y tendrá que figurar en el etiquetado que la variedad en cuestión se ha obtenido mediante técnicas genómicas. Esperamos que a partir de 2028 pueda estar plenamente regulado su uso en la UE.
¿Qué papel juega la conservación de variedades tradicionales en este proceso de innovación?
Fundamental. En el Imida tenemos un banco de germoplasma muy amplio. El problema es que para que las semillas mantengan su capacidad de germinación necesitan una serie de cuidados. Y eso cuesta dinero. Hasta hace poco contábamos con apoyo financiero a través del Ministerio, pero hemos perdido esa partida. En nuestro banco tenemos una variedad enorme de plantas hortícolas, pimientos, habas, judías, moreras, fruta de hueso, cereales... todas las autóctonas de la Región de Murcia; además de animales como la gallina o el chato murciano. Sería muy importante para nosotros recuperar esa partida.
¿Qué margen tiene un pequeño agricultor en este sistema cada vez más tecnológico?
Un pequeño agricultor cada día lo tiene más complicado. Por eso necesitan asociarse en cooperativas u otras organizaciones que les ayuden a mejorar su explotación y comercializar sus productos. Por ejemplo con mercados de proximidad. El problema ahora está focalizado en los jóvenes que se quieren incorporar porque se visualiza como una tarea muy sacrificada, pero hoy en día hay mucha tecnología para agilizar los procesos.
Si una máquina nos ayudara a discriminar el grado de madurez de una fruta, dejaríamos de desperdiciar un 30 por ciento de las cosechas
Si miramos veinte años hacia adelante, ¿cómo será la agricultura en la Región de Murcia?
Dependerá mucho de cuestiones externas. Nosotros hemos sabido adaptarnos bien al cambio del clima y a la tecnología; estamos bastante preparados y creo que seguiremos siendo referentes en el uso del agua y los cultivos. Pero vuelvo al tema del relevo generacional. Tenemos un problema en este sentido. Hacen falta trabajadores cualificados. Y si nosotros no nos implicamos en estos empleos, alguien tendrá que hacerlo y habrá que cualificarlos. También hay que avanzar en la introducción de la Inteligencia Artificial en algunas labores como la recolección o la poda, que ayudarían mucho a acortar y mejorar procesos. Si una máquina nos ayudara a discriminar el grado de madurez de una fruta, por ejemplo, dejaríamos de desperdiciar un 30 por ciento de las cosechas.