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La censura

Imagen de archivo de una performance sobre la censura

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La censura es la función que limita la expresión en la comunicación verbal, la escritura o en cualquier tipo de arte. Esta limitación llega a afectar al pensamiento. Tradicionalmente esta función era desempeñada por una persona, el censor, que encarnaba los valores de la sociedad.

Tanto la censura como función como los censores (vistos como personas o como estructura) han sido denostados históricamente por aquellos que se han sometido a su labor. La libertad de expresión es reconocida como un derecho humano en el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y recibe un culto cuasi-religioso en nuestro entorno. Hay quien entiende que en una sociedad democrática como la nuestra no hay espacio para la censura y yo he oído a varios periodistas decir que nunca la han encontrado y que dicen exactamente lo que quieren. Creo que se equivocan.

El ser humano sufre una serie de impulsos y recibe una multitud de estímulos e impresiones que trata de procesar transformándolos en palabra, codificándolos como lenguaje. Este proceso es necesariamente imperfecto, quedándose mucho material “en el tintero”. Además, hay procesos psíquicos que se oponen activamente a este proceso. La “censura primaria” es la que impide la codificación lingüística de lo censurado. Una vez constituido un mensaje lingüístico, este puede alojarse en la conciencia del individuo o sufrir una “censura secundaria” que lo relega al campo del inconsciente. En el individuo mentalmente “sano” los impulsos incestuosos y parricidas propios del complejo de Edipo sufren este proceso represivo secundario.

La cultura y la lengua establecen un marco de lo que se puede pensar y lo que se puede decir. Un ejemplo clásico es la capacidad de los esquimales de distinguir más de treinta clases de nieve y la incapacidad que tenemos en otras culturas para expresar esas sutilezas. También somos presa de las ideologías que nos habitan y más allá de las cuales no podemos ver. Los límites de la cultura imponen otro nivel de censura.

Aunque existe la función expresiva del lenguaje, mediante la cual el hablante “echa fuera” lo que tiene en la mente, cuando usamos la función comunicativa nos dirigimos a un interlocutor y adaptamos nuestro mensaje a él. Eso implica escoger el idioma, ajustar el nivel de complejidad de la expresión, elegir las metáforas, e incluso seleccionar las ideas a comunicar considerando las circunstancias y la recepción que esperamos en el otro. Esta autocensura es intrínseca a toda comunicación.

El sistema legal también impone su censura, castigando expresiones injuriosas o que atenten contra el marco de convivencia. En algunos países (y en el nuestro en épocas pasadas), el sistema legal llega a controlar a priori lo que se puede expresar en el espacio público, a través de la mencionada figura del censor, imponiendo una ideología de estado. Esta es la censura que tanto han criticado como opresiva autores como Larra.

En el espacio público hay medios de comunicación (televisión, radio, prensa escrita…) que vehiculizan la expresión a gran escala. Estos medios están sometidos a unos propietarios o a unos directores que marcan una línea editorial para la promoción preferente de unas ideas en detrimento de otras. Entiendo que habiendo pluralidad de medios de comunicación esto es legítimo, al menos en cierta medida. Me parece importante que exista una amplia holgura en lo que los medios permiten expresar, y que faciliten el contraste de opiniones promoviendo el diálogo social.

Lamentablemente, en un país tan polarizado políticamente como España, la mayoría de los medios de comunicación tiene una línea ideológica muy restrictiva, que permite predecir las ideas que se van a expresar en ellos. El público busca los medios cuya orientación comparte, estableciendo bucles de autocomplacencia que funcionan en paralelo los unos con los otros, sin entrecruzarse ni posibilitar el diálogo. Entiendo que los periodistas a los que he oído decir que no habían visto la censura estaban tan identificados con la línea editorial de sus medios que no se habían planteado nunca decir algo que fuera más allá de los márgenes permitidos por estos, y que además no tenían en cuenta otros aspectos, estructurales, de la censura que he planteado más arriba.

En conclusión, la censura es estructural, inevitable y necesaria para preservar la convivencia. Sin embargo, el ejercicio de la censura a nivel legal o editorial ha de ejercerse con prudencia y flexibilidad. De lo contrario, se puede sofocar el diálogo social, oprimir a la persona y esterilizar el pensamiento.

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19 de julio de 2021 - 06:00 h

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