¿Quiénes nos mandan a la guerra? ¿qué pretenden?
Los soldados dicen que los mandan al frente, a la guerra, a un lugar lejano en nombre de la defensa de la patria y de la bandera. Van al frente para matar otros soldados, civiles, niños y niñas… o morir. No hay preguntas, hay una obediencia ciega en los mandos, que a su misma vez obedecen a los que ejercen el poder. Esta es la historia repetida una y otra vez. No hay preguntas, solo obediencia y sumisión, solo justificación y legitimación. Se castiga la disidencia y se intenta anular u ocultar los interrogantes y cerrar cualquier camino hacia la paz. Este artículo responde a tres preguntas desde la opción por la paz y en contra de todas las guerras.
La primera pregunta es el punto de partida: ¿quiénes nos mandan a la guerra? ¿qué pretenden? Son los poderosos, esas élites sociales, económicas y financieras que pretenden dominar el mundo, convertirlo en un negocio desde la política exterior del más fuerte. En este sentido, hay pensadores que definen a Estados Unidos como una gran empresa con un gran ejército. No hay valores ni Derechos Humanos ni Derecho Internacional.
Son los poderosos que dicen a los más débiles que les tienen que regalar sus recursos naturales y consideran una respuesta negativa un acto de guerra que tendrá consecuencias nefastas para ese país.
Son los poderosos los que sienten que el mundo les pertenece y que tienen que luchar con otros poderosos para salir vencedores y quedarse con sus riquezas. Los poderosos no admiten una relación de igualdad.
Son los poderosos que tienen que conquistar territorios, países y pueblos; no se conforman con su propia nación, aunque sea extensa y tenga muchos recursos naturales.
Son los poderosos que entienden el poder como dominio permanente, como una hegemonía mundial de carácter absoluto e ilimitado en el tiempo.
Son los poderosos que entienden la paz como rendición; si hacen lo que se les pide no hay guerra. Carl Von Clausewitz afirmó: “El conquistador siempre es amante de la paz; desea abrirse camino hacia nuestro territorio sin encontrar oposición”.
La segunda pregunta es: ¿cómo lo hacen? En toda guerra hay una planificación, donde condicionar a la opinión pública es fundamental. Cuando se empieza a hablar de un país y sus dirigentes insistiendo en su maldad, en su perversidad, en la opresión hacia su pueblo, para terminar diciendo que constituyen un peligro para la democracia y la seguridad mundial, es la antesala de su invasión y de su destrucción.
Primero negocian con el gobierno del país para que acepten las condiciones de los poderosos a cambio de contraprestaciones económicas personales y familiares y que repriman a su pueblo en caso de protestas, porque al saquear sus recursos naturales y privatizar todo y recortar los servicios públicos con la excusa de pagar todos los préstamos, que generan deudas impagables, se va a empobrecer a la gente hasta la miseria. Muchas personas optan por salir de sus países y buscar un futuro mejor precisamente en esos países que han ocasionado su destrucción como país y su empobrecimiento, además de generar una gran violencia del estado y una violencia callejera.
Si el gobierno muestra reticencia y quiere una negociación equilibrada y justa se entra en la fase de la desestabilización del país, financiación a grupos afines, sobre todo militares, para provocar golpes de estado y poner gobiernos títere que conviertan ese país en una colonia. También se dan intervenciones y operaciones encubiertas, sanciones y bloqueos para ahogarlos económicamente y derrotarlos. Si esto falla, entonces viene la invasión y la ocupación territorial.
Esto nunca lo van a decir. Dirán que se va a la guerra de nuevo para defender al país porque en un lugar muy lejano hay alguien que los quiere atacar y para evitarlo hay que atacarlo primero; lo que han llamado guerras preventivas. Es simplón, pero funciona.
Y la tercera pregunta es: ¿para qué necesitan las guerras? Para mantener viva su ambición de dominio mundial y sentir que el destino de la humanidad depende de sus decisiones, las cuales sirven para mantener su poder y acaparar todas las riquezas, las existentes y las que puedan surgir.
De nuevo estamos inmensos en una tercera guerra mundial y otra vez el horror, la crueldad y el inmenso sufrimiento de millones de personas. Podemos mirar donde queramos para evadirnos y no pensar, pero está ahí, aunque posiblemente abramos los ojos cuando intentemos llenar el depósito del coche. Es triste que nos duela el bolsillo y no nos duela el inmenso dolor humano que generan las guerras.
Los poderosos necesitan las guerras para mantener su poder y aumentar sus ganancias y sentir que son los dueños del mundo, de la vida y de la muerte, pero la humanidad necesita la paz, la fraternidad, la justicia social y el comercio justo.
¿Qué pasaría si todos nos negáramos a comenzar una guerra y desobedeciéramos a los poderosos, a las élites sociales, económicas y financieras? Por cierto, los poderosos y sus familias no van a la guerra; las provocan y las generan para que la gente sencilla y obrera se mate entre ella para aumentar su poder y sus riquezas.
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