Si se hubiera llamado Mohamed
De tanto decir que la región de Murcia es la Texas española parece que hemos asumido esa condición oscura que incomoda a las regiones pobres, tengan rica huerta o pozos de petróleo por doquier. No sé qué es peor, si ser tejano, pasarle a Lepe tres pueblos o ser despreciado por un catalán. Siendo deportivos hay que decir que esto de convertirse en un tópico tiene puntillo. Luego está lo otro. España nunca pudo conquistar Texas, pero el racismo fronterizo que se respira en El Paso se ha apoderado de la agenda política regional.
Hace un par de semanas una joven marroquí escapó de una pedanía donde ha estado casi dos años secuestrada por su pareja. La palabra secuestro es importante, puesto que la desaparición fue denunciada en su momento por la familia. La violencia machista ya ha matado en lo que va de año a siete mujeres y dos niños. No son todos los hombres, ya saben, pero siempre es un varón. La mujer llegó a un centro médico en un estado tan brutal que no vamos a repetirlo por aquí para hacerla víctima otra vez. Su mayor desgracia: ser extranjera y pobre. También que, cuando perdió un ojo por una paliza, los sanitarios que la atendieron no activaran entonces el protocolo Viogen. La suerte inmensa es que las diosas la protegieron para escapar. Me pregunto qué habría pasado al revés, si esta mujer hubiera sido blanca y su agresor (hay que poner presunto) se llamara Mohamed.
En el sueño húmedo de los ultras patrios de toros, gomina y puro están todos los ingredientes de este suceso, pero al revés. En sus delirios, son los moros los que violan a las cristianas, prácticamente una mujer a diario, en cualquier barrio, en las esquinas de una plaza pública, a las afueras de un centro comercial. Todo adornado con machetes, que son como esos Therian hechos con IA, el equivalente a los gamusinos de nuestra infancia. Nadie los ha visto porque no existen, pero es mejor creer en cuentos que abrir los ojos y ver el mundo real.
Si el agresor se hubiera llamado Mohamed, se habrían activado los mismos resortes que ya vimos este verano en el Campo de Cartagena. Convocatorias por redes sociales, grupos fascistas venidos allende Murcia, niñatos gymbros escondidos tras pasamontañas, valientes solo para apalear niños o incendiar un humilde kebab. Caza al moro, como se llaman ahora algunos grupos de WhatsApp familiares. Sí, eso está pasando. Vendrían (otra vez) los ultras mejor pagados, peinados, maquillados para la filmación, con su toque de gloss discreto en los morritos y guardaespaldas para que el viento no estropee sus flequillos bien peinados.
En el caso muy improbable de que Mohamed no estuviera detenido, una turba de maleantes con banderita le habría buscado con antorchas hasta debajo de las piedras, mientras las fuerzas de seguridad intervendrían con delicadeza y discreción. Y, cuando la prensa preguntara a los políticos (a algunos) por la situación, quizá dirían mirando a la cámara de frente que ellos no hablan de política. Las madres más aprensivas prohibirían a sus hijas que no salieran ni al tardeo, ni a las raves ni a misa mayor. Incluso las que no lo son también se preocuparían. Los influencers asustaviejas estarían todo el día pintando de amarillo la emisión, y por decreto, López Miras invocaría a Isabel la Católica para contentar a sus mejores amigos de SantiagoycierraSpania, aunque tuviera que quitar la línea a Oudja, una de las más rentables en nuestro fallido aeropuerto regional. En Cartagena, el gobierno hablaría más de velos para que olvidemos como han aislado del progreso a la ciudad. De nuevo seríamos escarnio para (no todos) los catalanes, quienes por cierto, a racistas todavía nos pueden ganar.
Sin engaños, este sería un escenario posible en estas tierras de pan, circo y romerías si un musulmán hubiera secuestrado a una mujer blanca. No sé si los protocolos seguramente habrían actuado como un reloj. Es verdad que nos matan hombres de cualquier nacionalidad y, sin embargo, también en eso hay doble rasero. Si una mujer víctima de violencia es inmigrante, además es una paria. Aunque esté viva, es lo de menos.