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Virus sin Corona

La pelea contra el Covid19 es lo más parecido a una guerra que viviremos quienes nacimos después de 1939

El rey Felipe VI junto a su padre, Juan Carlos I.

El rey Felipe VI junto a su padre, Juan Carlos I.

Michelle McNally es una galesa de 55 años a la que la declaración del estado de alarma le ha pillado en Pamplona realizando el Camino de Santiago por octava vez. Es una de esas personas a las que esta situación les ha dejado en un extraño y sorprendente limbo. Albergues y hoteles cerrados, pero ella dice confiar, en un reportaje que leímos en Diario de Noticias, en la solidaridad de la gente que le pueda albergar en sus casas. En su limbo, Michelle habrá escuchado estos días aplausos a una hora concreta, música atronadora con las ventanas abiertas y sonido de cacerolas la noche del miércoles 18 de marzo. Michelle dice odiar “el pánico de las masas” y seguramente desconozca el por qué de esos sonidos durante su paso por Navarra. Pero si preguntó a alguien por el ruido de cacerolas seguramente se habría sorprendido al saber que era una protesta ante el discurso que el rey Felipe VI realizó con motivo de una situación inédita en esta generación; un estado de alarma y confinamiento general. La pelea contra el Covid19 es lo más parecido a una guerra que viviremos quienes nacimos después de 1939.

A Michelle le sonará raro porque en su país la institución de la monarquía y la figura de la reina Isabel gozan del respaldo de casi 3 de cada 4 personas. A Isabel II la II Guerra Mundial le convirtió en una persona cercana a la ciudadanía británica. Se enroló como conductora y mecánica en el servicio auxiliar del ejército y celebró el día de la Victoria en las calles confundida entre las multitudes. A Felipe VI el estado de alarma le pilló renunciando a una herencia millonaria de dudoso origen depositada en un banco suizo.

Quizás la Casa Real pensó que era buena idea comunicar esa renuncia y la retirada de la asignación presupuestaria a su padre, rey emérito, en medio de la conmoción generada por el estado de alarma. Quizás no recordaron que la accidentada cacería de elefantes en Botswana de 2012 coincidió con las semanas en las que la sociedad española se veía en el espejo de la argentina del corralito de 2002. Quizás no vieron que en momentos de zozobra, como los que vivimos y se avecinan, la ciudadanía escruta con mayor esperanza, pero también más rigor, a sus líderes.

"El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia", dice el artículo 56 de la Constitución. España no es un país especialmente monárquico. Simplemente la monarquía no estorba mucho y da pereza o miedo abrir el debate sobre una alternativa a la sucesión hereditaria de la jefatura del Estado, por mucho que la monarquía sea un sistema absolutamente injusto desde una óptica de legitimidad democrática. Son pocos a los que esto les supone un problema. Tampoco el republicanismo español ayuda a hacerlo atractivo ya que parece más centrado en el recuerdo nostálgico de la II República y la denuncia de la represión franquista que en exponer a la ciudadanía las ventajas de deshacernos de la monarquía.

Ni Carrillo ni Pasionaria juntos podrían ser más efectivos que la propia Familia Real y sus allegados en la promoción de la III República

Ni Carrillo ni Pasionaria juntos podrían ser más efectivos que la propia Familia Real y sus allegados en la promoción de la III República. Especialmente su afán de enriquecimiento, que sorprende cuando ya se lleva una vida de lujo sin necesidad de meterse en líos.  Casi 200.000 euros tenía asignados el emérito para sus gastos anuales. Iñaki Urdangarín primero y Juan Carlos después, son ejemplos de la quinta columna que la monarquía tiene en su interior. Sin olvidar la difícilmente encajable figura de Corinna, la denominada 'amiga íntima' del emérito.

"La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad", señala también el artículo 56. Urdangarín pensó que ese artículo se extendía a sus allegados y ahora está en la cárcel. Juan Carlos I la disfruta en España, pero no en Suiza, donde un fiscal investiga el pago de 100 millones de euros por parte de Arabia Saudí y su relación con las gestiones del emérito para lograr que un consorcio español construyera el tren de alta velocidad a La Meca.

La inviolabilidad recogida en la Constitución impide las comisiones de investigación parlamentarias. Por mucho que se empeñen algunos partidos, para eso es necesario cambiar la Constitución. Tampoco ninguna comisión de investigación ha servido para arrojar luz sobre nada que no hubieran desvelado mucho antes investigaciones periodísticas.

En situaciones críticas como la actual, y con consecuencias económicas como las que se prevén, la ciudadanía reacciona con enfado a la elusión de explicaciones en su discurso del 18 de marzo sobre los oscuros manejos de su padre. De ahí que las cacerolas sonaran en casi toda la geografía esa noche. Es difícil de creer que el rey en ejercicio no supiera de lo que había hecho el emérito y sí lo sepan medios de comunicación y la fiscalía suiza. El baile de millones en cuentas suizas y fundaciones con el jefe del Estado como beneficiario no parecen el mejor nexo de unión con un pueblo al que la crisis del coronavirus le pilla con muchos achaques de la anterior, aquella en la que vimos al hoy emérito balbucear aquello de "me he equivocado, lo siento mucho, no volverá a ocurrir".

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