Reconstruir un pueblo tras la ola de incendios que calcinó media Navarra: “Aún necesitamos tiempo y muchos años”
Laura Aranguren no se planteó que su casa podía haber ardido hasta que sus vecinos le mandaron una foto en la que aparecía “un bombero en el balcón” de su vivienda. Porque, aunque abandonó Obanos “rodeado de fuego”, cuenta que “la adrenalina” hace que “no pienses mucho”. Cuatro años después de haber vivido desde dentro la ola de incendios que se inició el 18 de junio de 2022 en varios puntos de Navarra, que arrasó un total 17.663 hectáreas (una superficie equivalente a más de siete veces la ciudad de Pamplona) y afectó a 50 municipios, Aranguren afirma que “un incendio te cambia para toda la vida”. “Siempre queda el miedo de que [el pueblo] vuelva a arder”.
“Hace poco”, describe Aranguren, vecina de Obanos (uno de los pueblos afectado por el incendio que se declaró en Legarda), retiraron los “troncos de los árboles” quemados hace cuatro años, que parecían “palos” grises. Una imagen que “daba mucha pena” y recordaba a los vecinos “lo que pasó”, comenta. La retirada de los árboles muertos es parte de un lento proceso de reforestación de la zona para volver a dar vida a un paraje que, tras el paso del fuego, quedó “todo gris”. “Repoblar está costando mucho”, cuenta la vecina que, comparando con “paisaje verde de antes”, el estado actual le parece “un secarral”.
Arantxa Hernández, alcaldesa del municipio situado a 20 kilómetros de Pamplona, al otro lado de la sierra del Perdón, describe como “una pena terrible” el incendio de 2022. Un desastre que cambió completamente la “visión” que los habitantes de la zona tenían del monte, que “desapareció” casi en su totalidad. A ello, se le sumó “la incertidumbre de no saber cómo” podrían “hacer frente” a la situación una vez se apagasen las llamas. Cuatro años después, Hernández enfatiza en el trabajo continuo que realizan en el Consistorio y pide paciencia para ver los resultados. “Necesitamos tiempo, necesitamos años para que esto vuelva por lo menos a ser una parte de lo que era anteriormente”, argumenta.
“Para el Ayuntamiento ha sido un esfuerzo importante. Hemos luchado e intentado que este proceso [de reforestación] fuera lo más rápido posible, contando con que el Gobierno de Navarra, que tiene la responsabilidad y la competencia de repoblar sus montes, tiene sus plazos y sus tiempos”, describe la jefa municipal. El pasado mes de julio, el consejero navarro de Medio Ambiente, José Mari Aierdi, anunció una cuantiosa inversión para las zonas forestales afectadas por los incendios de 2022 y 2025, de las que se van a beneficiar los afectados por el incendio de Legarda.
Más allá de la regeneración de la flora, un proceso lento en el que hay que esperar a que la naturaleza por sí misma responda y, según los expertos, el paisaje nunca vuelve a ser el mismo, el incendio también ha dejado “sus huellas” en los habitantes. La situación de “miedo” que vivieron en junio de 2022 reverbera todos los veranos, cuando sienten una “tensión permanente” ante la posibilidad de que “vuelva a pasar”.
Laura recuerda que ese sábado 18 de junio estaba “de comida familiar en el jardín de casa de un primo” cuando, hacia las dos y cuarto del medio día, avistaron la primera columna de humo “justo detrás de Eunate”, cerca del municipio de Muruzábal. Simultáneamente, comenzó otro foco entre Uterga y Legarda, que no tardó en ser visible desde Obanos. Dos fuegos que “acabaron juntándose”, recuerda Laura. “Empezamos a ver humo y luego llamas, que se iban acercando. Ese día movía muchísimo aire, era una barbaridad. Arrastraba las chispas, el humo, la ceniza y las piñas de los pinos, que son pequeñas bombas que saltan a mucha distancia”.
Mientras los vecinos se desplazaban por su propia cuenta hacia el centro del pueblo para huir de los campos de cereal envueltos en llamas, llegó la Guardia Civil para desalojarlos. “Hubo momentos de mucho miedo”, recuerda. Sin embargo, los bomberos, que llegaron al lugar desbordados por los incendios que amenazaban a 50 localidades por toda Navarra, pidieron precisamente que los vecinos se “quedasen a ayudar”. “Si queréis que las casas se queden y el pueblo no se queme, quedaros”, escuchaba Laura que decían los efectivos antiincendios a los habitantes.
Noelia Hualde, vecina de una de las casas en el perímetro de Obanos, afirma “sin ninguna duda” que su casa no se calcinó gracias a todos los voluntarios llevaban “un montón de horas intentando impedir que” las llamas “entraran en [su] casa” hasta que pudieron acudir los bomberos. Cuatro años después, Hualde cree “que casi todas las [casas] del pueblo, las salvó la gente del pueblo. Hubo personas que igual sus casas no peligraban y se podían haber ido, pero se quedaron para salvar también las del resto”.
“Pasamos toda la noche de guardia porque la casa de al lado, la de mi vecino, sí que ardió entera”, recuerda Hualde, que se unió a esas patrullas locales al ver que los bomberos seguían desbordados. Los vecinos del pueblo se asentaron “en casi todas las esquinas” porque “el incendio seguía activo en otros lados” y se veía “el monte cómo ardía”. Por la mañana, cuando la situación parecía ya controlada, los vigilantes se fueron a dormir. “Nosotros empezamos a limpiar el hollín de nuestra casa. Mis hijos no volvieron en una semana”, cuenta la vecina de Obanos.
Laura Aranguren, a diferencia de su vecina, no se quedó en el pueblo y fue evacuada. Las llamas llegaron hasta las puertas de su casa, aunque no pensó en ello cuando abandonó la vivienda. “Cogí unas bolsas de la compra y metí algo de ropa y algunas fotos. Cerré la puerta y no piensas 'no voy a volver', solo en salir. Vi las llamas tan cerca y el panorama tan negro que piensas: 'Ostras, vamos a sacar a la gente mayor y vamos a salir de aquí'. [En ese momento] tienes la adrenalina muy alta y no importa lo material, ¿no? [Solo] piensas: 'Estamos todos juntos y no va a pasar nada', no que no vas a tener casa”.
Ambas recuerdan la vuelta a sus hogares como muy dura. “Era un paisaje super bonito, verde. Y verlo todo gris impactó mucho”, cuenta Aranguren tras cuatro años. Su vecina, Noelia Hualde, recuerda que mientras limpiaba de ceniza su casa y evaluaba los desperfectos atendió a los medios de comunicación y vio como acudían las autoridades y los políticos, aunque lamenta que “después de la foto, ya no volvió a aparecer nadie”.
Para el pueblo, el episodio vivido ese verano supuso un gran impacto para sus habitantes. “Hubo muchas charlas psicológicas, a niños y a adultos”, describe Aranguren, que añade que las olas de calor y la amenaza de incendios estos últimos años provocan “un poco de psicosis” entre los vecinos. Rodeados de campos de cereal, “hasta que no cosechan, hay miedo”. Una sensación que se expande por todas las calles y vecinos de Obanos. “Los críos lo están pasando mal. Hoy es el día que todavía hay una tormenta eléctrica y te preguntan: '¿Puede haber fuego?'. Siempre es esa pregunta. Les intentas explicar que no, pero por dentro estás pensando: ¿Y si sí?”, confiesa Hualde.
Un episodio que deja cierto trauma cuando antes podía causar, al menos en Aranguren, cierta curiosidad. “Yo recuerdo salir con la sillica y el helado a ver cómo venía el helicóptero a cargar a la piscina. Lo veías sin temor a que pudiese llegar a tu casa, pero ahora ya cambia”
A día de hoy, unas 22 hectáreas del monte de Legarda quemadas en los graves incendios registrados en la zona en 2022 han sido ya repobladas con pinos y cedros gracias al proyecto denominado 'Bosque CPEN', pionero en España en materia de reforestación. El proyecto, impulsado en 2025, se propuso plantar más de 35.000 árboles que, aparte de repoblar el paisaje, compensarían “30.816 toneladas de CO₂ en los próximos 50 años”, exponía el Gobierno de Navarra. Los trabajos de repoblación por parte de las instituciones empezaron en marzo de 2026, aproximadamente dos tercios de los árboles plantados alcanzarán la madurez en unos 30 años. Paralelamente, algunos vecinos de Obanos participaron diciembre de 2025 en una jornada de plantación de encinas.
Hernández califica como “una solución positiva y buena para Obanos” el trabajo que ha realizado el Ayuntamiento de la localidad en materia de reforestación, que dependen en última instancia siempre del Ejecutivo foral. “Nuestro monte ya tiene otra perspectiva”, describe. “Aunque todavía no se ve como estaba antes, ya es verde y hay hierba. [El trabajo hecho hasta ahora] no se aprecia porque la planta es muy pequeña, se plantó en el mes de marzo. Hay que esperar para ver los resultados”, afirma la alcaldesa.
Por otra parte, el Ayuntamiento ha solicitado una subvención para realizar labores de mantenimiento del monte repoblado, necesarias para favorecer que las nuevas plantas crezcan adecuadamente. Según explica, la ayuda del Gobierno de Navarra cubriría previsiblemente un 60% y se plantea que Caja Rural financie el 40% restante, aunque es un proceso que sigue pendiente de resolución.
Ahora, con el fin del verano y la bajada de las temperaturas, los vecinos del pueblo de apenas un millar de habitantes viven más tranquilos. Aunque hay un bombero en cada uno de ellos para volver a luchar contra el fuego si es necesario. “Un incendio te cambia para toda la vida. Yo jamás me había preocupado en saber dónde había una boca de incendios y ahora te digo todas las que hay cerca de mi casa, cómo se abren las tapas y cómo se enganchan las mangueras. Te lo hago todo. Siempre digo que aquel día gracias a Dios que fue sábado, porque si hubiera sido, por ejemplo, un martes y la gente hubiera estado trabajando, la cosa habría cambiado un montón. Y aprendes a vivir con ese miedo, que no se va nunca”, sentencia Noelia Hualde.
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