ENTREVISTA Escritor

Guillermo Aguirre: “De una adolescencia turbulenta se sale”

Cuenta el escritor Guillermo Aguirre (Bilbao, 1984) que quería escribir una novela sobre el fracaso escolar. Para ello no tuvo que irse muy lejos: le bastó con revisitar su propia y caótica adolescencia, que fue la adolescencia de la generación que a mediados de los años noventa estrenó la ESO con unas tasas de fracaso escolar que rozaban el 30%.

El resultado es Un tal Cangrejo (Sexto Piso), una novela salvaje, frenética y épica –como la adolescencia misma–, 500 páginas que parecen escritas bajo el efecto del speed que se meten los adolescentes protagonistas, casi huérfanos de figuras paternas y con unas madres que en el mejor de los casos bastante hacían con sobrevivir y sobrevivirles y en el peor se pegaban la fiesta con ellos. Al frente de esos adolescentes desnortados que se rigen por la ley de la calle, Cangrejo, un personaje que por momentos –también durante la entrevista– se confunde con el propio Aguirre, un antihéroe con ansias de entrar en el supuesto edén adulto de violencia, desenfreno, drogas, alcohol y sexo.

Fuimos las primeras cobayas, las primeras que rechazaron el medicamento”, escribes sobre la ESO.

Para nosotros la ESO fue una verdadera desgracia. En la novela ves el problema que fue la ESO, ese trasladar a chavales de 11 o 12 años al instituto. Se rompió el statu quo que había en los colegios. Tanto el de los alumnos como el de los profesores. Y eso llevó a un desbarajuste tremendo. En esa preadolescencia, cuando de repente ese statu quo se rompe, enseguida entiendes que la figura de poder no está en los profesores, sino en los malos, en los que mandan en el patio.

Cangrejo esa lección la aprende rápido.

Es que estaban los malos y un porcentaje enorme de chavales que se movían alrededor de los malos aunque no lo fuesen, simplemente para evitar ser carne de cañón.

El momento en el que Cangrejo supo que madurar no era cambiar por dentro sino aparentar por fuera”.

Yo creo que todos los adolescentes viven disfrazados bajo un rol impuesto o autoimpuesto muy duro. El que tiene el rol de payaso no puede salir de ahí, el que tiene el rol de líder tampoco.

El adolescente vive mentalmente muy discapacitado frente al cuerpo monstruoso que le está creciendo y que le permite acceder a otro mundo que antes le estaba vedado: el de la violencia

Muchas de las situaciones tremendas de acoso escolar que cuentas en el libro me han hecho repensar mucho mis años de adolescencia.

Yo hablo ahora con algunos antiguos profesores míos y me dicen que los chavales de hoy tienen toda la teoría mucho más aprendida, pero que en la práctica llevan a cabo las mismas salvajadas. El adolescente vive mentalmente muy discapacitado frente al cuerpo monstruoso que le está creciendo y que le permite acceder a otro mundo que antes le estaba vedado: el de la violencia. Y el adolescente es curioso, así que todo aquello que sea nuevo va a querer descubrirlo. Por eso yo creo que en el instituto ves esas cosas y las asumes con normalidad, te las tomas como un juego o intentas contártelo a ti mismo como si fuese un juego. Es una especie de autoengaño.

Leyendo su libro he pensado que igual ahí, en ese paso tan temprano al instituto que comentabas, también se empiezan a forjar esas ganas locas de Cangrejo y de sus colegas por hacer cosas que supuestamente hacen los adultos. Como dice el personaje de la Tini, vosotros os moríais por estudiar la vida.

(Risas) Muchos de esos chavales que abandonan los estudios son gente curiosa. Lo que pasa es que el aula no consigue saciarles esa curiosidad, esa sed por crecer derivada quizás de una curiosidad errónea por los mitos de la adultez. Esto va a ocurrir siempre. Siempre habrá un porcentaje de alumnos que abandonará las aulas. Lo que hay que ver es cómo les manejamos y qué les damos a cambio para que no se sientan como si fuesen apestados.

¿Se sale de una adolescencia turbulenta?

De la adolescencia se sale. Se sale cuando por fin asimilas que esa épica de la adolescencia se acaba y aceptas tus propias sensibilidades, la derrota del yo que habías creado a manos de tu propio yo. Yo creo que trabajar también ayuda mucho, sinceramente.

Trabajar, dices.

Yo creo que al cambiar la legislación educativa y laboral haciendo obligatoria la educación hasta los 16 y prohibiendo el trabajo antes de esa edad, de repente hay dos años en que estos chavales se quedan sin nada. Al final nosotros lo que queríamos básicamente era dinero. Para nosotros empezar a cobrar fue la panacea. También la sensación de que habíamos llegado al mundo adulto. Luego te das cuenta de que cobras una miseria y de que igual tienes que reengancharte a la educación, porque se trabaja más de lo que se disfruta (risas). Porque se puede volver a los estudios después, ¿eh? Que es algo de lo que nunca se habla. Nunca te hablan de los caminos de reinserción. Cuando abandonas los estudios el mensaje es que eres un caso perdido, que lo has tirado todo por la borda, que has fracasado. Por eso la novela también tiene cierto aroma apocalíptico.

Llega un momento en que el propio Cangrejo se da cuenta de que ser mayor tampoco era para tanto.

Es que trabajando en la noche se da cuenta de los adultos que la pueblan. Y entonces es un “Uy, uy, uy, ten cuidado”, porque lo mismo te conviertes en estos tipos que te están enseñando la foto de su hija –porque su mujer se largó de casa y se la llevó– mientras se meten farlopa en el baño.

Todos los adolescentes viven disfrazados bajo un rol impuesto o autoimpuesto

La ausencia de la figura paterna sobrevuela toda la novela. ¿Dirías que explica en parte esa ausencia la deriva que toma la adolescencia de Cangrejo y sus colegas?

Cuando te crías con tu madre y en la adolescencia el vínculo con tu padre es inexistente, se produce un vacío muy grande. Cuando tienes un padre y una madre puedes dar una de cal y otra de arena, moverte, romper con uno y estar más con otro. Pero cuando solo te queda uno te sientes más arrojado a la nada. Y yo creo que la ausencia del padre también ayuda de manera práctica a esa deriva. En la novela se ve. De repente siempre hay una casa que estaba vacía porque la madre trabajaba. Las posibilidades para tener libertad eran mayores. Y eso hace que te tomes determinadas licencias que serían imposibles en una casa con dos progenitores.

Rosa Montero escribía en La ridícula idea de no volver a verte que “la infancia es un lugar al que no se puede regresar pero del que en realidad nunca se sale”. Se podría replicar la frase con la adolescencia.

La infancia está plagada de primeras veces, pero hay una serie de primeras veces muy guays –y muy terribles al mismo tiempo, por cierto– que pasan en la adolescencia. La pérdida de la virginidad, el primer contacto con el alcohol y con las drogas, que te hagan caso los mayores… ¿Cómo no vas a querer volver a esas primeras veces? La infancia y la adolescencia son los únicos territorios épicos de la existencia. Luego la vida tiene sus alegrías y sus amarguras, pero todo se produce en un valle mucho más transitable, sin los vaivenes emocionales de la adolescencia.

Al final de la novela la madre de Cangrejo, tu madre, dice que escribir te aportó seguridad en tu propio yo, en lo que eras y no.

Por un lado, el hecho de sacar a la luz la escritura ante mi madre y mis colegas me hizo aceptar públicamente ciertas sensibilidades que me había estado negando por el rol que me había impuesto. Pero, por otro lado, es probable que ese gusto literario que ya estaba presente cuando era niño también fuera parte de lo que me llevó a sentir esta curiosidad por los malos, porque en la maldad hay algo muy literario. Es decir, que lo que me salvó también fue en cierta forma lo que antes me había condenado.

Cuenta el escritor Guillermo Aguirre (Bilbao, 1984) que quería escribir una novela sobre el fracaso escolar. Para ello no tuvo que irse muy lejos: le bastó con revisitar su propia y caótica adolescencia, que fue la adolescencia de la generación que a mediados de los años noventa estrenó la ESO con unas tasas de fracaso escolar que rozaban el 30%.

El resultado es Un tal Cangrejo (Sexto Piso), una novela salvaje, frenética y épica –como la adolescencia misma–, 500 páginas que parecen escritas bajo el efecto del speed que se meten los adolescentes protagonistas, casi huérfanos de figuras paternas y con unas madres que en el mejor de los casos bastante hacían con sobrevivir y sobrevivirles y en el peor se pegaban la fiesta con ellos. Al frente de esos adolescentes desnortados que se rigen por la ley de la calle, Cangrejo, un personaje que por momentos –también durante la entrevista– se confunde con el propio Aguirre, un antihéroe con ansias de entrar en el supuesto edén adulto de violencia, desenfreno, drogas, alcohol y sexo.

Fuimos las primeras cobayas, las primeras que rechazaron el medicamento”, escribes sobre la ESO.

Para nosotros la ESO fue una verdadera desgracia. En la novela ves el problema que fue la ESO, ese trasladar a chavales de 11 o 12 años al instituto. Se rompió el statu quo que había en los colegios. Tanto el de los alumnos como el de los profesores. Y eso llevó a un desbarajuste tremendo. En esa preadolescencia, cuando de repente ese statu quo se rompe, enseguida entiendes que la figura de poder no está en los profesores, sino en los malos, en los que mandan en el patio.

Cangrejo esa lección la aprende rápido.

Es que estaban los malos y un porcentaje enorme de chavales que se movían alrededor de los malos aunque no lo fuesen, simplemente para evitar ser carne de cañón.

El momento en el que Cangrejo supo que madurar no era cambiar por dentro sino aparentar por fuera”.

Yo creo que todos los adolescentes viven disfrazados bajo un rol impuesto o autoimpuesto muy duro. El que tiene el rol de payaso no puede salir de ahí, el que tiene el rol de líder tampoco.

El adolescente vive mentalmente muy discapacitado frente al cuerpo monstruoso que le está creciendo y que le permite acceder a otro mundo que antes le estaba vedado: el de la violencia

Muchas de las situaciones tremendas de acoso escolar que cuentas en el libro me han hecho repensar mucho mis años de adolescencia.

Yo hablo ahora con algunos antiguos profesores míos y me dicen que los chavales de hoy tienen toda la teoría mucho más aprendida, pero que en la práctica llevan a cabo las mismas salvajadas. El adolescente vive mentalmente muy discapacitado frente al cuerpo monstruoso que le está creciendo y que le permite acceder a otro mundo que antes le estaba vedado: el de la violencia. Y el adolescente es curioso, así que todo aquello que sea nuevo va a querer descubrirlo. Por eso yo creo que en el instituto ves esas cosas y las asumes con normalidad, te las tomas como un juego o intentas contártelo a ti mismo como si fuese un juego. Es una especie de autoengaño.

Leyendo su libro he pensado que igual ahí, en ese paso tan temprano al instituto que comentabas, también se empiezan a forjar esas ganas locas de Cangrejo y de sus colegas por hacer cosas que supuestamente hacen los adultos. Como dice el personaje de la Tini, vosotros os moríais por estudiar la vida.

(Risas) Muchos de esos chavales que abandonan los estudios son gente curiosa. Lo que pasa es que el aula no consigue saciarles esa curiosidad, esa sed por crecer derivada quizás de una curiosidad errónea por los mitos de la adultez. Esto va a ocurrir siempre. Siempre habrá un porcentaje de alumnos que abandonará las aulas. Lo que hay que ver es cómo les manejamos y qué les damos a cambio para que no se sientan como si fuesen apestados.

¿Se sale de una adolescencia turbulenta?

De la adolescencia se sale. Se sale cuando por fin asimilas que esa épica de la adolescencia se acaba y aceptas tus propias sensibilidades, la derrota del yo que habías creado a manos de tu propio yo. Yo creo que trabajar también ayuda mucho, sinceramente.

Trabajar, dices.

Yo creo que al cambiar la legislación educativa y laboral haciendo obligatoria la educación hasta los 16 y prohibiendo el trabajo antes de esa edad, de repente hay dos años en que estos chavales se quedan sin nada. Al final nosotros lo que queríamos básicamente era dinero. Para nosotros empezar a cobrar fue la panacea. También la sensación de que habíamos llegado al mundo adulto. Luego te das cuenta de que cobras una miseria y de que igual tienes que reengancharte a la educación, porque se trabaja más de lo que se disfruta (risas). Porque se puede volver a los estudios después, ¿eh? Que es algo de lo que nunca se habla. Nunca te hablan de los caminos de reinserción. Cuando abandonas los estudios el mensaje es que eres un caso perdido, que lo has tirado todo por la borda, que has fracasado. Por eso la novela también tiene cierto aroma apocalíptico.

Llega un momento en que el propio Cangrejo se da cuenta de que ser mayor tampoco era para tanto.

Es que trabajando en la noche se da cuenta de los adultos que la pueblan. Y entonces es un “Uy, uy, uy, ten cuidado”, porque lo mismo te conviertes en estos tipos que te están enseñando la foto de su hija –porque su mujer se largó de casa y se la llevó– mientras se meten farlopa en el baño.

Todos los adolescentes viven disfrazados bajo un rol impuesto o autoimpuesto

La ausencia de la figura paterna sobrevuela toda la novela. ¿Dirías que explica en parte esa ausencia la deriva que toma la adolescencia de Cangrejo y sus colegas?

Cuando te crías con tu madre y en la adolescencia el vínculo con tu padre es inexistente, se produce un vacío muy grande. Cuando tienes un padre y una madre puedes dar una de cal y otra de arena, moverte, romper con uno y estar más con otro. Pero cuando solo te queda uno te sientes más arrojado a la nada. Y yo creo que la ausencia del padre también ayuda de manera práctica a esa deriva. En la novela se ve. De repente siempre hay una casa que estaba vacía porque la madre trabajaba. Las posibilidades para tener libertad eran mayores. Y eso hace que te tomes determinadas licencias que serían imposibles en una casa con dos progenitores.

Rosa Montero escribía en La ridícula idea de no volver a verte que “la infancia es un lugar al que no se puede regresar pero del que en realidad nunca se sale”. Se podría replicar la frase con la adolescencia.

La infancia está plagada de primeras veces, pero hay una serie de primeras veces muy guays –y muy terribles al mismo tiempo, por cierto– que pasan en la adolescencia. La pérdida de la virginidad, el primer contacto con el alcohol y con las drogas, que te hagan caso los mayores… ¿Cómo no vas a querer volver a esas primeras veces? La infancia y la adolescencia son los únicos territorios épicos de la existencia. Luego la vida tiene sus alegrías y sus amarguras, pero todo se produce en un valle mucho más transitable, sin los vaivenes emocionales de la adolescencia.

Al final de la novela la madre de Cangrejo, tu madre, dice que escribir te aportó seguridad en tu propio yo, en lo que eras y no.

Por un lado, el hecho de sacar a la luz la escritura ante mi madre y mis colegas me hizo aceptar públicamente ciertas sensibilidades que me había estado negando por el rol que me había impuesto. Pero, por otro lado, es probable que ese gusto literario que ya estaba presente cuando era niño también fuera parte de lo que me llevó a sentir esta curiosidad por los malos, porque en la maldad hay algo muy literario. Es decir, que lo que me salvó también fue en cierta forma lo que antes me había condenado.

Cuenta el escritor Guillermo Aguirre (Bilbao, 1984) que quería escribir una novela sobre el fracaso escolar. Para ello no tuvo que irse muy lejos: le bastó con revisitar su propia y caótica adolescencia, que fue la adolescencia de la generación que a mediados de los años noventa estrenó la ESO con unas tasas de fracaso escolar que rozaban el 30%.

El resultado es Un tal Cangrejo (Sexto Piso), una novela salvaje, frenética y épica –como la adolescencia misma–, 500 páginas que parecen escritas bajo el efecto del speed que se meten los adolescentes protagonistas, casi huérfanos de figuras paternas y con unas madres que en el mejor de los casos bastante hacían con sobrevivir y sobrevivirles y en el peor se pegaban la fiesta con ellos. Al frente de esos adolescentes desnortados que se rigen por la ley de la calle, Cangrejo, un personaje que por momentos –también durante la entrevista– se confunde con el propio Aguirre, un antihéroe con ansias de entrar en el supuesto edén adulto de violencia, desenfreno, drogas, alcohol y sexo.