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¿Hay que utilizar fármacos para quitar los mocos? ¿Cuándo y cómo retirar el chupete? Lucía mi Pediatra responde

Lucía Galán Bertrand.

Rocío Niebla


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En la sección de librerías de lo que se conoce como parenting hay una autora que no falla: Lucía, mi pediatra. Lucía Galán Bertrand (Oviedo, 1979) es médica en su propia clínica llamada 'Centro Creciendo', situada en Alicante. Es madre de dos adolescentes y escritora de éxito. Puede que esto responda no solo a por qué conoce qué preocupa a los padres y madres, si no también a su modo amable y divulgativo de despejar dudas o curar. El año pasado publicó 'El gran libro de Lucía, mi pediatra' (Planeta, 2020), un manual sobre las principales cuestiones de salud y enfermedad de bebés hasta adolescentes. Su último libro es 'Cuentos de otoño de Lucía, mi pediatra' (Timunmas, 2021), en el que invita a leer en familia sobre cuestiones como la otitis, la alimentación saludable o cómo abordar si una madre tiene una cita amorosa.

¿Cómo lleva usted la presión de ser LA pediatra de España?

Para serte sincera, no tengo mucho tiempo para pensar en la fama, intento hacer lo mejor posible mi trabajo, dirigir 'Centro Creciendo' y atender a mis pacientes, divulgar con rigor y dedicar tiempo a mi carrera literaria, mi pasión, llegar a miles de personas a través de mis libros. Sin embargo, te sorprenderías si te digo que mi vida es como la de cualquier otra persona: casa, trabajo, hijos, obligaciones y disfrutar de la familia en mi tiempo libre.

Con su permiso voy a plantearle grandes debates de madres y padres primerizos. Del chupete, ¿qué opina?¿Qué de malo o bueno tiene?

El chupete es una herramienta estupenda para calmar, relajar y tranquilizar a los bebés, de hecho, en inglés se llama, pacifier, es decir, “pacificador”. Además, existe evidencia de que el uso de chupete ayuda a prevenir el síndrome de muerte súbita del lactante. Ahora bien, los padres han de saber cuándo ponerlo y cuándo quitarlo. Si toma lactancia materna, no se debe introducir hasta la tercera o cuarta semana de vida, momento en el que la lactancia esté bien establecida, ya que se puede producir lo que llamamos “confusión del pezón”; el bebé succiona el chupete de una forma y el pezón de otra y puede provocar problemas en la lactancia y problemas de agarre por ese conflicto si empezamos muy pronto. Si toma biberón puede empezar a usarlo desde el primer día porque este conflicto no existe.

Y debemos retirarlo antes de los dos años porque si no, corremos el riesgo de generar problemas orofaciales y dentales con deformidades permanentes.

Si el bebé toma lactancia materna, no se debe introducir el chupete hasta la tercera o cuarta semana de vida, momento en el que la lactancia esté bien establecida

¿Cómo aconseja quitarlo? ¿Hay una edad límite?

Yo recomiendo a los 18 meses decirles a los padres que se lo quiten durante el día; que le expliquen al niño que el chupete lo tendrá para dormir y dejarlo en la cuna. Nos despedimos de él incluso: “adiós chupete, ya nos vemos a la noche” y no sacaremos el chupete de casa. Los niños lo entienden perfectamente cuando les explicamos las cosas en su lenguaje y lo vestimos de inocencia.

Cuando se acerquen los dos años, le diremos al niño que es hora de decirle adiós al chupete porque él o ella ya no es un bebé. Haremos una cuenta atrás en el calendario, le iremos preparando, le diremos que meteremos todos los chupes en una cajita y el día elegido se los daremos al bebé Pepito (que puede ser un vecinito, un primo, un amigo) y se despedirá de sus chupetes y verá cómo se los damos. Lo importante es que el niño vea qué ha pasado con su chupete. Que lo visualice. Así cuando, en los siguientes días nos pregunte, podremos rescatar ese recuerdo y con toda seguridad el niño lo llevará mejor.

También podemos enterrarlo en un arbolito y contarle una historia de la familia de ardillas que se llevarán los chupetes para sus bebés o colgarlos en el árbol de Navidad para que los Reyes se lo lleven a los niños que no tienen chupete. Y una vez se van, los chupetes ya no vuelven. La edad límite son los dos años o antes si su odontopediatra o pediatra así lo considera porque ya empieza a tener problemas en la mordida.

El tacatá, ¿por qué no lo aconseja? ¿Cómo podemos aprovechar un largo pasillo?

El mejor tacatá es el que no se usa. Vamos con unos datos. Entre un 12 y un 33% de los niños que utilizan un andador sufrirán un accidente. El riesgo de caerse por unas escaleras se multiplica por cuatro con respecto a los niños que no lo utilizan. Tienen el doble de riesgo de sufrir un traumatismo craneoencefálico y de fracturas de brazos y piernas. Mayor riesgo de quemaduras e intoxicaciones. Por todos estos motivos en varios países ya está prohibida su publicidad y su venta. Pensad que los andadores los utilizan los niños cuando aún no saben andar, entre los 7 y los 12 meses. Es en esa fase donde nuestros hijos han de estar en el suelo: gateando, los que gateen; reptando, sentándose, levantándose, midiendo sus movimientos, mirándose los pies cuando dan sus primeros pasitos, ejercitando sus músculos, estableciendo sus puntos de referencia y desarrollando su equilibrio.

Si en esa edad no saben andar es precisamente por eso, porque antes han de experimentar todo esto. Si les ponemos en un tacatá nos saltamos una fase vital en su desarrollo motor. Además, el niño, al estar apoyado con sus manos para caminar, establecerá unos puntos de equilibrio erróneos, que no son los que luego necesitará para iniciar la marcha por sí mismo. Aprovechar el pasillo gateando, correteando o como hemos hecho todos, cogiendo a nuestros hijos de las manitas y deslomándonos.

El mejor tacatá es el que no se usa. Entre un 12 y un 33% de los niños que utilizan un andador sufrirán un accidente. El riesgo de caerse por unas escaleras se multiplica por cuatro y tienen el doble de riesgo de sufrir un traumatismo craneoencefálico

¿Usted es partidaria de que los bebés (con sus abrigos pertinentes) salgan a la calle diariamente? ¿Qué tiene de bueno el aire, el sol, la calle y los saludos de los vecinos para los niños?

Claro que sí. Mi madre siempre me lo decía: “no hay frío sino ropa inadecuada”. Los bebés, los niños y los adolescentes han de pasar tiempo fuera, paseando, jugando, lejos de pantallas y lejos de una vida que cada vez es más sedentaria. Además, hacer actividades al aire libre incita a hacer deporte, algo primordial en la vida de un niño, y ayuda a que nos carguemos de vitamina D gracias a esos diez minutos de sol que necesitamos al día para fabricar la que necesitamos para el resto del día. Los bebés también van modelando su cerebro en función de los estímulos que reciben, qué mejor que sentir el aire en la cara, ver los árboles a su alrededor, la ciudad o el pueblo, las personas caminando y charlando cerca de él. Los niños han de vivir, claro que sí, y eso pasa por salir a la calle en primavera, en verano, en otoño y en invierno.

¿Qué son exactamente los mocos? ¿Por qué son amigos de los niños durante todo el invierno?

El moco no es más que el resultado de una respuesta de nuestro organismo ante una infección o una inflamación. El virus en cuestión entra en contacto con la mucosa nasal y nuestro cuerpo para “atraparlo” y eliminarlo más fácilmente, fabrica moco. Y no es que los mocos sean “amigos” de los niños. Es que los niños escolarizados tienen mocos. Esto es una realidad que debemos asumir y es así porque hay docenas de virus respiratorios circulando en invierno y todos ellos provocan síntomas muy parecidos: mucosidad nasal, tos, estornudos y a veces fiebre. Por tanto, al tener a 15 niños en el mismo aula todos juntitos y cada uno portando muy probablemente un virus diferente, lo normal es que estén buena parte del invierno con mocos.

Hay que repetir hasta la saciedad que en los niños pequeños no hay fármaco efectivo que elimine los mocos. No, los antibióticos tampoco

¿Los colores de los mocos indican algo?

El color no determinará si el niño necesita o no antibiótico. Los mocos inicialmente son transparentes. A medida que pasan los días se van haciendo blanquecinos. Si la infección sigue inflamando la mucosa observaremos que se vuelven de un color amarillo pálido, pero si la infección dura unos días más se harán amarillo mostaza y terminarán siendo verde botella. Apasionante ¿verdad? Esta es la evolución natural de “las velas” de nuestros hijos en nariz. Así que solo con ver el color de los mocos nosotros ya nos hacemos una idea de los días que lleva el niño con sus velas, el pobre…

¿Qué hacemos con ellos?

Pues aprender a convivir con ellos. Instruir a los padres en hacer lavados nasales con suero cuando están muy atascados y no pueden respirar, ofrecerles agua de forma regular a los niños porque es un buen mucolítico y repetir hasta la saciedad si hace falta que en los niños pequeños no hay fármaco efectivo que elimine los mocos. No, los antibióticos tampoco.

Dice usted que la fiebre es el motivo más frecuente en su consulta. ¿Es buena o mala? ¿Cuándo nos asustamos?¿Cuándo le damos medicina a los niños para combatirla?

Sí, es el motivo más frecuente de consulta y es el capítulo más leído de 'El gran libro de Lucía mi pediatra'. La fiebre no es más que una elevación de la temperatura corporal por encima de los límites establecidos como normales, que son 38º o más rectal, o 37.5ºC axilar. La causa más frecuente son las infecciones. La fiebre no es una enfermedad, es un signo, al igual que los vómitos, la diarrea, la mucosidad nasal o la tos. No debemos darle más o menos importancia que la que tiene. Es más, los pediatras valoramos todos los signos y síntomas del niño en su conjunto para emitir un diagnóstico. De hecho, la fiebre, no suele ser el dato clave que nos dé el diagnóstico de la enfermedad.

Nuestro cuerpo eleva la temperatura para defendernos. La fiebre no es el enemigo, todo lo contrario, es nuestra primera barrera defensiva para luchar contra las infecciones. No tratamos la fiebre, tratamos el malestar. Es decir, si nuestro hijo tiene 38ºC y está bien, tranquilo y sin malestar, lo dejamos tranquilito. No hay que hacer nada más que desabrigarle y vigilarle. En ese momento su cuerpo se está defendiendo, ya está haciendo su labor.

La fiebre no es el enemigo, todo lo contrario, es nuestra primera barrera defensiva para luchar contra las infecciones. No tratamos la fiebre, tratamos el malestar. Es decir, si nuestro hijo tiene 38ºC y está bien y sin malestar, lo dejamos tranquilo

Le gusta escribir cuentos, ¿contarlos también?¿Qué tiene de mágica la literatura, los relatos y las historias?¿Por qué considera importante acercarles a los niños libros desde pequeños?

Me gusta imaginarlos, me gusta escribirlos y por supuesto me gusta contarlos. Soy una contadora de historias. Tanto en mis libros, donde hay infinidad de relatos reales, como en los cuentos infantiles adaptándome por supuesto, a las edades y magia de la infancia. Los niños son los mejores lectores, porque imaginan perfectamente todo lo que les estás contando y lo enriquecen con su inocencia innata, porque muestran su entusiasmo sin tapujos y porque contagian su ilusión a quien esté a su lado.

Además, a través de los cuentos podemos tratar temas tan complejos e importantes como la diversidad, las enfermedades raras, la autoestima, la gestión de nuestras emociones; podemos educarles en salud física y en salud emocional: por qué es importante cepillarse los dientes, qué pasa cuando vomitamos o nos ponemos malitos de la barriga o para qué sirven las vacunas. A través de mis cuentos he sido testigo de cómo muchos niños han perdido el miedo de ir al pediatra porque a través de las historias que les cuento, entienden el porqué de las cosas e incluso les apasiona saber cómo es posible que tengan bichitos en el oído o cómo actuar ante la fiebre.

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