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Por qué me sentí inútil en el parto de mi compañera

En un mundo dominado por el patriarcado, el parto es de las pocas situaciones en las que los hombres dejan de ser protagonistas, quieran o no

¿Debería haberme informado más? ¿Debería haberme preocupado más? ¿Servimos realmente para algo en un proceso así?

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Interior de un hospital. EUROPA PRESS

“El padre es el apoyo. El padre es el sostén de la situación”. Son frases de las clases de preparación al parto dando vueltas en mi cabeza. La principal preocupación de un padre primerizo y, en mi caso, bastante aprensivo, es no marearse en el momento en que su compañera esté dando a luz. “No te puedes marear. Si no, menudo apoyo”, me repite ella.

Con las primeras molestias, sábado por la mañana, muestro tranquilidad. Incluso cierta apatía o despreocupación. Su rostro no me indica esos temibles dolores tan esperados. Tras un par de horas, la cosa cambia. Su cara muta durante unos segundos. Hoy será el día y las maletas están preparadas. Obedientes, tenemos paciencia para salir hacia el hospital. Las contracciones vienen cada diez minutos y me acuerdo de aquellos apuntes: “masajear la parte trasera de la espalda cuando haya contracciones”. Eso servirá para relajar a mi pareja. Lo intento. La primera vez parece que funciona. A la segunda, ya no. A la tercera, directamente me pide que lo deje. Por primera vez en el día me siento inútil. He hecho la comida y cronometro el intervalo entre contracciones. Pero poco más pinto aquí.

Nos volvemos a acordar de las recomendaciones: vamos a la bañera. La preparo y me vuelvo a sentir algo útil. Sigo cronometrando mientras sus gestos de dolor son cada vez más expresivos. Los intervalos se acortan. La salida al hospital es inminente y me entran las prisas. Los tiempos me cuadran y cada vez la veo peor. Aguantamos un poco más, cojo los papeles y aviso a un taxi. Cargo las cuatro maletas. Mientras pago al taxista, observo una nueva contracción. Ella, encorvada en la puerta del Hospital 12 de Octubre. Alguien avisa en recepción para que le saquen una silla de ruedas que finalmente no usa.

Dentro, debía comenzar mi misión principal: asegurarme de que todos los pasos eran como habíamos acordado. Estar vigilante, ya que ella bastante tenía con aguantar el dolor. Pero por mucho que hubiéramos planificado, nada es como imaginas. En aquella sala de espera mi compañera era la que más sufría. Las miradas denotaban un, “pobrecita”, un “¿por qué no la ingresan ya”? Entramos. Ojalá esos tres centímetros, pienso. Pero no, sólo uno. La matrona no quiere mandarnos a casa: “Pasea un rato. Dentro de un par de horas os vuelvo a llamar”. Otra vez la sala de espera. No para de caminar y las contracciones son cada vez más dolorosas. Yo sigo sin saber qué hacer. Como algo, más por ansiedad que por hambre. Miro el móvil por mirarlo, recibo mensajes pero no contesto. Volvemos a entrar y ya nos olemos que el proceso va para largo. La misma matrona la explora tras una cortina. Oigo gritos de dolor. “No llegas a dos”, hay que seguir esperando.

Al salir, tiene la cara aún más descompuesta. “Creo que me han hecho lo que no quería”. Joder, teóricamente yo estaba allí para evitar eso aunque ella no me culpa. La maniobra de Hamilton, dolorosa, sirve para acelerar el proceso. Pero allí sigue, caminando dos horas más por aquella sala de espera. El tercer intento de ingreso llega cerca de las 3 de la mañana. Ahora sí, ingresamos. La idea de no ponerse epidural, o de ponerse la walking epidural, se ha difuminado ya.

Respiramos, por fin. Con la anestesia se va un dolor inhumano que ha durado unas 18 horas. Parece que se va acercando el final. Conocemos a nuestra primera matrona. Cambia de turno. Viene otra. Pasan las horas. No va a ser rápido. Le rompen la bolsa. Oxitocina. Fiebre. Antibióticos. No conseguimos casi dormir. Miro el móvil, le hablo pero no tiene ganas de hablar. No sé qué hacer, la verdad, y a ratos estoy ausente. Me lo reprocha y lo asumo porque lo que sí tengo claro es que la persona más importante del día no soy yo sino ella. En un mundo dominado por el patriarcado, el parto es de las pocas situaciones en las que el hombre deja de ser protagonista, quiera o no quiera. 

Me pregunto si los hombres estamos realmente preparados para saber cómo actuar en los partos. Nos han contado cosas, pero muy levemente. Nada concreto más allá de los mencionados masajes y las frases hechas del principio del artículo. Tampoco recuerdo conversaciones con amigos sobre cómo afrontaron ellos los partos de sus parejas. Algunos me comentaron que las clases preparto no servían para nada. Algún otro me dejó un libro. Pero de qué hacer en el parto, nada. Quizás ahora lo eche de menos. ¿Debería haberme informado más? ¿Debería haberme preocupado más? ¿Servimos realmente para algo en un proceso así?

Domingo por la tarde, ya ni sé qué hora es. Daniel se ha hecho caca dentro y le van a pinchar su cabecita en el quirófano para ver si está todo bien. Si no, tienen que hacer una cesárea inminente. No puedo entrar con ellos y la sala de dilatación se vacía. Se supone que se tiene que disfrutar el parto. Que es un momento muy bonito, irrepetible, bla, bla bla. Y una mierda. ¿Qué tiene de bonito este sufrimiento? Tras 10 interminables minutos me dicen que todo ha salido bien. Es la primera vez que rompo a llorar y no será la última.

Van 24 horas de estancia en el hospital y llegamos por fin a la “fase de dilatación completa”. Aún puede llegar un parto natural pero avisan que puede acabar en cesárea. Queremos ver a Daniel ya. En el paritorio estamos rodeadas por unas diez profesionales. Todas mujeres menos un médico que llegará luego. Me vacilan. “Si te mareas siéntate, no intentes salir”. Estoy nervioso, claro, y no miro más que a la ventana. Le intento dar la mano para, otra vez, ser ese apoyo. Pero no vale, tiene que hacer fuerza con las barandillas de la cama. Joder, no sirvo para nada. Hay risas cuando ella me mira al decirle que tiene la cabeza muy grande. “Empuja campeona. Qué bien lo estás haciendo”, dicen todas. Ya llega, ya está aquí Daniel. Lo que le ha costado salir. Qué felicidad. Hay un silencio en el paritorio y nos dejan llorar de alegría.

Los hombres no hablamos de los partos. Más bien, según mi experiencia, no hablamos de cómo nos sentimos en los partos. Algunos amigos, en especial los que son padres, sí me han preguntado después qué tal fue el proceso. O qué tal se encontraba ella. Pero creo que nadie me preguntó cómo me había sentido yo. Eso pasa porque somos inútiles e irrelevantes, personajes secundarios que deben aceptar su papel. Y porque, pese a este artículo, no tengo claro qué importancia tienen mis sentimientos mientras era ella la que sufría. 

*Artículo dedicado a las excelentes profesionales que nos atendieron entre el 3 y 7 de marzo en el Hospital 12 de Octubre de Madrid. Y a la madre, claro, a la que admiro tanto. 

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