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A qué esperamos los hombres para hablar de los partos de nuestras parejas

Contracciones. Dolores. Cada vez más. ¿Cómo se acompaña esto? Decido ser fuerte y eso en un mundo de varones significa anestesiarse, disociarse, es decir, no sentir emociones

Me ofrecen algo que hacer: me explican que aplicando fuerza con mi antebrazo en el fondo del útero ayudo a sacar a mi hijo. Era la maniobra de Kristeller. Sus riesgos para la salud del bebé y la madre son enormes

Con el relato del parto libero dolor. Lo he visto tantas veces en los testimonios de las mujeres, de las madres que llevan mucho visibilizando sus heridas que no sé a qué esperamos los hombres para hacer lo mismo. ¿Miedo a sentir?

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Javier de Domingo con su hijo Daniel en brazos.

Javier de Domingo con su hijo Daniel en brazos.

Ahora, empuja… venga, con fuerza, dale, que el niño no quiere salir

Así fue como hace ocho años, en 2009, un sábado 19 de diciembre, yo puse en peligro la salud de quienes más amaba en el mundo; por ignorante, por negligente y por obediente. Mansamente seguí instrucciones sin haberme informado de los riesgos de lo que estaba ocurriendo. Empujé con fuerza el vientre de mi pareja, Esther, la madre de Daniel, el bebé que estaba a punto de nacer, nuestro primero de varios y con quién aprendimos a mirar lo que no nos enseñaron a ver. Ni a ella ni a mí. Qué brutos éramos y qué listos nos creíamos.

Todo empezó 24 horas antes, en un cine. Viernes de estreno. Avatar. El parto era inminente. 41 semanas más 3. Dani seguía acurrucado, seguro en su fusión con la madre y estaba bien donde estaba. ¿Y yo? Imaginaba un futuro con escaso ocio y quise darme el capricho de ver esa esperadísima película de acción y fantasía, muy de machotes. Simbólico.

Hoy lo veo diferente. En vísperas del suceso más trascendental de mi vida mi mente deseaba estar en otro lugar y no "perderse" una peli. No perderse. Me lo perdí todo. Horas después Daniel avisaba. Pronto hijo, pronto nos veremos. Nos preparamos. Hacía mucho frío. Previsión de nieves. Fuimos al hospital. Desde aquí todo es borroso.

Llegamos. Un box. A monitores. Solo ella, yo y el bebé. Risas e ilusión. Qué cerca estamos de abrazarnos los tres. Caricias a solas, miradas, ternura, esperanza de que todo vaya bien. Estamos muy emocionados. Nos dicen que va para largo pero no queremos volver a casa. Pedimos habitación. Nos la dan. Avisamos a la familia. Llegan. Empieza el circo y somos el centro, el plato estrella, brotando los guiones que cada miembro ha representado desde siempre.

Unos espolvorean sus miedos. Otros los aplacan. Hay amor pero nos entregamos a la distracción. Qué absurdo me parece ahora. Qué desenfocado. Esther se duele. La familia responde con lo que puede o sabe, que no es demasiado. Hablamos, bromeamos, camuflamos el dolor de ella con charla banal y absurda. Sacamos a la mamífera de su sentir porque somos incapaces de procesar lo que siente ella y menos aun lo que activa en todo el resto de los presentes y la evasión es una herramienta interiorizada que manejamos a la perfección. Todo es tan bienintencionado pero tan errado.

Contracciones. Dolores. Cada vez más. ¿Cómo se acompaña esto? Decido ser fuerte y eso en un mundo de varones significa anestesiarse, disociarse, es decir, no sentir emociones. Activación del circuito hormonal de la adrenalina, el diseñado para responder a la depredación. Formato macho. Y así mutilo la activación natural de la oxitocina. No quiero. ¿Qué hago? Que alguien me lo diga por favor. Ella está sufriendo. ¿Adrenalina u oxitocina? ¿Pero qué hago?

La mamífera que necesita gritar y aullar se contrae cuando rompe aguas en el baño. Son marrones. Teñidas. Mal asunto. La matrona dice "ya no te puedo dejar parir sola". Oxitocina artificial, en la habitación. Toda la familia alrededor de la cama. Muecas de dolor. La miramos. Le cojo la mano. Me molesta la presencia de tanta gente, pero callo. El dolor es tan fuerte que la bajan al paritorio para poner la epidural. Sola.

Al poco me dejan acompañarla. Tiene frío y tiembla. Luz azul, máquinas e instrumental. Aquello parece un laboratorio. Le duele aún. El anestesista hace comentarios como de reproche, como que no puede ser. Un segunde chute le provoca temblores. A este hombre da la impresión de que esta mujer le parece tonta o quejica. Me cabrea. Nos inhibimos. Dani quiere nacer pero parece que le cuesta.

La ginecóloga no llega. Es noche de jaleo. Se oyen gritos en otros paritorios. Los sanitarios están desbordados, simulan sonrisas pero reflejan tensión, mucha tensión. ¿Dónde están las caricias? ¿Y la ternura? No siento confianza en nadie.

Quiero ayudar, sin tener idea de lo que significaba nada de lo que sucede en ese paritorio. Me entrego a mi miedo, a mi ignorancia, a la angustia de no saber y ser tarde para querer hacerlo. Allí, permeable al pensamiento del experto, me ofrecen un hacer, una contribución, un algo que aportar para abreviar todo. Me explican que aplicando fuerza con mi antebrazo en el fondo del útero ayudo a sacar a mi hijo.  Era la maniobra de Kristeller. Sus riesgos para la salud del bebé y la madre son enormes y por eso está contraindicada en España y prohibida en el Reino Unido.

Así que allá voy. Mi cerebro venía instruido en ejercer el poder del músculo. Mi fuerza de hombre salvaría el momento. Eso lo entendía. Es lo que tiene nuestra programación de macho. Ejercitamos los músculos equivocados. Tiemblo solo de recordarlo.

Llegó la ginecóloga. Justo para la firma del procedimiento, con bisturí y fórceps. Así la abrieron y así llegó Daniel. Episiotomía. No tenía por qué haber nada de aquello pero nadie en aquel paritorio estaba al tanto de las últimas actualizaciones sobre partos. Si lo estaban, callaron.

De eso nos hemos informado y formado después. Sin ser cosa de brujas, sencillamente es lo que otros centros públicos y privados ya hacen poniendo en evidencia a una mayoría que se resiste, anclados en un narcisismo pedagógico que los retrata en su orgullo impidiéndoles agachar la cabeza y corregirse.

Se llevan a nuestro bebé. Incubadora. Nos persuaden de que tiene que descansar y que la madre también.  Vuelta al circo familiar. Es de noche. Se van. Ella tan dolorida que apenas puede moverse.

El peor susto quedaba por llegar. La pediatra vino y ante la pregunta de una madre que no podía estar sin su bebé y necesitaba saber cuándo iba a ser posible el encuentro le respondió: "Si me estás preguntando si la vida de tu hijo corre peligro o no, es algo que no puedo contestarte, por eso está en observación”

Al instante y por las caras de estupefacción y pánico se percató de su insensibilidad. Pero no la dejan acercarse a su bebé. A mí sí. Corro al nido. Tal vez pueda hacerle fotos y un vídeo y enseñárselas a Esther. Es todo lo que nos dejan.  Una foto como Ibuprofeno para una madre que no tiene a su bebé donde corresponde, pegado a su piel.

Cuando entro y le veo me pongo a llorar. Lloro y lloro y no se parar. Me quiebro.  Yo nunca lloraba, no antes de aquello. Después no he dejado de hacerlo. Hice fotos y un pequeño vídeo. Corrí a Esther. La separación la angustió, la atormentó y la desquició. Literalmente. No supe manejar aquello. La noche más dura de nuestras vidas en el momento que debía ser el más feliz.

A las 06:00 la mamífera decide que no lo soporta más y quiere ver a su cría. A pesar del dolor de la episiotomía halló fuerzas y bajo el pretexto de cambiar el pañal de su bebé intentó sortear el protocolo hospitalario y su absurdo horario diseñado para encajar con el de los sanitarios. Nos rechazaron. A esperar hasta las 09:00. Rabiamos, cuánto rabiamos. Y a la hora prefijada la madre se angustió más al no saber cuál era su hijo. Por fin nos lo mostraron. Nos dieron un rato. Lloramos. Le pedí perdón a Daniel, entre lágrimas. "Perdóname hijo, perdóname… no he sabido hacerlo mejor".

Como si fuese un reo nos informan de que la visita termina. Nueva espera. ¿En serio? ¿Ha de ser así? ¿Quién ha diseñado todo esto? ¿Cómo han sido instruidos estos obstetras y pediatras? Solo mentes disociadas y anestesiadas han podido construir protocolos tan claramente anti natura.

Luz de día. Mucho sol y nieve cuajada en la calle. Nos trajeron a Daniel. Precioso, único y maravilloso. Vivo. Sano. Dolido. Enfadado con el mundo y también con nosotros por no saber lo que realmente necesitaba. Cómo me duele.

Y ya está. Esto fue. Esto es el relato del primer parto de Esther y del nacimiento de Daniel. Medio recordado, medio reconstruido. Al hacerlo libero dolor. Sacarlo, narrarlo, compartirlo tiene un poder sanador y restaurador desbloqueando lo que el trauma negó, reprimió o proyectó.

Lo he visto tantas veces en los testimonios de las mujeres, de las madres que llevan mucho visibilizando sus heridas que no sé a qué esperamos los hombres para hacer lo mismo. ¿Miedo a sentir? ¿Ese es el legado a nuestros hijos e hijas? ¿Aún estamos en eso? ¿De verdad?

Por todo esto surgieron y surgen iniciativas como  el Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal, la Asociación de Hombres por la Igualdad de Género o  El Parto es Nuestro, para que no suceda más, a nosotros, a nadie, mujer u hombre. No es necesario pasar por ello, ninguno. Menos nuestros bebés. ¿No crees?

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