Por qué no conviene adaptar nuestra vida social a la de nuestros hijos: “Si podemos conseguir un equilibrio, estaremos mejor”

Es inevitable. Cuando nace un hijo las preferencias, tiempo y disponibilidad cambian por completo. Muchos padres se ven presionados a hacer una apuesta arriesgada: sacrificar sus aficiones, intereses e incluso amistades para dedicar el mayor tiempo a la crianza de los hijos. “Tener hijos implica, necesariamente, adaptar nuestra vida a ellos, y el grado en el que haya que adaptarla dependerá naturalmente de la edad y circunstancias que tengan”, admite el psicólogo Alberto Soler.

Esto significa que, cuanto más pequeños, más adaptación. Agendar un encuentro para tomar un café se convierte en muchos casos en toda una aventura. Sin embargo, los niños crecen y, a medida que lo hacen, “podemos ir recuperando de forma progresiva parte del espacio que teníamos antes, pero esto va a depender de muchos factores, sobre todo del apoyo del entorno”, afirma Soler.

Es decir, no es lo mismo una familia que cuente con el apoyo de abuelos, tíos y amigos, que una que no: las primeras “tienen más margen para encontrar tiempo personal y de pareja”, reconoce el especialista.

Desconexión social por los hijos: la trampa en la que caen algunos padres

En algunos casos puede suceder que, pese a los años y a que los hijos cada año son un poco más independientes, “hay cierta dificultad para entender este cambio y se sigue en el ‘modo bebé’ durante más tiempo del necesario”, admite Soler, aunque reconoce que no es algo que sea generalizado.

Que los padres renuncien a su vida social y se centren en la crianza en exclusividad, aunque pueda parecer el mayor acto de amor, no lo es. Anular la vida social, las aficiones y el espacio personal para ser un padre o una madre ‘perfectos’ puede convertirse en una trampa que perjudica a todo el entorno familiar.

Podemos perder el contacto con amigos que no son padres porque parecen estar en un mundo totalmente distinto al nuestro. Y perdemos el contacto con amigos que sí lo son porque están tan o más ocupados que nosotros.

Pero esto afecta a muchos niveles, como “el estado de ánimo, ansiedad, estrés, sueño…”, afirma Soler, para el que, si hay algo que de verdad puede afectar es conocer de dónde viene esa exclusividad y si se trata más bien de algo elegido o, por el contrario, aceptado.

Los factores detrás del aislamiento social de madres y padres

“Posiblemente, lo que más pesa a nivel psicológico son los factores que empujan hacia la soledad social y el aislamiento de las madres, ya que muchas, una vez han tenido a su criatura, perciben el abandono y la falta de apoyo de su entorno: pareja, familia, amistades y, por supuesto, la sociedad en su conjunto”, advierte Soler.

Para el experto, “cuando además ha habido una renuncia laboral, lo de ‘criar en exclusividad’ no es tanto una elección sino simplemente ‘lo que hay’”, lo que lleva muchas veces a la idea de que “hacen demasiado por los hijos y están descuidando otras áreas de su vida”, afirma Soler.

La renuncia a los espacios propios y el aislamiento social son los predictores más rápidos del agotamiento crónico parental. Según este estudio, los padres que se aíslan sufren un triple síntoma: agotamiento emocional extremo, distanciamiento afectivo de sus hijos y la sensación de haber perdido su identidad.

En otra investigación que analizó madres y padres que sacrificaron su vida social y laboral para centrarse en la crianza, los expertos descubrieron que los padres reportaron niveles más altos de depresión y menor satisfacción con la vida que aquellos que mantenían un equilibrio. Cuando los hijos lo absorben prácticamente todo, la pareja también paga un alto precio, porque renunciar a los amigos individuales y a los momentos a solas implica perder esa red de apoyo tan importante para compartir aficiones o, incluso, desahogarse.

Y es que, según Soler, “muchas familias recuperarían encantadas estas parcelas personales, de pareja o de amistades, pero no se lo pueden permitir por falta de apoyo”. Una falta de tiempo que a menudo muchas madres compensan “con la relación con otras madres, ya sea a nivel práctico o emocional”.

Pero las consecuencias no son solo para los padres. Porque no es posible ser un referente de bienestar y equilibrio sin reservar tiempo para uno mismo. “Los niños aprenden más de nuestro ejemplo que de nuestros sermones o lecciones teóricas, por lo que si somos capaces de conseguir un equilibrio en el que quepamos también los adultos con nuestras necesidades, probablemente estaremos todos mejor y, además, les estamos dando un buen ejemplo”, reconoce Soler.

Y es que los niños son sensibles al estado emocional de sus padres, son auténticas esponjas emocionales y, cuando estos renuncian a su felicidad personal, los hijos pueden percibir la frustración inconsciente de sus padres y, además, frena su autonomía y puede hacer que sean niños más inseguros.

Convivencia entre vida social y las necesidades de la crianza

Mantener las amistades, tomarse un café a solas o salir en pareja no solo es necesario, sino que es hacer salud. Lo más probable es que unos padres con vida propia puedan criar hijos más felices. “Es necesario que el entorno comprenda y normalice el cambio de necesidades de la pareja cuando tienen hijos y que los padres también entiendan la perspectiva de las amistades en otras circunstancias”, admite Soler.

En este sentido, el psicólogo afirma que si los padres tienen un grupo de amigos con hijos de edades similares, “la adaptación será más fácil y los planes se ajustarán a las nuevas necesidades”. Sin embargo, esto no siempre ocurre y las “familias se van descolgando si los planes no tienen en cuenta a los pequeños”.

Ante todo, y sobre todo a medida que los hijos van creciendo, es importante “el apoyo del entorno, que será esencial para que la pareja pueda tener espacio, de forma individual también”.