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Esponja Bob y la araña del Guggenheim

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Un inglés vino a Bilbao ─fue en 2002, 2003 o por ahí─, pero no para ver la ría y el mar, como dice la canción popular, sino para comprar tabaco y alcohol, que aquí está bastante más barato que en la pérfida Albión. Y sí se quedó para los restos, acorde con la letra de la sencilla bilbainada, pero no por la salacidad de las bilbainitas, sino por la araña de acero de diez metros de alto que hay junto al museo Guggenheim. Mas no adelantemos acontecimientos.

El inglés de marras se llamaba Robert Anthony Dunghill, más conocido como The Sponge o directamente Esponja Bob. Natural y vecino de Liverpool; chatarrero de profesión y algo buhonero; de treinta años de edad física y quince en la mental; escuchimizado: un desperdicio de maternidad salvado in extremis del agujero del retrete porque no tiraron de la bomba; pelirrojo como una alucinación; feo desde que era feto, más feo que una vomitona de fish and chips with ketchup su alimento base; gran amante de la ginebra; ajeno a la palabra escrita más allá de lemas de camiseta; resto más que cociente intelectual; soltero sin compromiso posible ni imaginable y de inclinación sexual difusa expresada vía onanismo.

El caso es que el bueno de Bob, que se había visto con unas cuantas pounds extra en el bolsillo a cuenta de un oscuro business con una compraventa de hojalata robada y una partida de condones caducados, había decidido
fundírselas en un viajecito a Bilbao para comprar ginebra Beefeater y unos cartones de Marlboro. Y además vino en agosto, coincidiendo con la Aste Nagusia, la semana de fiestas de la Villa, de la que un compañero de libaciones del Green Sperm, el pub de su calle, le había hablado maravillas. Le contó que toda la ciudad se transformaba en un inmenso bar al aire libre con chiringuitos por doquier que los nativos llamaban txoznas; que se sentiría aún mejor que en casa porque podría mear en medio de la calle y llenar todo de mierda sin llevarse una hostia; y que no dejara de conocer la misteriosa bebida llamada kalimotxo, que a temperatura ambiente y trasegada por hectolitros, tenía curiosas propiedades alucinógenas. Pero lo que decidió finalmente a Bob a
visitar Bilbao fue la descripción de sus legendarios gin tonics, que servían con tres dedos de ginebra y en vasos como cubos. El guía turístico añadió que untaban el borde del vaso con corteza de limón verde y removían el combinado con una larga cuchara, pero que a pesar de estas repugnantes prácticas, los tragos valían la pena.

Así que Esponja Bob se embarcó en Portsmouth en el ferry Pride of Bilbao. No llevaba equipaje alguno; para dos días, con lo puesto. Vestía su camiseta favorita, la que resumía su filosofía de vida en la frase: Drink like a fish y en la que junto al lema imperativo se veía a un pez globo hipertrofiado con ojos como canicas y parecido a Peter Lorre. Completaban su atuendo unos informes pantalones hasta la rodilla con más de una docena de bolsillos, unas sandalias tipo franciscano con calcetines color pistacho y una gorra del revés con la Union Jack que por lo menos tapaba sus cerdas color zanahoria cortadas a cepillo.

Pasó la noche de viaje en el casino del ferry, dale que te pego con las máquinas tragaperras. Le salió más caro que si hubiera cogido camarote en primera. Para compensar el descalabro, decidió que prescindiría de buscar una pensión cutre en Bilbao. Como era verano, dormiría al raso donde se desmayara en el cénit del cebollón. La ausencia de una ducha le resultaba asunto baladí, era británico. Y tras dos días de jarana etílica, de vuelta a Liverpool en vuelos charter. Volar con resaca sería su única concesión a la aventura. Además, se compraría el alcohol y el tabaco en el aeropuerto de Bilbao, con lo cual se aseguraría regresar a casa con el botín intacto.

Un inglés vino a Bilbao ─fue en 2002, 2003 o por ahí─, pero no para ver la ría y el mar, como dice la canción popular, sino para comprar tabaco y alcohol, que aquí está bastante más barato que en la pérfida Albión. Y sí se quedó para los restos, acorde con la letra de la sencilla bilbainada, pero no por la salacidad de las bilbainitas, sino por la araña de acero de diez metros de alto que hay junto al museo Guggenheim.


Desembarcó en Santurce y llegó a Bilbao en el tren de cercanías. Respiró con alivio al ver que en la estación había un Burger King. Ya tenía dónde forrajear sin prevención. Le habían prevenido sobre los horrores de la cocina indígena: cefalópodos bañados en una salsa negra; lenguas de merluza; bistecs crudos; una especie de gusanos gordos y oscuros, terminados en una uña monstruosa como de monstruo extraterrestre, por los que los lugareños perdían el culo; y bacalao, no rebozado y frito en margarina con aceite de girasol, como God manda, sino en tajadas del tamaño de baldosas y anegado por una densa salsa amarilla y untuosa como el moco.

Prometiéndoselas muy felices, Esponja Bob papeó en el burger y después enfiló hacia el Casco Viejo, el corazón de las tinieblas. Ni en su resaca más lóbrega habría imaginado lo que le aguardaba.

RESUMEN CASI TELEGRÁFICO, POR RESPETO A LA SENSIBILIDAD DEL LECTOR, DEL DESCENSO E INMERSIÓN EN EL LIMO Y LOS INFIERNOS DE ESPONJA BOB.

Y es que la Aste Nagusia bilbaina puede ser demasiado heavy incluso para un tuercebotas dipsómano de Liverpool. Hasta que anocheció, lo único que hizo Bob fue anclarse a una barra y beberse una docena de gin tonics, todos en el mismo bar, uno de la calle Barencalle que le pareció lo suficientemente destartalado y barato. Por la noche, ya muy pedo, se sumergió en la marea humana, visitó las insalubres txoznas de El Arenal y se vio involucrado por meticón en una riña tumultuaria.

El conflicto fue entre las comparsas festivas, patrióticas y uniformadas Txutxi Barrila y Txotxo Kandado, hordas a la sazón muy enardecidas. El motivo de la batalla campal fue la acusación mutua de robo del cepillo de las huchas para los presos de ETA. Bob cobró en especias de ambas bandas. Con la cara llena de hostias, vagó sin rumbo por la ribera de la ría. Tuvo la suerte, entre comillas, de encontrarse un botellón familiar de kalimotxo tibio, propiedad de un rockabilly que le estaba sacando brillo a una lumpen en las escaleras del muelle y no se
percató de la sustracción. Bob se atizó el brebaje completo sin dejar de caminar y perdió el conocimiento ante el museo Guggenheim.

Cuando despertó, al amanecer, sufrió un insoportable ataque de terror. Una araña enorme, gigantesca, estaba sobre él, le rodeaba con sus enormes y negras patas y le mostraba su abdomen transparente y lleno de huevos blancos y repulsivos. Esto era el delirium tremens, ya le había llegado el turno a él, y era aún peor de lo que le habían contado Furry Spider y Pink Cockroach. Incluso vio moverse a la araña, la gran escultura de Louise Bourgeois hecha de acero, bronce y mármol, que parece un monstruo de película de serie B americana, por ejemplo de El increíble hombre menguante, aquella en la que un chiquitillo se enfrentaba con una araña proporcionalmente de ese pelo, o de Tarántula, que acojonó a Bobby de chaval por verla también con resaca. Y no lo soportó. Saltó la barandilla y se tiró a la ría de cabeza. Como era marea baja, se quedó clavado en el limo del fondo. Un instante después pasó por allí el Pil-Pil, barquito recreativo lleno de borrachos vociferantes, que le cortó los huevos con la hélice a modo de descabello.

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