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Barreras cotidianas en el siglo XXI

Gracias a Katia hemos podido saber cómo es la terrible realidad diaria a la que se tiene que enfrentar una persona con movilidad reducida en nuestros pueblos y ciudades

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Ponerte en el pellejo de otra persona no es fácil, pero muchas veces es necesario y a menudo es una puñetera lección de vida.

Un pequeño grupo de convencidos de que el futuro de nuestras ciudades pasaba por una nueva realidad ambiental, social y económica, basada entre otros aspectos en el fomento de la movilidad sostenible y de la accesibilidad universal en todos los espacios públicos, vimos nuestro día a día alterado cuando en una reunión ordinaria de nuestra Mesa de Movilidad del Besaya ella apareció por la puerta del local.

Después de dos años y pico en los que desde nuestra humildad habíamos conseguido pequeños logros a escala local y sobre todo habíamos logrado poner en la escena cotidiana el debate público sobre el transporte ferroviario, la ocupación del espacio público por parte de las terrazas o las medidas más o menos afortunadas para el fomento de la movilidad sostenible en Torrelavega y los municipios de la comarca del Besaya, tuvo que aparecer ella para darnos un sopapo de realidad y hacernos ver que sin perder de vista los temas que estábamos trabajando, lo primero era lo primero.

Ella es Katia y para los miembros de la Mesa de Movilidad y supongo que para todo aquel que le conozca un poco es un heroína. ¡Una heroína motorizada!

Katia es un miembro más de nuestro colectivo y desde el primer día que apareció por nuestras reuniones con su madre, Loli, han sido dos personas que nos han servido para crecer como grupo y por qué no decirlo, a cada uno de nosotros como personas.

Porque gracias a Katia hemos podido saber cómo es la terrible realidad diaria a la que se tiene que enfrentar una persona con movilidad reducida en nuestros pueblos y ciudades. Ella nos ha hecho relativizar los dramas o los problemas continuos que veíamos desde nuestros prismas de peatones, ciclistas o usuarios de vehículos.

Katia es nuestra heroína porque a ella no hay quién le pare. Y quién lo intente que se atenga a las consecuencias, porque ella es una mujer que no va a frenar su silla de ruedas hasta derribar todos los obstáculos que se encuentra en su día a día.

Aceras sin rebajar, trenes sin personal ni mecanismos para acceder a los vagones de manera autónoma, paneles informativos situados a una altura que hacen imposible su lectura, espacios por públicos por los que debe transitar como aceras o plazas ocupados por automóviles o distinto tipo de mobiliario, basuras y excrementos que debe sortear, núcleos de población sin señalización horizontal o vertical que alerten de su posible presencia a los conductores, firmes en estado lamentable, chapuzas varias, escaleras de acceso a multitud de edificios públicos que carecen de ascensor o rampas...

Estos son sólo algunos de los ejemplos que hemos podido comprobar paseando con nuestra amiga. Cuando los vemos, una mezcla de rabia e impotencia se apoderan de uno, pero es mirar a Katia a los ojos y te das cuenta de la fuerza que transmite. Si ella supera estas barreras, nosotros cuanto menos tenemos que hacerlas visibles y denunciar esta situación.

Según el IMSERSO, las personas con discapacidad constituyen un sector de población heterogéneo, pero todas tienen en común que, en mayor o menor medida, precisan de garantías suplementarias para vivir con plenitud de derechos o para participar en igualdad de condiciones que el resto de ciudadanos en la vida económica, social y cultural del país.

Y según los últimos datos de ese mismo organismo son 2.998.639 las personas que, una vez efectuada la valoración de su discapacidad, han resultado con la consideración de personas con discapacidad. En Cantabria serían 47.632 las personas que presentan un grado de discapacidad igual o superior al 33%, lo que situaría a nuestra Comunidad un punto y medio por encima de la media.

Estos datos son objetivos y la realidad es que nuestras ciudades, nuestros medios de transporte, nuestros edificios no están adaptados. Algo que por Ley ya debería estar casi, casi alcanzado, pero que si me dejan decirles, más que por coacción, debería ser por convicción.

Si realmente no queremos que se nos caiga la cara de vergüenza debemos exigir a todas aquellas personas, organismos y entidades que pueden hacer la vida de Katia más independiente y dotarla de esa autonomía que ella más que nadie quiere, que se pongan manos a la obra y que la accesibilidad sea realmente universal en todos estos espacios.

Está muy bien que en nuestras ciudades hagamos carriles bici, transportemos a los escolares en autobús o que los tranvías circulando por nuestros núcleos urbanos vuelvan a ser una escena cotidiana, pero lo que realmente nos catalogará como sociedad es que podamos eliminar todas las barreras y que todas las personas, vayan en sillas de rueda, sean ciegas, sordas o lo que sea, puedan superar los obstáculos a los que se ven sometidos en su vida diaria. ¡Eso sí que sería el famoso siglo XXI!

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