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Tirachinas

La memoria es un laberinto, un vertedero, un álbum, una biblioteca desordenada con las páginas de sus libros un tanto emborronadas, un lugar donde se entremezclan la realidad y la ficción.

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Niño con tirachinas.

Hasta los siete años crecí en el barrio de Castilla Hermida, junto a la antigua lonja de pescado, y fui al colegio del Barrio Pesquero. El patio del recreo era la calle y, también, una nave portuaria en la que se almacenaban gigantescas montañas de piedras que tenían cristales incrustados que brillaban como tesoros muy pequeños cuando las acariciaba la luz del sol. El timbre que anunciaba que había que regresar a clase era el puño del maestro golpeando una puerta metálica. No sé si alguien nos vigilaba mientras, entre clase y clase, jugábamos con los minerales como el que juega con la arena de la playa.

La memoria de la primera infancia es, al menos en mi caso, un tanto débil. Pero la memoria funciona un poco como esas muñecas rusas que, si las abres, encuentras una nueva muñeca más pequeña en su interior. Fijas tu mente en un recuerdo y, si logras sostener esa atención en un acontecimiento, es fácil que acabe apareciendo en ese recuerdo una trampilla que nos lleva a un acontecimiento distinto de nuestro pasado que descansa, sin que nosotros lo sepamos, enterrado en algún lugar de la memoria. Trampilla a trampilla vamos accediendo a una compleja galería llena de recovecos, simas, grandes cavidades con estalactitas, ríos subterráneos, espacios oscuros o sin ventilar. 

Si pienso en el colegio del Barrio Pesquero aparece en mi mente, por ejemplo, cómo era el aula, o que un día aguardé impaciente a que acabaran las clases porque mi madre me había prometido comprarme un tirachinas. Tengo una impresión vívida de aquella impaciencia dentro de mí. Recuerdo el tirachinas, el deseo de poseer aquel tirachinas, pero no lo que hice con él. Supongo que la sociedad de consumo funciona por eso. Porque un niño de cinco años puede desear tener algo que no necesita y recordar ese deseo casi cuarenta años después.

La memoria es un laberinto, un vertedero, un álbum, una biblioteca desordenada con las páginas de sus libros un tanto emborronadas, un lugar donde se entremezclan la realidad y la ficción. De la memoria tiramos porque en ella descansa nuestra experiencia, nuestra biografía,  y porque en ella encontramos las piezas, los retales, de nuestra identidad. Una identidad que vamos cosiendo poco a poco, narración a narración. Se va así construyendo el relato de nuestra vida. Pero es una construcción en la que, casi siempre, nos hacemos trampas para que ese relato que nos contamos de nosotros mismos nos complazca. Basta una mirada un poco objetiva sobre nuestro pasado para que ese relato salte a veces por los aires. A la memoria se vuelve como vuelve el salmón a las aguas cristalinas en las que aprendió a nadar: con esfuerzo. Remontar el cauce de lo vivido es fatigoso, no es como ponerte a ver la amable película de tu vida en un televisor. Recordar es adentrarse en un laberinto que tiene la extensión de nuestra vida. Recordar, a partes iguales, ilumina y duele porque es la memoria un lugar complejo en el que cualquier persona puede perderse y encontrarse a la vez. 

Si pienso de nuevo en el tirachinas que me compró mi madre en un quiosco, hallo una trampilla que me conduce a otro tirachinas distinto construido por mi padre con madera y goma sacada de la cámara de un viejo neumático de automóvil. Era un tirachinas del que las piedras salían con violencia. Jugaba con él en un pueblo en el norte de Palencia. Y, ay, recuerdo de pronto con nitidez lo que hice un día con ese tirachinas y con unos pequeños rodamientos metálicos que utilicé como munición. Ay, ay, ay. Mejor no lo voy a contar aquí porque ese recuerdo al que me acabo de asomar ya no me gusta tanto. 

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