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El cajón de los monstruos

Algunas llevamos años dibujando monstruos. Poniéndoles nombre, gritando a los cuatro vientos que los teníamos escondidos en un cajón pero que en cualquier momento podían salir de él para difundir su mensaje de odio e intolerancia.

El candidato de VOX en los comicios vascos Santiago Abascal ha sido hospitalizado

El presidente de VOX, Santiago Abascal. EFE

Hoy les quiero invitar a leer un cuento, 'El monstruo del cajón'. Cuenta la historia de una niña que dibujaba todos sus sentimientos, incluidos la tristeza o la ira. Hasta que un día esos dibujos del cajón cobraron vida. Es una historia que nos enseña a no tenerle miedo a las emociones, por muy terribles que nos parezcan. Nos enseña a mirarlas a la cara, a enfrentarlas.

Algunas llevamos años dibujando monstruos. Poniéndoles nombre, gritando a los cuatro vientos que los teníamos escondidos en un cajón pero que en cualquier momento podían salir de él para difundir su mensaje de odio e intolerancia. Nos los hemos ido encontrando en las calles, tomando la forma de asociaciones filo-fascistas, repartiendo alimentos solo para los españoles. Dando palizas a migrantes y a personas que muestran abiertamente una sexualidad contraria a su ideología. Y también en las instituciones, protegiendo el callejero franquista o permitiendo loas al dictador en el mismo pleno de Santander. Muchos nos tachaban de alarmistas, de nostálgicos de la guerra civil, de querer reabrir heridas (como si se hubieran cerrado alguna vez) o simplemente de revanchistas.

El pasado 2 de diciembre Andalucía tocó a rebato. Agazapados en las encuestas electorales, nuestra representación de la ultraderecha patria, ha entrado con 12 diputados en el Parlamento de una comunidad gobernada por el PSOE desde el inicio de nuestra democracia. 40 años de supremacismo socialista, con muchas sombras en forma de paro, los ERE y la corrupción o el clientelismo.

Podríamos decir, y probablemente no nos equivocaríamos mucho, que no ha ganado la derecha; es la abstención, con un 41 %, la opción mayoritaria. Una abstención histórica, que demuestra que no se ha conseguido movilizar a los descontentos, que no confían en nuestros políticos, que se han quedado en casa porque ninguna de las opciones que se presentaban en estos comicios ha conseguido sacarles de la cama ese domingo.

En Andalucia va a gobernar, si se cumplen los pronósticos, la lista menos votada: 1.440.563 votos (PP y Cs), apoyados desde fuera por Vox (395.978), de un electorado de más de 6,5 millones de personas. Esta es la democracia representativa, donde una opción, la derecha, que no refleja más que un escaso 23% del censo, va a decidir sobre la vida del resto.  Han salido los monstruos del cajón y ahora campan a sus anchas, repartiendo su mensaje entre los olivos a los que cantaba Jarcha.

Los medios de comunicación les han hecho una campaña sin parangón. No me he levantado un solo día en el último mes sin titulares sobre el partido con nombre de diccionario. Las redes sociales, las fake news y la rapidez de esta sociedad líquida del siglo XXI han hecho el resto. Ya tenemos nuestro Bolsonaro. Montado a caballo y con pistola, viene a reconquistar esos derechos sociales que nos han quitado los migrantes, las mujeres radicalizadas, los colectivos LGTBI+ y cualquier otro grupo de "ofendiditos" contra los que este caballero de brillante armadura ha hecho su programa.

Promete devolver a la clase social trabajadora lo que se le arrebató durante la crisis, enfrentando a los pobres contra los más pobres, a los hombres contra las mujeres que exigen sus derechos, a todas contra los y las diferentes. Y aun así, se erigen como garantes de una Constitución que su discurso hace saltar por los cuatro costados.

No tenemos recetas mágicas. El "a por ellos", la crisis económica y sus devastadoras consecuencias en forma de recortes y precariedad, la crisis institucional provocada por la corrupción sistematizada o la falta de soluciones políticas a la misma: podemos buscar miles de razones para justificar la entrada de un partido ultraderechista en un Parlamento democrático. El análisis no es el problema. El problema es la solución.

Ni los cordones sanitarios, ni la entrada en las instituciones de estos partidos de corte fascista han servido en otros países europeos para frenar el avance de la ultraderecha. Hay un movimiento global reaccionario y nosotras no podíamos escapar de él, por mucho que algunos politólogos afincados en Madrid se empeñasen en ello. El descontento del 15M no se canalizó de la forma correcta y el movimiento se acabó institucionalizando, perdido en luchas cainitas, mucho más preocupado de mirar hacia dentro que de combatir las necesidades del afuera. Se destruyó lo común para construir lo propio.

La reflexión ahora debe ser sosegada. Corren ríos de tinta sobre qué debemos hacer, qué hicimos mal y qué no podemos repetir. Y no se ha explorado la única vía que, a mi entender, nos queda. Debemos oponernos desde nuestros espacios locales, desde nuestras asambleas, haciendo pedagogía de la buena a pie de calle. A sus políticas debemos oponer las nuestras: solidaridad, justicia social, feminismo, ecologismo. Tenemos que seguir tejiendo esas maravillosas redes municipalistas, desde lo local a lo estatal.

Tomando ejemplo de la isla griega de Creta, que logró expulsar a Amanecer Dorado con trabajo en la calle y lucha antifascista. Con maestros y maestras implicadas en educar a la juventud en la tolerancia y el respeto al otro. Construyendo el común desde abajo y entre todas. Siguiendo el sendero de la lucha feminista, creando espacios interculturales, intergeneracionales, con una mirada larga. No es tiempo de soluciones cortoplacistas, sino de generar la suficiente educación e inercia social para que no repitamos nuestra más negra historia.

Y no se nos debe olvidar que hay que seguir pintando los monstruos, señalándolos, enfrentándolos. Mirándolos a los ojos, juntas y sin miedo.

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