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El centro de la fiesta

Ha pasado más de un mes desde las elecciones y en España nadie quiere ser presidente del Gobierno. Estrategias hay muchas, cabriolas también. Lo que hay son pocos argumentos. Y mucho tacticismo.

Pedro Sánchez conversa con Albert Rivera en las Cortes Generales

Albert Rivera y Pedro Sánchez en el pleno de constitución de las Cortes. | EFE-J. J. Guillén

La vida no es seria. Pensemos, por ejemplo, en Sherwood Anderson, uno de los mejores escritores estadounidenses de principios del siglo XX. Sherwood escribió un libro estupendo que se llama Winesburg, Ohio, un libro pequeño que habla de vidas pequeñas y momentos imperceptibles, prendidos a una cartulina blanca como las mariposas de Nabokov, con alfileres, intuición y prosa. Fue un escritor autodidacta, padre de la Generación Perdida, mentor de Faulkner. Y una noche, en Panamá, borracho en mitad de una fiesta, se bebió un martini, se comió la aceituna, se tragó el palillo de dientes y murió dos días después, a causa de una peritonitis.

Otro ejemplo: ha pasado más de un mes desde las elecciones y en España nadie quiere ser presidente del Gobierno. Estrategias hay muchas, cabriolas también. Cada partido tiene su hoja de ruta, excepto el PSOE, que tiene varias, tantas como cuchillos afilados apuntando a la chepa de Pedro Sánchez. También abundan las líneas rojas, que son rojas y no de otro color más discreto para que uno sepa exactamente en que momento las cruza. Lo que hay son pocos argumentos. Y mucho tacticismo. Ya te puedes dejar los ojos leyendo el periódico que no encuentras una propuesta, un pedazo de programa electoral o algo que se parezca a un plan de futuro. Como si de repente todos hubiéramos asumido que la política es un capítulo de House of Cards y que aquí lo que entretiene son los golpes de mano, las guerras de puertas para adentro y los navajazos.

El fin del bipartidismo era esto. Puede ser un problema, puede ser todo lo contrario. Es, en todo caso, un desafío para una clase política que lleva demasiado tiempo defraudando a la ciudadanía.

Es inevitable pensar que detrás de los movimientos de Rajoy y Pablo Iglesias hay segundas intenciones, lecturas en clave interna y miradas oblicuas. La renuncia de Rajoy a la investidura pretende hacer saltar por los aires un eventual bloque de izquierdas utilizando la táctica preferida del todavía presidente: no hacer nada y que se maten entre ellos. Es gallego, pero podría ser perfectamente un filósofo chino de esos que se sentaban a la puerta de su casa para ver pasar el entierro de sus enemigos. Puede que incluso le funcione. Que los barones del PSOE empujen a Sánchez a una Gran Coalición que olvide cosas como la banda criminal que ha estado operando todos estos años en la Comunidad Valenciana bajo las siglas del PP.

En Podemos, donde son jóvenes y salvajes, la cúpula ha optado por la táctica de meter el dedo en el ojo. Pablo Iglesias se ofreció a entrar en el Gobierno, se nombró a sí mismo vicepresidente y presentó a sus ministros en rueda de prensa, que es lo que hace uno cuando juega a las cartas y piensa que lleva una buena mano. Un partido fundado por politólogos debe saber bien que las coaliciones de Gobierno siempre desgastan a la segunda fuerza y que los focos, para lo bueno y lo malo, alumbran siempre a quien tiene la presidencia. Por eso el ofrecimiento suena a manzana con veneno, una invitación a que en Ferraz se desentierren las hachas de guerra, ya sin tapujos, y el partido se haga pedazos. Algo debe transmitir el PSOE cuando PP y Podemos coinciden en la idea de que solo hace falta una cuña para que el partido salte por los aires.

El fin del bipartidismo era esto. Sin mayorías absolutas ni suficientes, cuatro partidos tendrán que sumarse y restarse para invocar la tormenta perfecta, una coalición que permita que al menos tres de ellos se unan para formar Gobierno y el cuarto se quede en la oposición, oponiéndose a todo. Puede ser un problema, puede ser todo lo contrario. Es, en todo caso, un desafío para una clase política que lleva demasiado tiempo defraudando a la ciudadanía. En este juego de faroles, miradas de reojo y cesiones de la iniciativa, el PSOE es, hasta nuevo volantazo, el centro de la fiesta. Y las fiestas, no hay que recordarlo, pueden ser peligrosas. Que se lo pregunten a Sherwood Anderson.

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