Caso Zapatero: ¿y ahora qué?
Hace unos días, bajo una cabecera de antiguo prestigio, un periodista se burlaba donosamente de los socialistas, sosteniendo su escarnio en que los pobrecillos no habrían encontrado todavía un argumentario con el que enfrentarse a la desolación provocada por Zapatero. Habrá que admitir que tenía razón el periodista en su amargo sarcasmo: los socialistas parecen desorientados, atormentados a dudas, sin encontrar un supuesto argumentario que les sirva como relato de consigna. Por el contrario, aquel periodista demostraba tener uno y estar bastante cómodo en su desarrollo. Si me lo permiten, y parafraseando a Emil Cioran, no está demostrado que tener sea mejor que no tener.
No se ha valorado todavía el daño que los hechos vinculados a Zapatero están causando en la ciudadanía; tardarán tiempo en asentarse. Y ofrecen tantos perfiles desde tantos frentes, que el ruido hace imposible encontrar algo de luz entre la niebla. Se nos entrelazan discursos en perspectivas política, jurídica y moral, tan diversos que el debate mediático sobre Zapatero se convierte en un fárrago desordenado de vectores con políticos que dan mítines, profesores que dan clases y predicadores que dan homilías. Aunque, en este alboroto, los tres grupos de opinadores están convocados a comportarse como augures que ofrecen pronósticos. Bienvenidos al mentidero.
Según era razonablemente previsible, el rescate de Plus Ultra ha pasado en las últimas semanas a un segundo plano, sepultado bajo el resplandor de otros oropeles. Creo que este aspecto de la investigación, y aquí me vuelvo adivino, tendrá un recorrido tan largo como estrecho: la tesis de que la SEPI dio la ayuda a la aerolínea a instancias de Zapatero no parece que vaya a llegar a ninguna parte, pero, ¡quién sabe! Le investigarán otras cosas, le investigarán todo. En un momento elocuente de su declaración, escúchenlo, el juez le pregunta por Focus Social, una empresa que no parece tener relación con los hechos; Zapatero le hace notar que en el auto judicial que delimita el objeto de investigación y los indicios contra él, de 85 folios, no se menciona a esta empresa ni una sola vez. Calama le responde que de acuerdo, pero que figura en el atestado. ‘No haga caso a mi auto que no vale nada; esto no lo manejo yo’, pudo haber añadido el juez.
Su defensa, aceptando el alcance prospectivo que ha alcanzado la causa, ha dado carta blanca para investigar si tiene sociedades o caudales fuera de España. Y si los tuviera, ¿qué delito sería? Estamos ante un proceso donde el descargo parece inútil. Se demostrará que no guarda dinero en el extranjero y dirán que eso demuestra su culpa: si no aparece nada, será señal de que lo ha ocultado eficazmente bajo la manta de testaferros, como insinuó Leopoldo Puente sobre Ábalos.
¿Qué pasará con el famoso teléfono de Rodolfo Reyes? Mi apuesta es que Calama nunca acordará la nulidad de actuaciones, que sería tanto como reconocer que hizo mal las cosas. El juez ha rechazado la solicitud de Zapatero para profundizar en estas cuestiones; no quiere hacerlo. Es más probable que la Audiencia Nacional nos sorprenda con una nueva doctrina que avale ad hoc esta extraña operativa o incluso que la investigación se desvíe hacia otros extremos no contaminados por esta conducta irregular. Y si, en el caso más improbable, se llegara a constatar una manifiesta y flagrante causa de nulidad en la importación del contenido del móvil, en tal caso sería más fácil que la Audiencia Nacional archivara el asunto aduciendo que los indicios habrían quedado desvirtuados, antes que reconocer haber vulnerado las reglas del procedimiento.
Ahora han imputado a las hijas de Zapatero. Quiero entrever en la decisión de Calama, en la explicación medida de su decisión, una suerte de velada prudencia, aunque tal vez sea mi pura ingenuidad. Les llamará como imputadas porque va a preguntarles por su implicación en los hechos, preguntas impropias para un testigo; las convocará, pues, como imputadas, aunque no está claro qué indicios de qué delitos existen contra ellas. En alguna reforma futura, tal vez nuestra ley pueda inventarse una figura intermedia entre un testigo y un imputado, alguien a quien poder preguntar si participó en los hechos sin necesidad de imputarle antes. Ni puedo ni quiero creer que se las haya imputado para traer al procedimiento una moneda de cambio.
Y en esto aparecieron las joyas. Los diamantes de Bokassa. La tragedia se repite como farsa, como dijo el clásico. Halladas que han sido, Zapatero ha anunciado que dará cumplida cuenta de su origen que, por razón de las eventuales responsabilidades penales, supone aclarar quién se las dio, cuándo, dónde y a cambio de qué.
Los más ancianos recordarán que el Código Civil, conservando enseñanzas de Roma, nos dice que el poseedor de un bien mueble se presume que es su dueño, que lo tiene de buena fe y que no se le puede obligar a mostrar su título de propiedad. No está obligado Zapatero a aportarlo, aunque si no lo hace se arriesga a que se valoren como ganancias patrimoniales ocultas al Fisco y pendientes de tributación. Deberá demostrar que las tenía desde tiempo atrás, en ejercicios ya prescritos, y mejor si se las dieron en España y no las trajo consigo desde fuera. Toda esta documentación le podrá sacar, en su caso, del pozo del proceso penal, pero le arrojará a un foso igualmente pestilente. Será, si se quiere, un juicio de pura moralidad, que tendrá el recorrido político que se le quiera dar; pero reconozcamos que si las joyas fueron el regalo de un jeque árabe, esa hipótesis que me cuesta creer, entonces la palabra de Zapatero ya no vale nada.
Dejaré apuntada la cuestión ética, que no es la mía, pero me parece interesante a raíz de algunas aportaciones en este debate. “Si está mal, no lo hagas, aunque lo haga todo el mundo”. El mensaje de nuestros mayores es más complejo y resbaladizo de lo que parece. La ética nos concede armas para vivir en comunidad, manteniendo la igualdad de trato y el respeto al otro; las normas que nos hemos dado nos enseñan a no pisar cabezas, a no obtener ventajas indebidas, a no aprovecharse de lo injusto. Pero he aquí que cuando todo el mundo obra en sentido contrario, y vulnera lo pactado, respetar el viejo principio no nos resulta neutral, sino que nos perjudica: si nos presentamos a una oposición y todos tienen recomendación con el tribunal salvo nosotros, ¿qué debemos hacer? ¿Será posible que la respuesta más ética sea comportarnos como unos estúpidos?
La respuesta correcta, por sorprendente que parezca, es que sí. Si los sátrapas del mundo inundan de dinero los bolsillos de todos a nuestro alrededor, eso no hace menos reprochable que nosotros lo aceptemos. Lo generalizado de una práctica no modifica la catadura moral de quien la sigue. Deberíamos poder aceptar un perjuicio o una desventaja por defender nuestros principios. (Aunque en este caso, ni siquiera hay principios en juego; no aceptes lo que no te corresponde, ya está).
El plano ético tiene una derivada política, bastante más comprometida. El legado político de Zapatero es inmenso; ese quedará ahí, pase lo que pase, para siempre. Sin embargo, la gente no acepta de buen grado comportamientos que puedan contradecir el discurso que uno ha venido manteniendo; pero no lo acepta no tanto porque los tengan o consideren como comportamientos indeseables o malos por naturaleza, sino más bien porque esa contradicción cuestiona la sinceridad del relato que llevan tiempo escuchando. Ese relato se convierte en lo peor que puede existir: un discurso sugerente, emotivo y valioso, un discurso que dice la verdad en boca de alguien que miente.
Por lo demás, el plano ético también tiene una derivada jurídica, con un recorrido más lábil, difuminado pero evidente. Y es que poner en cuestión la moralidad de un imputado afecta a su línea de defensa: al tiempo que se le desmerece en la opinión pública, se asienta de manera imperceptible el pálpito de que merece una condena. No me lo tomen como una comparación simplista, pero los deleznables mensajes entre Koldo y Ábalos sobre mujeres, por más que impunes, incrementaron el riesgo de su condena, al hacerla más deseable y justa en el sentir de una colectividad asqueada; de forma parecida, también el tráfico de joyas hará más difícil sostener el discurso de inocencia del expresidente en otras cuestiones ajenas a los collares.
En fin, ¡la que está liando Zapatero!, que diría Wyoming. En esta niebla, la confusión nos convierte a todos en tertulianos confundidos, políticos, predicadores, profesores y adivinos petulantes, sin más certeza que nuestra propia melancolía. ¡Qué envidia me dan los periodistas con argumentario!
2