Ceuta, Marruecos y la inmigración
La visita a Ceuta de los Reyes además de para mostrar el apoyo de las instituciones del estado a la población ceutí, ha servido para que las derechas hayan vuelto a insistir en su discurso antimigración. La entrada a finales de julio de ochenta mil migrantes en Ceuta ha producido una situación insostenible para la ciudad. Pero también una crisis humanitaria que está haciendo reaparecer de nuevo el nacionalismo esencialista tan arraigado en las derechas patrias, un nacionalismo identitario de raíces muy antiguas y profundas que odia al migrante, sobre todo si es pobre, que siempre ha tenido mala relación de fondo con Marruecos y rechaza al “moro” y que proclama que en España no cabe el islam, proponiendo la expulsión de los musulmanes. Es el relato de la extrema derecha, que han hecho suyo el PP y todas sus plataformas mediáticas.
Sin duda que el Gobierno tardó mucho en reaccionar e incluso que le cuesta ser firme con Marruecos, cuyas autoridades pudieron hacer más en la crisis y que cuesta entender que como socio fiable no haya actuado previamente. Como ha señalado acertadamente Jesús A. Núñez Villaverde, además de no haber protegido la frontera previendo esa entrada masiva, ha aprovechado lo sucedido para intensificar las declaraciones soberanistas de sus ministros y considerar a Ceuta y Melilla como ciudades ocupadas. Pero ahora hay ya un plan claro y firme del Gobierno para hacer frente a esa situación humanitaria, que se viene ejecutando con eficacia y con garantía de derechos, y el propio presidente viene haciendo declaraciones más exigentes a Rabat.
Sin embargo, las derechas en lugar de apoyar soluciones a la crisis humanitaria, han hecho causa de Ceuta como arma frente al Gobierno, han intensificado el discurso sobre la invasión por parte de Marruecos para generar miedo y, sobre todo, han forzado al propio presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, a poner todas las dificultades posibles para impedir que el Gobierno pueda resolver en un plazo corto y razonable una situación insostenible.
Su único mensaje es que hay que devolver a Marruecos a todas las personas que han entrado en Ceuta, que hay que “echarlas a todas”. El propio Vivas lo ha reiterado ante los Reyes. ¿Echar a todas? ¿También a los menores y a las niñas víctimas de trata, o que han sido violadas en sus familias, o a las que se les ha querido casar a la fuerza con otra persona, todas ellas de una enorme vulnerabilidad? ¿Y sin procedimientos?
Juan Jesús Vivas, que en la crisis de 2021 se había manifestado como moderado y conciliador y que a lo largo de estos años había mostrado un talante humanista, ahora se ha vuelto contra sus propias palabras. En repetidas ocasiones había pedido que los menores que llegaban a Ceuta fueran trasladados a la península, con oposición de las Comunidades gobernadas por el PP, y ahora por PP-Vox, y había venido insistiendo públicamente que no se puede expulsar por las buenas a los migrantes y que en cuanto a los menores, niños y niñas y adolescentes, no acompañados la legislación española -y la europea- establece que su eventual repatriación no puede acordarse de manera colectiva ni automática, sino que cada situación debe ser estudiada individualmente, escuchando a la niña o al niño, y resolviendo siempre en el superior interés del menor. Protegerles es una obligación legal, no una opción política.
Él mismo sufrió los efectos de no actuar así cuando la vicepresidenta de su Gobierno ceutí, militante del PP, junto con la entonces Delegada del Gobierno, fueron condenadas por sentencia de 11 de septiembre de 2025 de la Audiencia Provincial a 9 años de inhabilitación, por la repatriación exprés de 55 menores a Marruecos en el año 2021 con “absoluta vulneración de los derechos de los menores que resultaron totalmente desprotegidos”.
Sin embargo, ahora, a pesar de que Ceuta sufre una “sobrepresión asistencial insostenible”, se opone al traslado a la península de los niños y niñas vulnerables que están bajo su tutela y necesaria autorización, insistiendo en que sean expulsados a Marruecos, incluso delante del Jefe del Estado, aún sabiendo que salvo excepciones no van a poder ser devueltos. Por no mencionar que se echó para atrás del acuerdo alcanzado con el Presidente del Gobierno para el uso de las instalaciones del puerto y las dificultades continuas que viene poniendo para facilitar una situación mínimamente digna de los migrantes que están en la calle.
Por otro lado, la extrema derecha ha impuesto un discurso de confrontación directa con Marruecos, despertando un sentimiento antimarroquí como enemigo, cuando España, y Europa, precisan de su colaboración para garantizar la frontera sur europea frente al yihadismo y controlar los flujos migratorios también a Canarias. Y enseguida le ha seguido Feijóo, un político que se ha mostrado sin principios, optando en tan poco tiempo por la confrontación directa con dos de nuestros vecinos más importantes, con Marruecos, con un discurso muy duro replicado expresamente por el propio Gobierno marroquí, y con Francia oponiéndose a la firma del Tratado entre nuestros dos países.
Este pulso al Gobierno para mantener viva la crisis de Ceuta y desgastar a Pedro Sánchez, unido a la xenofobia ultra que llega a afirmaciones como la de “cazar a migrantes uno a uno”, junto con las agresiones a las ONGs que ayudan en su proceso de acogida, está despertando algunos de los estigmas más profundos del nacionalismo españolista, generando en una parte de la población española un clima antimigración, de deshumanización del inmigrante, que no se había vivido nunca en las últimas décadas. Y que se corresponde también con el de una Europa cada vez más escorada a la ultraderecha.
Hay quien piensa que en la confrontación electoral este tema sólo interesa a las derechas, pero no a la izquierda, lo que no comparto. Creo imprescindible no cejar en la batalla cultural por la justicia social y la dignidad de todos con algunas reflexiones. La primera como socialista: Las fronteras no van a parar las migraciones, que constituyen la clave del conflicto social de nuestra época. En terminología clásica se podría decir que el conflicto de la migración es la expresión más nítida de la lucha de clases del siglo XXI, entre un Norte con alto grado de bienestar y cada vez más cerrado en sí mismo y un Sur colonizado, explotado e incluso esclavizado durante siglos. Las clases pudientes del Norte no quieren ver al migrante, aunque el capitalismo lo necesite como ejército de mano de obra barata a la que somete a la doble explotación como trabajador y como migrante sin derechos. Ello conlleva para la izquierda, incluida la sindical, un firme compromiso por los derechos de las personas migrantes, además de la conciencia de que es necesario mejorar la gestión migratoria para hacer frente a los discursos de odio. Y poner en valor la reciente regularización extraordinaria de personas migrantes, un éxito de país, expresión de una política basada en la igual dignidad de las personas como sujetos plenos de derechos.
Por otro lado, desde el punto de vista democrático, la Europa a la que pertenecemos debe seguir garantizando los derechos humanos de todas las personas que están en su territorio, cualquiera que sea su procedencia, su raza o su religión. Desde la caída de Merckel las derechas europeas vienen deslizándose hacia un discurso ultranacionalista que desprecia al diferente y proclama como esencial la identidad blanca y cristiana, frente a quien tiene otro color de piel o practica otra confesión religiosa. El pluralismo como valor se queda de puertas adentro, pero no para el otro, el diferente, al que se rechaza bajo el lema de la prioridad nacional.
En tercer lugar, me sorprende, o quizás no debería sorprenderme, constatar lo rápidamente que las derechas españolas, que se proclaman católicas, han olvidado el mensaje del papa León en su reciente viaje a nuestro país que tanto aplaudieron. Porque León XIV vino precisamente para insistir en el mensaje de acogida a las personas migrantes -recientemente ha insistido en que la de Ceuta es una crisis humanitaria- recalcando su igual dignidad, así como a llamarnos a convivir con los musulmanes y personas de otras creencias, recordándonos que en España ya hubo una época de convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos. ¿Dónde están los democristianos del PP, que debían levantar esa bandera frente al racismo y los discursos de exclusión y odio? No sé si escondidos o simplemente desaparecidos, arrasados por la ultraderecha y el objetivo de echar a Pedro Sánchez. Incluso parece como si el nacionalcatolicismo hubiera vuelto con fuerza, pues hasta un obispo se ha lanzado a proclamar la necesidad de una nueva Reconquista.
La clave antimigratoria es la cultural, la batalla contra los valores ilustrados, que están en el origen de la Unión Europea, y frente a esa xenofobia al diferente no cabe sino seguir levantando la bandera del humanismo compartido y de la ciudadanía democrática. También en período electoral.
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