Déjennos llorar con furia
Los políticos y medios de derecha de este país no quieren que hablemos de Maricarmen. No les gusta que la lloremos en las calles, que la homenajeemos públicamente o que guardemos silencio en las plazas por ella. Quieren dictarnos el duelo e imponernos una manera sobria y discreta de pasarlo. Nada de llantos ostentosos ni de gritos de rabia. Y que no se nos ocurra analizar las razones por las que ha muerto, que no es el momento. Pero después tampoco lo será, y dirán que ya es tarde para mirar hacia atrás y hablar de las “guerras del abuelo”.
Algunos, además de pautarnos el luto, conscientes de su propia responsabilidad, intentan expiar el pecado con su artillería preferida: el perfil equidistante. Asumen una culpa que, seguidamente, extienden al resto de la ciudadanía. Y enarbolan el refrán español que dice que entre todos la mataron y ella sola se murió.
Estos discursos los escuché muchas veces, tanto por la izquierda como por la derecha. Cuando algo no les conviene, escurren el bulto o comparten responsabilidades, y nos leen el manual del buen comportamiento cívico y emocional ante un funeral, sombra de cierta moral católica. Nos mandan que guardemos silencio ante los muertos. Muy al contrario, si las pompas del fallecido pueden venirles bien, contratan hasta a plañideras. El juego político es amplio.
Si Maricarmen hubiera fallecido de muerte natural, podría entender mejor ese discurso buenista de querer dejar a los muertos en paz. Pero Maricarmen no nos ha dejado en paz; ha sido asesinada. Brutal y públicamente. Un claro estatocidio cometido tanto desde los poderes en funciones como desde la oposición y los partidos políticos que frenaron una y otra vez las leyes que habrían protegido a Maricarmen —y a tantos miles que representa—. ¡Es un asesinato y no nos vamos a callar! Ellos, culpables, son quienes deberían guardar silencio, no el resto. Porque cada vez que escucho a un político pronunciar el nombre de Maricarmen se me rajan las carnes y me juro que jamás de los jamases votaré a un partido con tales representantes —por mucho voto útil del que nos quieran convencer.
La mejor manera de honrar a nuestros muertos —y digo nuestros porque ella ya es la abuela de todas— consiste en recordar sus testimonios. Una de las últimas voluntades de Maricarmen era que su caso sirviera para que la sociedad que sufre se empodere y luche por sus derechos y por sus libertades. Para eso, debemos saber quiénes la han matado, quienes le extirparon el caparazón a la tortuga. Y me temo que este Cluedo está resuelto antes siquiera de repartir las cartas. Buitres sin corazón, rentistas extirpadores, ministerios de contrachapado, presidentas idas, alcaldes sonrientes ante el dolor, fuerzas de seguridad armadas pero desalmadas, y partidos que miran más por la cartera que por el pueblo al que representan. Je vous accuse.
Cumplamos su voluntad.
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