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LOS LANZALLAMAS

Tucker Carlson: ¿Hay vida después de Trump?

Tucker Carlson, durante una entrevista al presidente ruso Vladimir Putin (no aparece en la imagen) en febrero de 2024.
14 de agosto de 2026 22:04 h

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En uno de sus cuentos, Ray Bradbury imagina una nave que viaja a un planeta para intentar resolver una incógnita: ninguna de las misiones anteriores regresó. Una vez allí, la tripulación descubre con sorpresa que ese lugar está habitado por sus antepasados. Los astronautas encuentran la casa de su infancia e incluso a sus padres muertos y a los afectos perdidos. El reencuentro anula toda posibilidad a la razón: se hunden en el mar de las emociones perdidas. Cuando intentan salir a flote, ya es tarde. Quedan atrapados allí para siempre.

Al repasar el decálogo que Tucker Carlson presentó como programa para una posible candidatura presidencial al frente de un tercer partido con el que pretende enfrentar en Estados Unidos al trumpismo y a los demócratas, se tiene la sensación de que cada promesa, cada propuesta, remite a la recuperación de una Arcadia perdida, un lugar que solo existe en el inconsciente colectivo al que solo se llega a través del arte o, en el caso que nos toca, del espectáculo.

Aunque la figura de Trump se asocia a un empresario del sector inmobiliario, se olvida que su popularidad, antesala de su proyección política, proviene de sus años al frente de The Apprentice, un concurso televisivo en el que hizo famosa la frase You´re fired! (¡Estás despedido!) para despachar a los concursantes eliminados (¿hay un gesto más trumpiano?). Tucker Carlson también es un presentador que alcanzó la fama en la pantalla de Fox apoyando las candidaturas de Trump. Como Carlson, además de showman es un buen escritor, gran parte de la agenda presidencial surgió de su programa. La sociedad del espectáculo, tal como la describió Guy Debord, en su máximo esplendor.

Trump, Abelardo de la Espriella, nuevo presidente de Colombia, o Javier Milei no gobiernan: espectacularizan. Según señala el escritor Christian Salmon, quien en su ensayo La Tyrannie des bouffons[La tiranía de los bufones] apunta que la credibilidad de estos dirigentes no reside en la coherencia, sino en el descrédito generalizado que ellos mismos alimentan contra el sistema. Un sistema, el orden democrático, que según los programas de estos líderes se restaura con un regreso a los viejos calendarios. Hacer América otra vez grande (MAGA) promete Trump; volver a la Generación del 80 en Argentina (la élite conservadora que gobernó entre 1880 y 1916), invoca Milei.

Tucker Carlson da un giro (de modo): no se ajusta al perfil del bufón. Su figura no remite a Jerry Lewis; se presenta con el envase de Julio Iglesias, pero tiene peso específico. El periodista Andrew Marantz lo define como un clásico emergente de la élite, educado en colegios privados, “una criatura consumada del establishment de Washington D.C.”. A diferencia del plantel de los bufones, empezando por Trump, es un orador elocuente capaz de decir prácticamente cualquier cosa —incluso lo contrario de lo que afirmó ayer— y hacer que resulte creíble.

En España apenas se le conoce, pero él sí parece entender muy bien el país al punto de ser capaz de interpretarlo desde su propia mirada. En noviembre de 2023, cuando se registró en el Congreso la Ley de Amnistía, Carlson viajó a Madrid para entrevistar a Santiago Abascal y tuvo la deferencia de acompañarlo en una de las manifestaciones diarias de la ultraderecha frente a la sede del PSOE en la calle Ferraz. No hay registro de su voz coreando a los que gritaban “¡Que te vote Txapote!” o “Guardia Civil, empuña tu fusil”, pero sí dejó una entrevista de media hora con Abascal donde articuló un relato tan elocuente como esas consignas.

La conversación grabada en la terraza de un hotel de la Plaza Colón de Madrid, en la que Carlson presenta a Abascal como “un líder que no tiene miedo” podría despertarlo en alguien que ignore la historia española, ya que comienza acusando al actual gobierno de querer “controlar el país de manera ilegal ofreciendo una amnistía a los terroristas” y matiza que algo similar ocurrió en la década del treinta del siglo pasado “cuando miles de personas, en su mayoría cristianos, fueron masacrados, recibieron tiros en la cabeza o fueron enterrados vivos en el inicio de la Guerra Civil Española”.

Esa entrevista no fue emitida en Fox, sino en la cuenta de Carlson en X (17,8 millones de seguidores) ya que a esa altura Rupert Murdoch lo había despedido presumiblemente por los bulos sobre el fraude de las elecciones de 2020, con los que Carlson (entre otros miembros de la cadena) difundieron a conciencia acusaciones falsas alegando que las máquinas de votación de la empresa Dominion Voting Systems se habían utilizado para alterar los recuentos de votos en las elecciones presidenciales. Murdoch pagó 700 millones de euros de indemnización, mucho menos que los 1.600 millones que pretendía la empresa pero, posiblemente, la cabeza de Carlson, el presentador estrella de la televisión de EEUU y principal altavoz de Trump, hizo la diferencia.

En los seis años que estuvo al frente de Tucker Carlson Tonight fue, sin duda, la voz más influyente de la ultraderecha mediática. Durante este período, Donald Trump tuvo el poder ejecutivo, pero Carlson marcó la agenda ideológica. Andrew Marantz señala, como ejemplo, un documental que Carlson produjo y emitió en Fox llamado Let Them Eat Bug [Que coman insectos] donde asegura que la “casta” (la élite liberal estadounidense) para luchar contra el cambio climático pretende imponer una dieta que incluye insectos. “Los ejecutivos de Davos te están metiendo grillos por la garganta!”, alerta Carlson. Si el cambio climático altera, como es evidente, el suministro de alimentos, Carlson toma esta verdad y la modifica con contenido propio. La limitación del consumo de carne sugerido por el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), blanco de las críticas de Trump por su agenda globalista y sus regulaciones, le ofrece este relato. El eslogan I will not eat the bugs [No me comeré los bichos] se hizo rápidamente popular.

Después de la Fox, Carlson montó su propia plataforma de medios, Tucker Carlson Network (TCN) en lo más profundo de los bosques de pinos de la zona rural de Maine. Desde allí dramatiza su disidencia con la política bélica de Trump. Asegura que instó al presidente “docenas de veces” a que no atacara Irán y cuando se desató el conflicto creyó que algo fundamental se había roto, “no solo entre dos hombres, sino dentro del propio movimiento”.

Este trauma es el disparador de su carrera presidencial. Según Politico, la presentación a las elecciones es bastante peregrina y, por su parte, Ralph Nader, el eterno líder del tercer partido en discordia, cree que si Carlson fuera en serio, se sumaría al Partido Libertario, fundado por Murray Rothbard y que aboga por la desaparición total del Estado.

Mientras tanto, Carlson avanza y hace unos días leyó un manifiesto con diez propuestas para respaldar su candidatura.

A lo largo de dos horas y con el título It’s Time to Save America [Es hora de salvar a Estados Unidos], el presentador manifestó su intención de abrir una nueva versión del trumpismo sin Trump, una variante que promete al país liberarlo de la “clase Epstein” (en alusión al pederasta Jeffrey Epstein), en la que ve converger a los dos grandes partidos, incapaces de frenar una contienda nuclear y sumisos ante la explosión de la inteligencia artificial.

El marco que plantea es la decadencia del país y la recuperación, cómo no, de las esencias, a través de un programa que para construir, como observa Salmon en el accionar populista, es necesaria la destrucción. Por esta vía se encadenan una serie de sofismas, a cuál más abstracto: recuperar el optimismo, restablecer la decencia (“solo un país indecente libra guerras sin verse obligado a ello”) y rescatar la belleza. ¿Qué pasaría, se pregunta, si alguien hubiera abandonado el país hace cuarenta años y regresara ahora? Vería un país con mucha más gente (inmigrantes) y menos atractivo, responde. Incluso se llega a poner lírico: teníamos ciudades con encanto, tejados a dos aguas, todo estaba limpio y la gente se esforzaba. La belleza ennoblece, dice Carlson y remata (citando a Keats, nada menos): la belleza es verdad.

Más allá de que se presente a las elecciones (si lo hiciera mejoraría las posibilidades demócratas), la novedad es el arraigo de una narrativa que promete el regreso al País de Nunca Jamás.

Nunca sabes el pasado que te espera, suelen decir los cubanos. Las novedades que trae esta gente forman parte de esa sorpresa.

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