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Opinión - Ceuta, capital Islandia, por Antón Losada

Ceuta, capital Islandia

30 de agosto de 2026 21:58 h

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Decíamos la semana pasada que Ceuta no podía esperar y a los hechos hay que remitirse. Pedro Sánchez y su ejecutivo han apostado agosto a minimizar y contener el impacto de las múltiples crisis que escondía lo sucedido en Ceuta y han perdido. A la amenaza geopolítica y la crisis migratoria, se han ido sumando la emergencia humanitaria, la alerta sanitaria, la alarma de orden público y, finalmente, el riesgo del estallido xenófobo.

Tras perder otra semana en comparecencias ministeriales para convencernos de que los equivocados somos nosotros y no los ministros y ministras, ahora les conviene al Presidente y su gabinete cambiar de estrategia, asumir el liderazgo político y pagar los costes de las escasas y complejas soluciones disponibles. O eso, o un largo y doloroso deterioro.

Todos los diques de contención dispuestos durante el verano han ido saltando uno tras otro. Empeñarse en seguir taponándolos únicamente puede conducir al desastre. El apaciguamiento con un Marruecos que no puede seguir limitándose a no liarla más ya no sirve. Tampoco la conciliación con unos socios comunitarios que se creen en posesión de un inexplicable derecho a exigirnos cuentas. Los parches bienintencionados con voluntarios y asociaciones han de dejar paso a una operación humanitaria con ambición logística, voluntad firme y recursos suficientes.

La sociedad ceutí debe presenciar y percibir la autoridad y la ayuda del Estado de manera visible y efectiva mientras el resto asumimos que también es nuestro problema. Ir a Ceuta en yate a ondear la banderita solo sirve para que patrona y tripulantes se tomen unas cervecitas. Ceuta necesita que los demás territorios asumamos solidariamente la parte debida en las soluciones.

A una mayoría de ciudadanos de Islandia, el país más caro del mundo, no les ha parecido que la Unión Europea y el entorno estable y seguro que hasta ahora han ofrecido el euro o la cooperación comunitaria fueran la solución a sus problemas económicos o geoestratégicos. Puede que contemplar a esa Unión y a sus miembros correr a decirle a España que se ocupara de sus propios asuntos, como si Ceuta no fuera también su frontera, mientras reimplantaban ridículos controles de inseguridad en aeropuertos y estaciones contribuyese a la remontada del No en una consulta que el Sí tenía ganada hace apenas unas semanas gracias a Trump y sus amenazas.

Para qué entrar en una sociedad que te dejaría tirado cuando más la necesitas porque en uno de los socios hay elecciones, en otro acaba de haberlas y en algunos más la extrema derecha o está en el gobierno, o va a estarlo, habrán pensado no pocos islandeses y islandesas. Para eso mejor nos quedamos como estamos y jugamos por nuestra cuenta las bazas de los muchos recursos escasos y estratégicos que la geografía y la geopolítica han puesto en nuestras manos, habrán concluido muchos de esos islandeses e islandesas.

Hoy en Washington y Moscú correrá el champán para celebrar su victoria en Reikiavik. Al final va a resultar que la gran amenaza para el mayor proyecto de cooperación de la historia de la humanidad no eran ni el incompetente Vladímir Putin, ni el fatuo Donald Trump. El peligro está en casa y reside en el pánico emergente entre los líderes europeos y comunitarios.