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Opinión - La matrioska de la vivienda, por Enric González

La ciudad que un día fue nuestra

La ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez, recibe el aplauso del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; la vicepresidenta segunda Yolanda Díaz y la vicepresidenta tercera Sara Aagesen.
3 de octubre de 2026 22:47 h

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Un turista se queja en uno de esos vídeos de consumo rápido y polarizante de que la Puerta del Sol se encuentra en un estado terrible y desagradable por la acampada. Más terrible y desagradable es no tener techo y, además, la ciudad y sus plazas son de esos chavales, los escenarios donde construyen su futuro y el sitio de su recreo, no de los turistas ni de los buitres ni de los inversores que asoman hoy su jeta de hormigón en programas que antaño hablaban de ovnis y apariciones. 

Corre como la espuma que los chicos no se lavan, no madrugan y portan cuchillos para el pan (y el humus) y yo deposito mis esperanzas en una chica con gafas que sigue el pleno del Congreso desde su móvil rodeada de tiendas de campaña. Tumban los decretos, el Mari y el Carmen. Junts vuelve a hacer una de sus jugadas maestras como en la última y caricaturesca venida y huida de Puigdemont, el PP (instalado en el bloqueo y podredumbre) aplaude porque carece de entrañas y la ciudad, cualquier ciudad, se prepara para expulsar a sus hijos un poco más lejos para que el turista pueda vivir una experiencia total en plazas que son decorados vacíos. Una semana de protestas y furia que culmina en un día de desolación. Qué ilusos, creer que se puede luchar contra el capitalismo salvaje que ha parasitado las democracias occidentales y engendrado monstruos. Pero ellos no se rinden y por ellos no debemos rendirnos. 

Noviembre espera a la vuelta de la esquina y quizá venga con elecciones. Imagino a Pedro Sánchez estudiando encuestas e intentando adivinar hasta donde llega el malestar social, ese nudo en la garganta de tanta gente que tiene que ver con la vivienda, el coste de la vida, la desigualdad, la precarización, el deterioro de los servicios públicos y tantos y tantos fallos sistémicos del supuesto Estado del bienestar. O elecciones o acciones, no le queda otra a este gobierno que es incapaz de aprobar un decreto de mínimos que evite desalojos sangrantes y suicidios inducidos.

Ya sabemos la propuesta de la(s) derecha(s), construir sin regular, alehop, como si hasta ahora no hubieran tenido competencias autonómicas sobre el suelo y como si se fueran a sacar de la manga un millón de viviendas en los lugares en los que la gente las necesita. Una buena parte del hemiciclo olía el viernes a pelotazo y billetes de 50 euros, y aún no sabemos quién va a construir esas viviendas, una vez que Vox haya expulsado a millones de inmigrantes, muchos de los cuales se dedican, vaya por Dios, a la construcción. Algo no cuadra, porque hay que construir y construir y a la vez todos los españoles son sufridos y pequeños propietarios temerosos de que el comunismo les expropie su casa. 

Si hablamos de solares, a la izquierda del PSOE malvive un espacio fragmentado que nadie quiere o puede liderar. Las movilizaciones sociales y el debate sobre la crisis de la vivienda les ofrecen una oportunidad (una ventana de oportunidad, dicen los insufribles gurús), pero unas elecciones en noviembre les pillan sin candidato y sin una fórmula electoral definida. ¿Qué proponen, quién tomará las riendas? Cuesta creer que vayan a adecentar su casa en un mes si el último año ha sido un goteo de salidas, abandonos y reedición de errores. En las últimas encuestas, la suma de Podemos y Sumar se mueve entre el 8 y el 9% de intención de voto, once escaños en total, lejos de los 31 que sirvieron para revalidar la coalición progresista. El baile de nombres, desde Bustinduy, que se ha autodescartado hasta tres veces, a Emilio Delgado, Rufián, Irene Montero o Urtasun no se concreta en nada y no sabemos si falta organización, generosidad, inteligencia política o ganas de solucionar los problemas de los ciudadanos. Estos ciudadanos sin ciudades, esas que una vez fueron suyas, nuestras. 

Nosotros, de momento, podemos movilizarnos y comprometernos a votar. Quedarse en casa no es la solución, más que nada porque pronto no tendremos casa en la que quedarnos. Yo votaré, en noviembre o cuando sea, por mí y por la desolada chica de las gafas de la acampada de Sol. Ella no merece menos. 

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