Difusores de bulos, acreditados como prensa en el Congreso

El portavoz parlamentario de ERC, Gabriel Rufián, durante una rueda de prensa en el Congreso de los Diputados.

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El periodismo está dando un paso más en su degradación. Una profesión diferente que consiste en manipular la verdad y difundir bulos se ha colado en la cadena trófica del derecho a la información e incluso de la democracia. No es mal periodismo siquiera, simplemente no es periodismo, aunque se emita con las formas y cauces de la comunicación. El daño peor es que ya se está asimilando al resto de los medios como si formaran parte de lo mismo. Sus objetivos no son dar noticias veraces a los ciudadanos sino servir a diversos intereses. En la política, por lo general, a favor de la derecha y ultraderecha.

De repente nos topamos en las retransmisiones de las ruedas de prensa del Congreso con personajes que preguntan a los políticos como si fueran periodistas. En algunos casos pesan sobre ellos condenas por mentir e inventarse entrevistas y ya tienen que ser gruesas sus fechorías para que en este país que nos abofetea de la mañana a la noche con algunas portadas, tertulias y tratamientos informativos de pasmo, se haya llegado a penar su conducta.

Están acreditados en el Congreso. Alguien les ha dado esa licencia que usan para convertir la Cámara legislativa de la representación popular en una tertulia de la infra-caverna mediática que es donde suelen operar. Si a estas alturas quien se ocupa de prensa no sabe distinguir entre periodismo y bazofia de agitación es que el problema se agrava y está mucho peor aún de lo que pensamos. Y, sí, sabemos que algunas cadenas se han dedicado a lavar medios de patraña y propaganda, pero que esto llegue a entorpecer el trabajo de los diputados para seguir creando confusión son ya palabras mayores.

El asombro –relativo- llega cuando la Asociación de la Prensa de Madrid saca un comunicado en el que “reitera su llamamiento a periodistas y políticos para que desarrollen sus relaciones en un clima de respeto mutuo. Con objeto de favorecer el ejercicio de la libertad de expresión y el derecho de los ciudadanos a recibir información”. Dado que se refieren al caso reciente entre un manipulador y un político, no se comprende que utilicen la palabra periodista, ni que entiendan que de ese modo se favorece otro derecho ciudadano que el pasmarse ante la podredumbre a la que estamos llegando.

Es la misma teoría del PP. Varios líderes han reaccionado con su característica hipocresía a la nota suscrita por varios grupos parlamentarios para que se evite “la falta de respeto” de “personas acreditadas en la Sala de prensa” –adecuada definición- hacia algunos políticos “que se están convirtiendo en careos ideológicos”. El presidente de Andalucía, Juanma Moreno, se apunta a esa concepto. Observen que llama “prensa” a lo que no es –a no ser que se refiera a un instrumento que comprime la verdad-, apela al PSOE y extrae del resto de partidos a dos comodines para su público.

También otro destacado miembro del PP, Pablo Montesinos, antiguo empleado en Libertad Digital para publicar sus cosas, se ha permitido hablar de censuras y derechos ciudadanos.

En realidad, el mensaje se ha infiltrado a través de la continua presencia en los medios de la ultraderecha y asimilados, como pueden ser algunos dirigentes del PP. En una modalidad tan desinformadora como dejarles decir cualquier mentira sin aclararla con los datos reales. Crecidos y seguros de su impunidad al punto de ver a la portavoz del PP, Cuca Gamarra, soltarle a un presentador, profesional solvente, que está blanqueando a ETA.

La alianza de la ultraderecha mediática con la ultraderecha política es lo que ha envenenado a la sociedad más débil en criterios. Es repugnante que se nos insulte a los periodistas equiparándonos a esta mugre manipuladora. De entrada, ensucian nuestra profesión como concepto. Los ciudadanos cada vez tienen peor opinión de los periodistas, cuando los hay excelentes y que asumen riesgos por contar la verdad. Y ser denunciados… por el PP precisamente. Les ha ocurrido a los periodistas de Infolibre Alicia Gutiérrez y Daniel Basteiro –como director en este caso-  que este jueves tuvieron que comparecer en el juzgado acusados de “revelación de secretos” con una pena que conlleva hasta cinco años de cárcel.  Lo mismo que en su día Ignacio Escolar y Raquel Ejerique, denunciados por la expresidenta de Madrid Cristina Cifuentes. La querella fue archivada después de tres años de permanecer a expensas de esa espada de Damocles. Porque nunca se sabe con la justicia, dado cómo funciona esa otra parte del problema español.

Resulta pasmoso que se atrevan a confundir el periodismo con lo que hace tanta gente en España. El mundo entero, España incluida, muestra que esta profesión es otra cosa. Hace apenas diez días fue asesinado el periodista somalí Abdiaziz Mohamud Guled, de 43 años. Era Director de Radio Mogadiscio. Valiente y progresista, denunciaba el terrorismo yihadista, que presuntamente fue el que lo mató. Y cada vez que se lee algo así, se redobla la rabia porque igualen ser periodista con lanzar bulos sentado en un plató de TV o ahora en la sede del Congreso.

A estas alturas, nadie con los ojos abiertos a la realidad duda de la aplastante influencia que han tenido los medios en lo que nos ocurre, en la deformación de tantos valores esenciales. Vivimos en un clima casi bélico que ampara la corrupción y desmanes diversos. Por esa vía entró la ultraderecha en el Parlamento para imponer su ideología contraria a preceptos democráticos incluso.  Así, enmascarando sus lacras e inflando supuestas virtudes, han logrado colocar productos políticos realmente tóxicos para la sociedad.

Esa derecha reaccionaria que muestra el mismo respeto por la justicia o todo lo que compone el bien común sigue extendiendo sus tentáculos sin freno. Hasta ahora el periodismo andaba en un proceso de degradación aunque dentro de los cauces habituales, por muy podridos que pudieran llegar a ser. Haciendo mucho daño, sin duda. Si ya amparan –al nivel del Congreso- a los generadores de fake news, de calumnias y crispación, se han superado todos los límites de lo admisible. Cambian la percepción de lo real y cuelan lo más inverosímil como cierto, siempre bajo sus intereses. Han entrado, en efecto, en la cadena que alimenta la democracia y como un virus se extienden por el cuerpo social. Por este camino, cada vez más enfermos. Pero tiene solución. Como primer paso, a ver ¿quién diablos ha autorizado a esa gente que no ejerce el periodismo a convertir el Congreso en una gresca tertuliana de la peor especie?

En el fondo, el diputado de ERC Gabriel Rufián hizo esta vez lo adecuado: se negó a contestar. Y es lo que ha motivado la revuelta. Que cunda el ejemplo, como mínimo.

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