Felipe González y la pata de Pablo Iglesias

Pablo Iglesias en Barcelona

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Felipe González ha hablado de nuevo. Lo ha hecho con motivo de un encuentro organizado por Euroforo Vocento titulado 'Europa, Europa. Ser o no ser'. Aprovechando los tintes cinematográficos y hamletianos del título de esta convocatoria, presentada y moderada por el director y la subdirectora del diario ABC, Felipe González tiró de sobreactuación, en forma de sarcasmo, para volver a la obsesión principal de su jubilación política: la fobia a Podemos y a su secretario general y vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias. Preguntado por las declaraciones de Iglesias sobre el déficit de calidad democrática en el Estado español, Felipe González no solo manifestó que éste había metido la pata, sino que prefería que no sacara la pata de lo que él considera un error. Tal es su inquina por Iglesias, tan por encima está de su periódicamente proclamada preocupación patriótica, que prefiere equivocado al socio de Gobierno de su propio partido, lo prefiere quebrado.

Ateniéndonos a las declaraciones con las que cada tanto nos sorprende el socialista, en poco ayuda lo que diga a una situación política ciertamente preocupante, pero ya que le ponen luz y taquígrafos delante Felipe González podría haber vuelto a hablar para decir algo constructivo, conciliador, inteligente, algo que pareciera emanar de esa sabiduría de la que ha de dotar una reconocida experiencia. Podría, más aún, haber aprovechado el micrófono que gentilmente le ofrece la Historia para manifestar público desprecio por otros personajes políticos que están suponiendo un peligro real para “la plena normalidad política y democrática en España”, como diría un Iglesias que al menos hace el esfuerzo, como persona de izquierdas, de expresar cierta honestidad ideológica. Sería mucho pedir a alguien, socialista preocupado, que ha clamado a las derechas por lo que denomina "sucesivos pactos de Estado".

Felipe González podría haber aprovechado para decir algo sobre el posicionamiento de Vox en la política española, sobre el blanqueamiento de la ultraderecha y la normalización de sus postulados xenófobos, racistas, homófobos, pero prefirió hacer un chascarrillo grosero sobre la pata de Pablo Iglesias. Felipe González podría haber aprovechado para decir algo sobre la condena a prisión de Pablo Hasél y la vulneración de la libertad de expresión, pero prefirió la pata de Iglesias. Podría haber aprovechado para comentar algo sobre el hecho de que nos hayamos enterado ahora de que M. Rajoy es Mariano Rajoy, sobre Bárcenas y Álvaro Lapuerta y la Operación Kitchen, sobre Cospedal y Acebes y Arenas y Álvarez Cascos y Rato. O sobre el errático Casado y ese PP de entonces que dice que ya no existe. O sobre Villarejo y las cloacas del Estado. O sobre la situación humanitaria de los migrantes en Canarias. O sobre los hospitales, el personal sanitario y las vacunas de Isabel Díaz Ayuso. O sobre el paradero de Juan Carlos de Borbón, el colegio de la niña, el rótulo de los despidos y las televisiones públicas. Incluso podría haber aprovechado para decir algo sobre el lamentable espectáculo transfóbico que está dando la ministra Carmen Calvo a cuenta de la tramitación de la ley estatal para la igualdad real y de trato de las personas trans, personas que la socialista como él ha dicho que suponen "una amenaza real para la identidad de los españoles". Por poner algunos ejemplos.

Pero no. Felipe González ha vuelto a hablar para menospreciar a Pablo Iglesias, el sujeto político de su obsesión. Lo cierto es que le obsesiona porque Iglesias dice unas verdades que no favorecen a su jubilación de puertas giratorias. Dice que "vivimos en una democracia limitada por los poderes económicos", y es verdad. Dice que vivimos en una democracia "limitada por los poderes mediáticos", y es verdad. Dice que el presidente Sánchez es "un monárquico convencido" mientras que él es republicano, lo dice porque "hay quienes siempre tratan de mandar sin presentarse a unas elecciones", y es verdad. Dice que "señalar con toda la crudeza las carencias de nuestra democracia es condición de posibilidad para mejorarla", y es verdad. Dice que "señalar los límites, los fallos, las vergüenzas de la democracia es el mayor compromiso democrático posible", y es verdad. Por eso desata el odio de la derecha corrupta, de los diplomáticos serviles, de los políticos jubilados que ocupan sillones en consejos de administración, de los socialistas que no son de izquierdas. De Felipe González. De los que llaman "infamia" a la verdad. De los que prefieren la verdad con la pata quebrada.

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