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Antes todo internet era campo

5 de abril de 2026 21:32 h

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Tú no te acuerdas porque eres muy joven, pero hubo un tiempo en que internet molaba. Un tiempo en que Facebook era un sitio para encontrar amigos, Twitter una plaza pública donde intercambiar información interesante y memes simpáticos mientras deseabas un feliz viernes a tus seguidores, Amazon un bazar planetario que eliminaba intermediarios para que todo fuese más barato y prometía hacer las entregas con drones voladores, Apple era una manzanita cuyos dispositivos revolucionarios te hacían sentir distinguido (podían tomarte por diseñador). Y Google era un buscador asombroso que te facilitaba cualquier investigación.

En aquel tiempo, cuando todo esto era campo, los dueños de las tecnológicas parecían los graciosos protagonistas de The Big Bang Theory. Miles de empollones querían ser como ellos, iban a ser como ellos, porque cualquiera que tuviera una buena idea podría compartirla y desarrollarla, y sin dificultad encontraría quien se la financiase. Hasta nuestros hijos podrían conseguirlo, y para eso quisimos digitalizar las escuelas, sustituir libros por tablets, darles competencias digitales por encima de cualquier otra alfabetización. Ah, y la economía colaborativa nos iba a facilitar la vida.

A la vuelta de unos años, los mismos nerds de Silicon Valley se sientan con traje y corbata en la primera fila de la toma de posesión del presidente Trump, a cuyo programa antidemocrático entregan su tecnología de vigilancia y nuestros datos. Facebook nos espía y comercia con nuestra privacidad, Twitter es una ciénaga ultraderechista en manos de un villano de Marvel, Amazon es un casi monopolio que impone precios y condiciones abusivas —y sus entregas no llegan en dron, sino con trabajadores explotados en sus propias furgonetas o en patinete—, Apple perdió toda distinción al copiar las mismas prácticas sucias de cualquier multinacional —incluidos el espionaje y la venta de privacidad—, y Google es el único buscador, te guste o no, y por eso cada vez funciona peor sin que a nadie le importe. En cuanto a nuestros hijos, rogamos a los gobiernos que los saquen de las redes, aunque sea al precio de recortar libertades o darles más poder a las tecnológicas. Ah, y la economía colaborativa condujo a la uberización de sectores enteros.

¿Qué pasó entre medias? O dicho con el parafraseo más manido de la literatura, ¿en qué momento se jodió Internet? Para contestar a la pregunta me he leído esta Semana Santa dos libros que te recomiendo, si tú también sientes el desencanto digital: Mierdificación, de Cory Doctorow, y Redes vacías, de César Rendueles. El punto de partida de ambos es similar: Internet se ha ido a la mierda, aunque diría que Doctorow participó en su día en el entusiasmo digital, mientras Rendueles podría hoy bien soltarnos un “¡ya os lo dije!”, pues desde primera hora fue muy crítico con las “ilusiones ciberfetichistas”, y no le sorprende el actual cibercatastrofismo, tan pasado de rosca como aquel ciberutopismo, en golpe de péndulo.

Doctorow evoca con gracia el “Internet bueno y querido” que tuvimos un tiempo, y que puede sonar al “eran mejores las maquetas” que decimos de un grupo de rock vendido a la industria. No cae en ninguna nostalgia, y sí analiza con ejemplos detallados la manera en que fuimos perdiendo las defensas que en los primeros tiempos de Internet impedían que se acabase convirtiendo en “el gigantesco montón de mierda” que es hoy. No es que aquellos entrañables nerds fuesen mejores personas, en realidad eran los mismos señores tecnofeudales que hoy se sientan con Trump, solo que entonces no podían hacer lo que hoy hacen sin consecuencias.

Por su parte Rendueles recuerda, sin hacer sangre (y bien podría hacerla), las esperanzas ciberutópicas que las sociedades, gobiernos, activistas, creadores y cualquier de nosotros tuvimos veinte años atrás. Un entusiasmo colectivo que permitió volcar en lo digital enormes recursos públicos y privados, un “proceso de acumulación originaria” en terminología marxista, que resultó ser “el medioambiente idóneo para que prosperen algunos de los mayores oligopolios de la historia, megacorporaciones que ningún Gobierno está en condiciones de controlar.”

Lo mejor de ambos autores es que no se quedan en la queja, el lamento ni por supuesto la nostalgia: hay esperanza, no todo está perdido. Como dice Doctorow, Internet no es la principal lucha, hay otras más importantes, pero sí que es el campo de batalla para muchas de esas luchas. Así que habrá que disputarlo. Vamos.