La barbarie conectada
Hace años me asombraba de que, a pesar de nuestras imperfecciones, la humanidad lograra mantener una distancia media soportable gracias al invento de la cortesía, tal como ilustraba Schopenhauer con su fábula de los puercoespines. Hoy, observando el patio de vecindad global en que se han convertido las redes sociales, temo que hemos dinamitado ese equilibrio.
Las pantallas han eliminado la distancia media, pero no para acercarnos en busca de calor, sino para devolvernos a un estadio salvaje. Desprovistos de la urbanidad, la diplomacia y el respeto que tanto nos costó cultivar para salir de las cavernas, el entorno digital ha desatado una preocupante crueldad voluntaria. Ya no nos pinchamos por accidente al intentar convivir; ahora afilamos las espinas a propósito, amparados en el anonimato o en la impunidad de un teclado, disfrutando del escozor ajeno.
Es la paradoja de nuestro tiempo: nunca tuvimos tantos medios para comunicarnos, ni tanta facilidad para destrozarnos. Si la cortesía era el freno de mano contra nuestra propia naturaleza repulsiva, al perderla nos queda solo una barbarie hiperconectada donde el linchamiento es el nuevo entretenimiento común.
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