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David Summers no chochea

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El título iba a afirmar, pero he preferido la lítote, porque es más exacta. Nada de irónica, sino precisa.

Yo bailé las músicas de Hombres G, no porque me gustaran mucho, pero las bailé hasta caer rendido porque es lo que rompía por entonces. Y canté sus letras, que me sabía de memoria: no había mejor manera para estar en la cresta de la ola. Igual que me sabía de memoria aquello de “Que llueva, que llueva, / la Virgen de la Cueva, / que se mojen los gitanos / y mi padre no” tarareé miles de veces a mis quince años lo de “sufre, mamón, devuélveme a mi chica”. Repetíamos sin pensar en lo que decíamos, como hoy muchos chicos y chicas de quince años repiten las letras machistas del reguetón sin saber lo que dicen. Eso no significa que hace cuarenta años la primera letra no fuera racista ni la segunda machista. Significa que lo que llamábamos libertad se basaba en lo que nos habían contado después de cuarenta años de dictadura: machacar al débil, desde la posición de hombre blanco y si podía ser, como lo era ya entonces David Summers, niño pijo del barrio de Salamanca y Parque de las Avenidas.

Claro que por entonces nos reíamos de los chistes de negros y mariquitas de Arévalo y del “mi marido me pega” de Martes y Trece. Iba en consonancia con la arrogancia de una democracia titiritera que nos habían impuesto a golpe de cetro real, botas militares e incienso pascual.

También el señor Summers sabrá que hace noventa años se hacían chistes de judíos que se quemaban en los hornos. Puestos a añorar siempre uno puede pensar en que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Pero, por suerte, había un humor, como el de Pedro Almodóvar, más inmortal e imperecedero (a sus películas me remito), que despuntaba, desde el otro lado de la homosexualidad y la transexualidad, el chiste hecho desde el otro lado, que venía a demostrarnos que otra mirada era posible. Ya en los ochenta. Y no en vano de Martes y Trece hoy recordamos más su humor absurdo mientras que del de Arévalo, que él sí que chochea, pocos recuerdan algo más que chabacanería pasada de moda.

Sin embargo, David Summers no, él no chochea. Su modelo siempre nos vendió que la libertad gritona consistía en que el varón está por encima de la mujer y el chulo pijo por encima de todos, también del “marica” y la“ tortillera”, que el macho tiene derecho a reclamar a “su” chica y que los hijos de papá tienen más derechos en este país clasista y discriminatorio. Que la libertad consiste en poder pagarte las cogorzas de lujo, que el humor es más divertido si machacas a alguno, que ser gamberro oficial es más chulo cuando se es más chulo que nadie. Y que, puestos a despotricar, no hay que despotricar contra los jugadores de la selección ni los “artistas” (así llamados).

Al señor Summers habría que decirle que sí, que los jugadores son también, y más que ninguno, cómplices de un Mundial infame. Lo son todos ellos de que en este mundo miserable no se plantee otra mirada, por mucho que sean de la jet-set como Summers; lo son de ser modelos negativos, insolidarios, arrogantes, machistas, racistas y homófobos ante una sociedad que, por otros lados, presenta otros modelos que a él y, quizás a ellos, les molestan.

Sin embargo, según el señor Summers, contra ellos no hay que despotricar, tampoco contra los “artistas” que van a cobrar millones por una actuación; porque el pobre miserable que trabaja 12-14 horas al día con contratos infames y que el único aliciente que tiene en la vida al llegar a casa es el de poner la televisión y verse un partido del Mundial (si acaso con una cervecita fría del súper) es igual de cómplice que esos modelos negativos. Hay que tener la cara dura.

No, David Summers no chochea como Arévalo. Porque David Summers es el eterno gamberro guay y Arévalo chocheó siempre, incluso desde antes de nacer, esencia de una España casposa y aceitosa. Ellos representan las dos miradas, supuestamente antagónicas, hijas del infame “Consenso”, pero en el fondo idénticas, las de la infame Transición de las que nos tocó ser hijos.

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