La factura de la ceguera
Europa es hoy un viejo aristócrata arruinado que aún cree que su apellido le bastará para imponer respeto en un mundo que ya no reconoce su linaje. Hemos pasado décadas sesteando bajo el paraguas ajeno, cultivando un jardín de derechos que no estamos dispuestos a proteger, mientras en las fronteras se afilan los cuchillos. Es la tragedia de quien confunde la civilización con la simple comodidad y la diplomacia con una rendición preventiva disfrazada de tolerancia.
El error no fue solo económico; fue un fallo de carácter, una dimisión del instinto de supervivencia. Nos entregamos a la energía rusa por pereza, a la tecnología americana por desidia y a la manufactura china por una avaricia cortoplacista. Ahora, el despertar es un trallazo de realidad en mitad de la noche. Bruselas, ese laberinto de moqueta y despacho donde se amontonan los expedientes sin pulso, ha olvidado que el tablero internacional no es una asamblea de naciones educadas, sino un escenario implacable donde el que no tiene voz propia acaba siendo el eco de los demás.
Cabe preguntarse, con la mirada fría de quien exige cuentas, a qué políticos de Bruselas debemos pedir responsabilidades por este desastre. A esos tecnócratas de sonrisa ensayada no les pagamos para que caminen sonámbulos hacia el abismo, ni para que gestionen nuestra decadencia con una indiferencia administrativa que hiela la sangre. No les pagamos para que cometan errores estratégicos que estamos pagando tan caros hoy, y que nuestras próximas generaciones heredarán como una hipoteca existencial. Su negligencia no es un error de cálculo; es una deuda de soberanía que recae sobre los hombros de quienes jamás pisarán sus moquetas. No se les paga para claudicar ante la primera tormenta, se les paga para tener la lucidez de evitar que el barco se estrelle contra las rocas.
Se respira en el aire ese olor a derrota institucional. Falta el valor de los que saben que la libertad se defiende cada día y que la autonomía no es algo que se mendiga en los pasillos de Washington o Pekín. Hemos construido un gigante con pies de barro tecnológico, capaz de regular el último detalle de la vida cotidiana, pero incapaz de asegurar su propia energía o de mover un batallón sin permiso externo. Es el absurdo elevado a política continental: el ciudadano se siente un extraño en su propia casa, atrapado en una maquinaria que parece haber olvidado para qué sirve el poder si no es para proteger a los suyos.
La fuerza bruta de los hechos nos golpea la cara mientras seguimos discutiendo tecnicismos en comisiones infinitas. ¿Qué queda entonces? Queda la tierra, la realidad cruda que no entiende de eufemismos, y la verdad desnuda de nuestra vulnerabilidad. O Europa recupera el aliento épico y la honestidad brutal de mirar a los ojos a su propia irrelevancia, o acabará siendo un parque temático de glorias pasadas para visitantes que vienen de lugares donde todavía se atreven a construir el futuro.
Si no hay nervio en la palabra y responsabilidad real en el cargo, no habrá mañana. El resto es silencio, burocracia y el peso insoportable de un aire que cada vez cuesta más respirar.