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La hipocresía del “anti-IA”: el arte como coartada

Juan Esteban Ruiz

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Hace unos días, en Bluesky, respondí a una de tantas campañas contra el uso de inteligencia artificial en publicidad. Escribí:

“Aquí un pintor, licenciado en Bellas Artes, que bloquea a los anti IA y les grita:

→ Hay que ser hipócrita, y cansino, para a estas alturas censurar el uso de la IA en publicidad, poniendo como buena praxis el diseño gráfico hecho con ordenador o tablet.

¡Si Toulouse-Lautrec levantara la cabeza!“

Si bien recibí numerosos bloqueos, alguien respondió con corrección: “sin ánimo de conflicto, por curiosidad, ¿por qué lo consideras hipócrita?”. La pregunta era pertinente y, con las limitaciones de la plataforma, le respondí en un hilo que recupero y amplío aquí.

La mecanización no es nueva. Tampoco la inquietud que genera. Lleva siglos atravesando todas las prácticas humanas, incluida la artística. Conviene, sin embargo, precisar: la tecnología no llega para “mejorar” la capacidad humana, sino para optimizar procesos, reducir tiempos y escalar producción. Confundir eso con una amenaza al arte —entendido como expresión humana— es mezclar planos distintos. Si acaso, el conflicto afecta más a la artesanía que al arte.

En Bellas Artes aprendimos a preparar nuestras propias pinturas: pigmento, aglutinante, soporte. Hoy nadie discute el uso de pintura industrial ni de lienzos producidos en serie. Esa sustitución de lo manual por lo industrial ya ocurrió y fue asumida sin un debate moral sostenido. Por eso conviene distinguir con precisión: no es lo mismo arte que artesanía.

Tampoco es lo mismo arte que industria cultural. Crear no es lo mismo que producir para un mercado. La publicidad está orientada, ante todo, a objetivos de comunicación, marketing y eficacia. Puede incorporar valor estético, pero su finalidad no es artística en sentido estricto. Y eso no la deslegitima; simplemente la sitúa en otro lugar.

La historia del arte, además, desmonta cierta idealización contemporánea. Muy pocos artistas han vivido exclusivamente de su obra. El mercado siempre ha estado mediado por marchantes, coleccionistas y estructuras de poder. Henri de Toulouse-Lautrec, hoy canonizado, realizó carteles publicitarios por encargo, integrando esa industria en su práctica artística. No hay contradicción: hay contexto.

Hoy esos carteles los realizan diseñadores que trabajan con herramientas digitales. Su práctica profesional depende de software, hardware y flujos de trabajo técnicos. Eso se ha naturalizado hasta volverse invisible. No se cuestiona la herramienta cuando ya ha sido asimilada; se cuestiona solo cuando incomoda.

La inteligencia artificial no irrumpe en un vacío. Es una herramienta más dentro de una cadena tecnológica que lleva décadas en funcionamiento. De hecho, ya está integrada —de forma visible o invisible— en buena parte de los procesos profesionales contemporáneos. La diferencia es que ahora la herramienta es más autónoma, más opaca y, sobre todo, más incómoda.

Por eso hablo de hipocresía. Porque se acepta toda la tecnología previa sin fricción, pero se traza una línea moral justo aquí, como si este punto fuera cualitativamente distinto. Y no lo es tanto. Lo que cambia no es la naturaleza del arte, sino las condiciones del trabajo.

No se está defendiendo “lo humano” en abstracto. Se está defendiendo un marco profesional que percibe una amenaza. Y eso es legítimo. Pero no lo es presentarlo como un argumento ético universal ni como una defensa del arte.

Si el problema es laboral, hablemos de trabajo. Si es económico, hablemos de distribución de valor, derechos y regulación. Pero no utilicemos el arte como coartada moral para un conflicto que pertenece a otro ámbito.

Sin conflicto, no hay cultura. Pero sin precisión, solo hay ruido.