Hombre soy; nada humano me es ajeno
Conforme al pacto con VOX al que recientemente ha llegado Carlos Mazón, presidente del gobierno valenciano del PP, para que la ultraderecha apoye la aprobación de los presupuestos de esa Comunidad, se ha eliminado, de esos presupuestos, por exigencia de VOX, la totalidad de la partida de Ayuda Oficial al Desarrollo, dinero que dedican anualmente las diferentes administraciones de los países desarrollados para ayudar al desarrollo de los países pobres, uno de cuyos objetivos, al tratar de reducir su pobreza y mejorar sus condiciones de vida, es evitarles o mitigarles a sus ciudadanos la necesidad de emigrar de forma irregular a los países ricos.
Bien; pues según datos de organismos oficiales y de organizaciones de ayuda a los inmigrantes que llegan a las costas españolas en cayucos y otras embarcaciones similares, procedentes de las costas africanas, tanto a través del Mediterráneo como a través del Atlántico por la llamada “ruta canaria”, se calcula que, en 2024, entraron en nuestro país unos 58.000 inmigrantes irregulares, de ellos unos para quedarse en España y otros en tránsito hacia otros países de la Unión Europea. Insisto en el calificativo “irregular”, porque aborrezco el de “ilegal”, que me perece un término peyorativo y xenófobo, ya que ningún ser humano es ilegal si no ha cometido ningún delito.
Esa cifra de 57.000 es estimativa, porque, al haber llegado a España esos inmigrantes al margen de las vías regulares, se desconoce la cifra exacta de los que entraron. La que sí se conoce es la cifra de los que se tiene constancia que NO entraron, porque murieron tragados por el mar en su intento por llegar a la “tierra prometida”: 10.457. Solo en un año, 10.457 de esos seres humanos, que trataban de llegar a nuestro país a trastornar nuestra apacible y confortable existencia, se quedaron por el camino, engullidos por el mar.
Como digo antes, fueron 10.457 aquellos “de los que se tiene constancia” en 2024, porque ese mismo año, como los años anteriores, hubo otros muchos muertos de los que no se tiene esa constancia, porque no quedó nadie para contarlo.
“Hombre soy; nada humano me es ajeno” (Publio Terencio, el Africano. Roma. 165 a.c.).
Seguramente Publio Terencio no pudo imaginar hasta qué punto su breve reflexión sería cierta y tendría vigencia casi 22 siglos más tarde, en pleno siglo XXI. Porque no puede sernos ajeno el que millones de personas carezcan de los medios imprescindibles para poder llevar una vida digna, y por eso algunos vienen a buscarla a nuestro opulento mundo desarrollado, ya que la falta de agua potable, de alimentos suficientes, o de asistencia sanitaria, por mencionar solamente algunos aspectos, imponen una terrible e insoportable losa sobre sus espaldas. Porque no podemos quedarnos de brazos cruzados ante esa situación tan injusta. Y porque si esas personas no pueden vivir dignamente, entonces mi vida tampoco es digna.