Melody
“Currante” vale para definir a este producto del show business. Su currículo reza: cantante, compositora, actriz, modelo, productora y presentadora. En el tajo desde que El Fary la apadrinó a los 9 años, en 25 ha compaginado escenarios e industria musical con estudios de canto, guitarra clásica, piano e interpretación. Ejemplo de emprendedora, empoderada si se quiere, es una mujer hecha a sí misma que también encaja en los viejos tópicos del refranero: “aprendiza de mucho, maestra de nada” o “quien mucho abarca, poco aprieta”.
Pocas como ella, en cuanto a tenacidad y preparación, sobreviven buscándose la vida en la vorágine del efímero panorama del espectáculo que traga y excreta divos y divas por un día con la fluidez de las especies carroñeras. Existen voces virtuosas, instrumentistas virgueras, letristas inmortales y linajes que dan acceso al olimpo pasajero de la popularidad y exigen un trabajo continuo para mantenerse arriba. Quienes carecen de estos dones suelen recurrir a atajos como el trabajo en la carretera o cualquier otro que les garantice audiencia y tirón.
Las comparaciones son odiosas, pero basta comparar a Ana Belén, Carmen París, Rozalén o Rosario Flores con Melody para ver que la valía y el esfuerzo siguen caminos diferentes en cada caso. Melodía Ruiz debe esforzarse el doble, o más, para obtener la mitad o echar mano de ardides para llamar la atención y hacerse un hueco. “El baile del gorila” la colocó en radio, televisión y conciertos y lo aprovechó para aprender maniobras de acceso veloz a la fama, como enseñar carnes si eres mujer, arreglos disco en la música y letras pegadizas.
Los pies de barro juegan malas pasadas a dioses y divas. Es habitual que un ídolo caiga cuando se engorila y piensa que cualquier locura que haga o dislate que diga lo celebrarán el público en general y sus fans en particular. Sentirse por encima del bien y del mal es a la vez tentación y error humano. Una persona mal amueblada recurre al Ikea del pensamiento, un catálogo de ideas “asépticas” y aceptadas sin cuestionar qué porcentaje de su éxito responde a la calidad y cuál a la publicidad. De igual manera funcionan los argumentarios.
La derecha populista ha implementado eslóganes de gran éxito entre una ciudadanía harta de los tejemanejes del bipartidismo: “ni de derechas ni de izquierdas”, “opinar (en su contra) es ideología” o “mostrar desacuerdos (con ellos) es hacer política”. La galaxia del glamur es consciente del hartazgo popular hacia la clase política y el famoseo ha encontrado en estos clichés una forma de nadar y guardar la ropa, ocultar su inanición intelectual, proteger el negocio para no perder audiencia de ninguna clase y, en definitiva, soplar y sorber a la vez.
Al ser preguntada “¿Qué opinas del genocidio de Israel en Gaza?” Melody responde “Sobre política no voy a pronunciarme. Lo mío es el arte”. “Voy a dar mi opinión como artista, de la otra parcela no voy a hablar porque no es la mía”. No es el primer caso, ni el único, ni el último. Es una artista, otra más, contagiada por el virus inhumano e insolidario que afecta a una sociedad corresponsable de más de 50.000 asesinatos, niños y mujeres en su mayoría, un genocidio que ha competido por la audiencia diaria en el Benidorm Fest y en Eurovisión.
La diva “valiente y poderosa” ha pisado a Gaza para brillar, ha acallado su voz (¿qué más da?) y ni siquiera es libre para opinar como un pez en una pecera. La diva “apolítica” mira por su negocio y, amortizada la inversión de RTVE en el producto Melody, no ha dudado en venderse al mejor postor, una cadena, ¡cómo no!, privada y de derechas. Ella, empresaria de sí misma, es consciente de que su actitud la hace aspirante preferente (o juguete roto, que todo es posible) a Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid o Bandera de Andalucía.