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Recordando a Janusz Korczak

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Varsovia, 5 de agosto de 1942. Las calles de la ciudad polaca, a la sazón capital universal de la infamia, fueron ese día escenario de una extraña comitiva. No porque los desplazamientos masivos del gueto a la plaza de transbordos (Umschlagplatz), desde donde la población judía de Varsovia era enviada a los campos de la muerte, fueran por entonces algo inhabitual; muy al contrario, en el verano de 1942 se llevó a cabo, en menos de dos meses, una vasta operación cuyos diseñadores, los victimarios nazis, bautizaron como Grosse Umsiedlungsaktion (Gran acción de realojamiento). Con esa expresión, en la que confluyen el eufemismo encubridor de la barbarie y el sarcasmo de la jerga administrativa del III Reich, se nombraba la deportación masiva de la población superviviente del gueto. Su destino eran los campos de exterminio de Treblinka y Majdanek. Más de un cuarto de millón de hombres, mujeres y niños judíos fueron allí gaseados e incinerados entre los meses de julio y septiembre.

La peculiaridad del grupo consistía en que lo integraban doscientos niños huérfanos que, acompañados por los responsables del orfanato, recorrían las calles varsovianas convencidos de iniciar sus vacaciones estivales en el campo. Al frente de la fatídica expedición, el doctor Janusz Korczak, responsable de la institución, llevaba en sus brazos a uno de los pequeños y mantenía la ficción vacacional, haciendo que los huérfanos entonasen canciones mientras se encaminaban a una muerte ignominiosa. No le faltaron a Korczak, médico y pedagogo, oportunidades de salvar su vida, evitando la deportación ferroviaria. Las desechó una tras otra; incluso en los momentos finales, cuando un comandante nazi se le acerca para recordarle que a él no le corresponde viajar en ese transporte con los niños. Su réplica es contundente: «¡Fuera de aquí, hijo de perra, no nos moleste! ¿Acaso no ve con qué alegría los niños judíos van al encuentro de la muerte?

Niños judíos hambrientos y atemorizados son los que Korczak tuvo que cuidar, asistir y proteger, desde 1940, en el gueto de Varsovia, en aquel dantesco espacio diseñado por la maquinaria represiva nazi, los nuevos ocupantes de Polonia manu militari.

Korczak, que dirigía, antes de la invasión del país, el Orfanato Judío Dom Sierot, no los abandona un momento cuando son confinados en el siniestro gueto. Por cierto, aún tuvo fuerzas, ya antes del gueto, para oponerse a una práctica ignominiosa impuesta por los invasores nazis: se negó a llevar el brazalete con la estrella de David.

“Mi razón no está acostumbrada a doblarse y a inclinarse, solo mis rodillas”, escribió Montaigne en sus Ensayos.

Como médico, Korczak animaba a las personas que atendía a luchar por su vida, a no rendirse; para él la recuperación de cada enfermo era una victoria sobre Hitler. Consideraba la lucha por la vida como una batalla personal contra el enemigo.

La vida de Janusz Korczak, nos recuerda que incluso cuando los amos de lo inhumano imponen su ley, puede resplandecer el brillo de una humanidad que resiste al mal.

En una carta que escribió el 27 de enero de 1928 refiere que: «Lo más fácil es morir por una idea, ¡qué linda película!: él cae con el pecho agujereado por las balas, un reguero de sangre sobre la arena…y un sepulcro lleno de flores. Lo más difícil es vivir por una idea, día tras día, año tras año».

¿Cuál fue el secreto vislumbrado en el momento de la muerte? Sin duda, el del sentido de la vida como servicio al prójimo desvalido; o sea, el núcleo fundante de la conducta moral. En Korczak, ese impulso se dirigió, esencialmente, a los más desamparados entre los desamparados, a los huérfanos judíos. A la época del gueto remontan estas palabras: « ¿Es bueno ser niño? Más o menos. No mucho. No sé, me olvidé…Pero sí sé que es peor ser un niño judío. Y aún es mucho peor ser un niño judío, pobre y huérfano.» En el huérfano judío, en efecto, se concentraba un cúmulo de desdichas sociales: la condición judía en un mundo fieramente antisemita; la pobreza; el desvalimiento de la niñez, la desprotección adicional de la orfandad. Renunciando a una próspera carrera como médico, Korczak consagró su vida al intento de reparar, o en lo posible mitigar, ese mal.

Janusz Korczak fue un paradigma de la dignidad humana que vivió siempre conforme a lo que él consideró justo. Supo oponerse con decisión y coraje al cumplimiento de leyes infames en unas circunstancias en las que la moralidad humana se extinguía.

Pero, ¿podría haber vivido o actuado de otra manera? Decididamente no. No podría haber vivido consigo mismo si no hubiese acompañado a los niños hasta el final.

Decía Hannah Arendt que hasta en los tiempos más oscuros tenemos el derecho a esperar cierta iluminación, y dicha iluminación proviene menos de las teorías y conceptos que de la luz que algunos hombres y mujeres reflejaron en sus trabajos y sus vidas.

En esos tiempos de oscuridad y hecatombe moral, Janusz Korczak fue un destello de luz deslumbrante que todavía permanece.

Antonio Pombo Sánchez. Médico-Pediatra. Doctor en Medicina. Autor de la biografía:

"La derrota de la razón. Janusz Korczak, médico, educador y mártir". Xoroi edicions, Barcelona. 2017.

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Publicado el
13 de septiembre de 2021 - 16:09 h

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