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Yolanda Díaz y la reforma laboral
Cuando se configuró esta coalición de gobierno, uno de sus puntos estrella, era la “derogación” de la reforma laboral. Se difundió dicha opción como uno de los aspectos principales de esta legislatura. El PSOE la “vendió” aún a sabiendas por su experiencia en el poder, de que era una cuestión difícil, pues los poderes fácticos y Europa iba a poner límites a dicha reforma y no iban a consentir una derogación plena. Desde la parte “sinistra” del gobierno y por su propia inexperiencia de gobernar, probablemente se cayó en la trampa de “vender el oso antes de cazarlo”, pues como dice el refrán: “una cosa es predicar y otra dar trigo”, pues no es lo mismo estar en la oposición que gobernar, pues hoy en día, por las características del propio sistema neoliberal, el gobierno gobierna, pero no tiene el poder, al menos no lo tiene del todo; menos en el marco de la UE, donde los Tratados están configurados para poner freno a cualquier avance de las clases populares en detrimento del capital.
Europa estaba interesada en disminuir la temporalidad laboral y poco más y por eso apremiaba al gobierno, la parte empresarial tampoco iba a renunciar fácilmente a las conquistas que había consolidado en los últimos decenios en la precarización del trabajo y la reducción de los derechos laborales. Si a esto se suma que las grandes centrales sindicales actuaron en las cuatro décadas anteriores “con el pie cambiado”,, por decirlo de una forma suave, en la defensa de dichos derechos, teníamos el cóctel perfecto para que la clase trabajadora retrocediera en derechos a casi el principios del siglo XX.
Al final, por múltiples intereses se afrontó la negociación de dicha reforma y se ha podido llegar a algunos acuerdos para suavizar, que no derogar, los aspectos más lesivos de la reforma pepera. El problema quizás es que desde la propia izquierda se levantaron expectativas que por aquello de la correlación de fuerzas existentes en este momento no se han cumplido y se ha podido llegar a acuerdos que no se correspondían con las mismas. Eso pasa, como hemos dicho, por vender la pieza antes de cazarla y una vez “cazada” venderla con demasiado optimismo, olvidando que las cosas hay que presentarlas tal cual son, reconociéndose los límites que se tiene para avanzar.
Que el acuerdo supone un tímido avance en relación a la que estaba en vigor, nadie lo pone en duda, lo grave es que ahora se empieza a denunciar la insuficiencia de los cambios por distintos sectores; paradójicamente desde la propia derecha, que envuelta en sus contradicciones y obsesionada con descalificar al gobierno, dice uno y su contrario, pero también por los socios de gobierno que se autodenominan de izquierdas, los cuales acusan al gobierno de no haber contado con ellos; cosa que por otra parte puede ser cierta, pero que podían haber denunciado en el propio proceso de negociación, situándose ahora en una postura maximalista que es bastante incomprensible.
Pero esta postura es incomprensible según se mire, qué mayor legitimidad tiene el acuerdo, que el hecho de que haya sido suscrito por los sectores sociales, lo que en verdad sería democrático es que el Parlamento suscribiera lo que dichos sectores han acordado, pues la democracia va, o debe ir más allá de parlamentarismo, pero ahora empiezan a surgir críticas que según mi entender, van más allá de la dichosa reforma; las protestas y las descalificaciones tienen otro objetivo claro y de más calado, en el cual están interesados desde muchos ámbitos; desde la derecha, que le da terror que una opción a la izquierda del PSOE pueda tener la hegemonía en un futuro gobierno, desde el propio PSOE por razones obvias, y desde las izquierdas,¡¡hay las izquierdas!!, veamos a éstas por partes, desde los sectores nacionalistas, porque una opción transversal como la que pretende Yolanda, que dicho sea de paso no me gusta nada que hable de ese proyecto en primera persona, les podría restar fuerza en sus territorios; luego están esas izquierdas que nunca se han curado de la enfermedad infantil del izquierdismo, “Lenin dixit”, situadas en un maximalismo que no tiene en cuenta como este autor decía, que : “ La lucha de clases, y su reflejo en las mentes de las masas, no se desarrolla en línea recta, sino que pasa por toda una serie de etapas, con cambios constantes, con flujos y reflujos”.
Entiendo que en la situación actual esto nos vendría a decir que las correlaciones de fuerzas que hay, son las que son, sobre todo porque desde la propia izquierda se hace poco trabajo de base para crear la hegemonía de la que hablaba Gramsci, con lo cual tiene los pies de barro y por tanto poca fuerza para enfrentar al capital, que sí tiene claro, dicho en palabras de un magnate norteamericano que, “ están ganando la guerra de clases” . Por último está el “fuego amigo” ese que es el que más duele y que viene desde algunos sectores de las propias filas que no están dispuestos a “perder cuotas de poder” en alas de un frente político más amplio que empodere para lograr más y mejores avances, la cual no quiere salir del gheto desde el cual postulan y se sienten muy cómodos y seguros.
Crudo pues, lo tiene Yolanda Díaz, porque la han metido en un atolladero del cual va a salir bastante tocada, viniendo a confirmarse aquello, de “ entre tod@s la mataron y ella sola se murió ”. Muchos se frotan las manos, pues lo importante parece que no es ir avanzando en la mejora de las condiciones de vida de la ciudadanía en función de la correlación de fuerzas que hay en cada momento, sino asegurar cuotas de poder; hoy con la reforma laboral, la cual puede ser incluso mejorada en el futuro si hay fuerza de base suficiente para “echarle el pulso” al capital: No olvidemos que un proceso reformista, si es continuo y sin renuncias, puede ser revolucionario, como decía Rosa Luxemburg.
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