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Carta décima: Sobrevivir escribiendo y peleando

29 de abril de 2018  

Llevo días acompañada por una sombra. Hace que me cueste escribir, hablar, decir lo que se me pasa por la cabeza. Siento una especie de nudo que pesa, que arrastra una mezcla de rabia y sorpresa.

No sé si fue en la primera carta donde rescataba una pregunta que se hacía la escritora portuguesa María Gabriela Llansol en uno de sus diarios: ¿Sobrevivir escribiendo será una manera ciega de ser útil a la especie?

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Carta novena: Tan lejos y tan cerca

22 de abril de 2018

Siempre que viajo en tren me encuentro caminando alrededor de las mismas ideas, imágenes, preguntas. Siento una especie de ternura y pena cuando las vías del ave pasan tan cerquita de tantos pueblos. Intento imaginar que supone en el día a día de alguien el paso de un tren de alta velocidad tan cerca y tan lejos a la vez.

Cerca, porque entra de una manera quizás, demasiado tajante en la vida de los habitantes, muchas veces pienso cuántos de ellos usan este tipo de servicios, y el desplazamiento que tienen que realizar a la ciudad más cercana para montarse en él y realizar el trayecto, usar el servicio que ven y sienten todos sus días.

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Carta octava: Manchas de sangre y barro en la nieve

8 de abril de 2018

Lo mejor de los domingos es que no hay prisa para desayunar. Nadie espera, la calle sigue dormida, y solo me acompaña el ruido de la cafetera casi a punto de explotar.

Busco el libro que se perdió anoche en la cama cuando mis manos decidieron caer y vino el sueño. A veces tengo que volver páginas atrás porque mezclo el sueño con lo que leí la noche anterior.

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Carta séptima: El miedo a la página en blanco

26 de marzo de 2018

Me siento a escribir y ya son más de las ocho. La última luz se refleja en el juego de café de mi bisabuela Rosario, entre pequeños montones de libros que no hacen otra cosa que esperar, al lado de las macetas.

Carta Séptima La Palabra Inmediata

Ilustración de Begoña Fumero

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Carta sexta: El cuerpo de un poeta

18 de marzo de 2018

Hay palabras que me cuesta trabajo pronunciar, escribir, darles su voz y tiempo.

Durante estas dos semanas que acaban de irse han rondado dos demasiado mi cabeza. La primera, en la revisión médica que llevaba dos años sin hacerme.

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Carta quinta: Vértigo ante la pausa

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Carta cuarta: Escribir en sueños pero sin pluma

18 de febrero de 2018

 Por culpa de Claudio Bertoni empecé en agosto a escribir mis sueños. No soy constante, a veces lo olvido, a veces escribo de más. Posiblemente el sueño que termino contando en el papel ya se ha deformado demasiado. Llevo meses soñando con una mesa gigante, de madera.

Es robusta, demasiado grande, y no hay nada. Ni siquiera un folio en blanco. Paso la mano por la superficie. Me gusta su ruido, la erosión de la madera que no cobija ni una mota de polvo. En el sueño me muero por escribir pero no tengo con qué. Yo me encuentro en medio, preguntándome una y otra vez que me querrá la vida.

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Carta tercera: Desmontar lo que es obvio

11 de febrero de 2018

Es curioso cómo el cuerpo va construyendo una especie de narrativa en torno a tu día a día. El viernes llegué de trabajar y caí enferma. Justo el viernes. Justo cuando ya había entregado todo lo pendiente, cuando ya había hecho más de 800 kilómetros en dos días, cuando ya había dejado de trabajar en el campo a 3 grados bajo cero.

Además, a principio de semana, pude por fin entregar un artículo, para mí muy importante, para una revista sobre mujeres y medio rural. Reconozco que esta tarea pendiente me estaba quitando el sueño y hubo bastantes días que me despertaba antes de que las seis de la mañana hiciera saltar la alarma pensando en él. Qué importante y qué cuesta arriba se nos hace a veces escribir sobre nuestro día a día, lo que conocemos, a fin de cuentas, sobre nosotras mismas.

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Carta segunda: Nací adulta y moriré niña

28 de enero de 2018

Hace meses que estoy obsesionada con una imagen de la escritora portuguesa Agustina Bessa-Luís. Es en realidad un fotograma del documental sobre ella Nasci adulta e morrerei criança, algo así como "nací adulta y moriré niña". Esta escritora infinita, que está cerca de cumplir cien años, aparece, en primer plano, en una especie de butaca. Detrás de ella, hay un árbol inmenso.

Las ramas parecen que también pertenecen al cuerpo de la mujer. Como si ramas y cuerpo compartiesen la misma anatomía. La imagen también tiene una luz especial, como si fuese una especie de idioma universal para definir la palabra casa.

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Escribir casi cerrando los ojos

Me gusta pensar en la escritura como algo que siempre crece. Como una semilla que nunca deja de germinar, que se desarrolla en ambos sentidos, en la mano que escribe (el sustrato, las raíces) y en las manos que acontecen la lectura (las ramas, las hojas). Empecé a escribir estas cartas como una especie de ceremonia, un ejercicio conmigo misma y con las manos que recibían estos pequeños fragmentos en su correo electrónico a través de la aplicación virtual tinyletter. Me preguntaba muchas veces qué germinaría en el papel o en la pantalla si me sentara a escribir sin límites ni normas, si me dejara arrastrar por los dedos, casi cerrando los ojos. A menudo pienso en el acto de escribir como la que va tras los pasos de voz de un lobo que nunca ve.

Para María Gabriela Llansol, sus cuadernos de notas eran, mayoritariamente, una especie de terreno vacío donde todo lo escrito se encuentra ya sembrado, aunque nosotros, desde arriba, no observemos nada. Cuando la escritora continúa escribiendo sus notas, fragmentos, esquemas y dibujos, sucede el germen y el suelo empieza a llenarse de brotes que sí son apreciables a la vista. Como ella escribía, es aquí, en este proceso, que podría parecer a primera vista caótico y nada sereno, donde realmente se desvela la escritura. Una escritura honesta, verdadera e infinita, que ha estado a la sombra durante décadas en Portugal y que al fin tiene el reconocimiento que merece.

Ella, en cierto modo, lo intuía y así lo escribía en uno de sus cuadernos desde el exilio:

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