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Una superviviente

Ilustración de Núria Frago para Pikara Magazine

Julia tiene 35 años. Todo pasó hace un mes y pico en el sofá de su casa, aunque, en realidad, todo empezó más de una década atrás. Estaba viendo una serie de televisión en absoluta paz. Llevaba días un poco revuelta por la sentencia de la agresión grupal a una chica de 18 años en Pamplona durante los Sanfermines. Cada vez que alguien dejaba asomar alguna duda sobre la reacción de sumisión de la chica, algo se disparaba dentro de ella: “Empatía pura y dura”, pensó.

Volvamos al sofá. Julia y su marido comen palomitas en el sofá mientras ven un capítulo. Una escena muestra de forma explícita y clara una violación. La actriz deja que sus lágrimas resbalen por su mejilla, está borracha. El tipo empuja con violencia su cuerpo hacia él mientras ella se convierte en un ratoncito inerte, en un trozo de carne roto, lloroso y asustado.

El cerebro de Julia desbloquea algo que vivía aletargado, algo que jamás había existido para ella. Julia se ve a sí misma desde fuera y recuerda aquella noche. Una noche que ella había reconstruido de otra forma, con otro nombre, para poder seguir viviendo, supone. Se escucha a sí misma diciendo que “no” sin parar. Se siente a sí misma inmóvil, con las piernas bloqueadas por las de aquella bestia, con los brazos sujetos sobre la cabeza, con la tripa revuelta de asco, con la garganta bloqueada, sin poder gritar. Solo decía que “no”, mientras lloraba sin parar. No sirvió de nada hacer fuerza para quitarse de encima a ese tipo. Era más fuerte que ella y no pudo hacer nada. Lloró todo el tiempo: una jodida eternidad. Solo quería que acabara pronto. Negarse, llorar y retorcerse no servía, así que cerró los ojos y se fue de allí con la mente. “Qué asco tan grande”, piensa Julia.

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Ministras con "a" de "hartazgo"

Ningún Ministerio se resiste ya a las mujeres, menos Interior

El miércoles pasado la RAE rechazaba el uso de "Consejo de Ministras" a través del servicio de consultas que ofrece a través de Twitter con la etiqueta #RAEconsultas. La institución monárquica respondía a un usuario que "el uso de Consejo de Ministras no es aceptable, pues el femenino, como término marcado de la oposición de género, solo incluye en la referencia a las mujeres, y en el nuevo Gobierno hay ministros". Las reacciones en la red no se hicieron esperar. El ambiente estaba caldeado tras el debate lingüístico que Irene Montero desencadenó cuando dijo "portavoces y portavozas" en el Congreso. No faltaron opiniones de lingüistas en este diálogo que cuenta ya con una tradición.

La propia RAE se manifestó a través de un informe sobre lenguaje no sexista. Las conclusiones de dicho estudio, elaborado por José Ignacio Bosque, doctor en Filología Hispánica, fueron categóricas: el masculino genérico no es discriminatorio. Podría pensarse que este pilar de la lengua española tan arraigado a la tradición se halla libre de arcaicas injerencias ideológicas, ahora que han eliminado del diccionario algunas acepciones machistas que irritaban las narices de algunos políticos de fachada pretendidamente igualitaria. Hace menos de cuatro años, femenino se definía como "débil, endeble" mientras que masculino era "varonil, enérgico". Estas tímidas concesiones no son producto de un cambio sustancial en la ideología de los 38 hombres y 8 mujeres que componen la mesa de honorables académicos de la RAE. Algunos de ellos siguen rezumando esa almibarada nostalgia del pasado rancio. El reconocido escritor Javier Marías dedica esfuerzos y energías en deslegitimar el lenguaje no sexista en sus columnas de opinión. Según sus propias palabras, las fórmulas de visibilización lingüistica son una "mojigatería, una ridiculez, una cursilería". No se queda atrás el honorable escritor Arturo Pérez Reverte que profiere comentarios jocosos en su cuenta de Twitter y entretiene así a su séquito de espadachines de la lengua. Florecen, henchidos de placer, cada vez que Reverte escribe que diferenciar el masculino y el femenino es "una soplapollez".

Probablemente, la visibilización lingüística de las mujeres les parezca más ridículo, o quizá más ridiculizable, que algunos de los titulares que leemos habitualmente en la prensa generalista. En ellos, el uso del masculino gramatical para referir a ambos sexos nos entrega preciosas joyas del absurdo. Por ejemplo, el titular que encabeza una noticia de trabajo en ABC dice que "Empleo revisará la reforma de los trabajadores del hogar" (octubre del 2012). El masculino gramatical en esta oración descontextualiza y oculta la relevancia política de la noticia. Formulado en masculino, el texto no da cuenta de que la iniciativa impacta en las condiciones laborales de un colectivo precarizado: el de las mujeres, especialmente las de clase trabajadora. Otros titulares divierten por lo paradójico, como el que afirma que "El 95% de los maestros de educación infantil son mujeres" en un artículo de La Vanguardia (septiembre de 2015). Sobran, en este caso, las explicaciones y el chiste perdería su gracia, pero es que en el cuerpo del texto se explica que "también son maestras tres de cada cuatro educadores de primaria y más de la mitad de secundaria". Rocambolesco. Esperpéntico. También es algo grotesco el titular de El País que dice que "Los jóvenes con anorexia recurren a Internet para reafirmar sus hábitos" (8 de febrero de 2016). El uso del masculino gramatical neutraliza un malestar mayoritariamente femenino y estrechamente vinculado a las exigencias de "perfección física" que esta sociedad exige a las mujeres. Y esto no solo es ridículo, también es ofensivo. La lista es larga y hay repercusiones, pero aún así la institución no quiere llamar a las cosas por su nombre. Quizá es que mantener el status quo requiere el sacrificio de ciertos avances que amenazan un orden beneficioso para algunos. Se lavan las manos aduciendo que el diccionario recoge "los usos de los hablantes".

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Las señoras del macramé

Visita de representantes de asociaciones de mujeres de Bizkaia a la redacción de Pikara Magazine

Desde que en Pikara Magazine alquilamos un local a pie de calle para establecer nuestra redacción, recibimos frecuentemente visitas que nos alegran el alma. La semana pasada hubo dos muy distintas e igualmente emocionantes. Elías Knörr, poeta gallego de origen e islandés de adopción, vino a preguntarnos referencias de literatura queer en euskera, y nos regaló una sobrecogedora actuación.

Dos días después, la redacción se llenó de representantes de las asociaciones de mujeres, como una actividad del Foro de Igualdad que dinamiza la Diputación de Bizkaia. Treinta y pico mujeres, la mayoría mayores de 60 años, nos preguntaron con mucha curiosidad sobre nuestro proyecto, hojearon con avidez nuestras revistas en papel y les vendimos unos cuantos ejemplares: “Os he conocido por mi hija, que es feminista y os sigue mucho”. “Quiero regalárselo a mi nieta, a ver si espabila, que la veo muy atontá”. “Yo ya tengo toda la colección; la primera me la regaló mi marido”. Varias se comprometieron también a proponer a su asociación hacerse colectivo amigo de Pikara. Las mujeres del grupo de teatro Diz-Diz de Mungia el pueblo en el que estudié secundaria e hice vida hasta los 22 años nos contaron que cada 8 de marzo hacen una lectura dramatizada del testimonio de una sobreviviente de violencia machista publicado en nuestra sección de libre publicación, en 2011.

No es la primera vez, ni la última, que prejuzgo la reacción de las mujeres mayores hacia lo que hago. Hace unas semanas me invitaron a clubs de lectura de pueblos pequeños de Bizkaia, para comentar con sus asistentes también mujeres mayores de 60 años mi libro de periodismo narrativo sobre disidencias corporales, sexuales y de género, 10 ingobernables. ¿Lo habrán entendido? ¿Les habrá escandalizado? ¿Les habrá parecido una marcianada? Esas preguntas entrañan un cuestionamiento a su capacidad intelectual, el prejuicio de que las mujeres mayores son conservadoras y que las disidencias corporales, sexuales y de género son ajenas a su universo. Las respuestas fueron muy distintas: agradecían haber aprendido mucho, tanto de realidades que no conocían, como la intersexualidad, como de realidades que reconocían en su día a día, como la gordofobia. La que más resistencias mostró, me contó después que lo está pasando mal porque su hija acaba de tener un bebé con su pareja mujer, y está asistiendo al peso del heterosexismo sobre las familias homoparentales.

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Nunha lingua propia

Ilustración de Nùria Frago

Hai uns días estiven nunha conversa nunha libraría con Isabel-Clara Simó, unha escritora que me deixou encantada. No medio desa interesante conversa preguntóuselle polo tema da súa lingua materna, unha lingua minorizada e mesmo prohibida na época na que ela medrou. En pleno franquismo, o catalán relegou o seu uso ao ámbito doméstico, á intimidade, ao privado. Esa transmisión sería sempre oral, na clandestinidade, nunca dun xeito escrito. Esta autora relatou o asombro que sentiu cando na universidade lle pediron que escribira algo en catalán. Ela quedou abraiada e expresou esa sorpresa: “ah, pero a miña lingua pode escribirse?”. Esta anécdota púxome a pel de galiña. Así que aprendeu a gramática e fixo o que lle pediran: escribiu o seu primeiro relato en catalán e emocionouse porque era a primeira vez que escribía na lingua na que pensaba! Ela sabía que non había volta atrás, comprendía que o seu público lector ía ser menor, que non tería o mesmo recoñecemento, mais decidiu que non ía deixar de expresarse na lingua na que a súa mente construía as historias. A súa propia historia.

Fiquei cavilando neste fermoso relato, no importante que é poder ter o dereito e a liberdade de ver, de sentir e de vivir a través de cada lingua. Porque se hai unhas 7000 linguas no mundo, hai 7000 formas de facer referencia a(s) realidade(s). Neste proceso de pobreza lingüística e, polo tanto, cultural que vivimos, os actos de valentía e reivindicación da idiosincrasia, da riqueza da diferenza e das múltiples identidades son máis precisos que nunca.

Uns días máis tarde, con esta reflexión aínda moi presente, estando nunhas xornadas de intervención en trauma, tiven unhas sensacións opostas ás que me provocou a primeira anécdota. A muller que impartía o curso, galega, castelán falante, orgullosa de falar un inglés fluído, proxectaba vídeos de casos reais nos que ela era a terapeuta. Nun deses vídeos intúese (porque a imaxe está distorcida para preservar a identidade das pacientes) unha muller duns oitenta anos esforzándose para falar dela, da súa historia, da súa realidade en castelán. Polo medio da súa narrativa empregaba palabras ou expresións galegas ás que non lle atopaba tradución, así que lle preguntaba á súa interlocutora se se entendía o que quería contarlle. Nese momento, a muller que nos imparte o curso detén o vídeo e fai unha suposta broma: “me debe de ver muy... jejeje!”, con un ton que eu interpretei de mofa e mesmo orgullo de que a paciente percibise esa diferencia de poder que a suposta experta na materia estaba marcando.

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La escuela del feminismo romanó

Foto de archivo de la organización de gitanas rumanas E-Romnja

"Estamos empoderadas. Ahora queremos tomar el poder". Con esta declaración la Asociación Gitanas Feministas por la Diversidad (AGFD) comienza la preparación del proyecto europeo 'Escuelas de Inclusión en la Diversidad: La Inclusión de las mujeres Gitanas Jóvenes Mediante la Educación No Formal'. Este proyecto aspira a ser un primer paso para crear la primera escuela de feminismo romanó, de feminismo gitano.

Dos líneas de actuación son las que se van a llevar a cabo: una página web y un material didáctico con el que se pretende visibilizar, recomponer, reconocer y dar valor a la memoria histórica feminista y gitana.

El proyecto agrupa a mujeres gitanas de España, Portugal y Rumanía. Iona y Georgiana Enache, dos hermanas militantes de Amare Rromentza (que significa 'con nuestra gente'), hablan rumano e inglés, además de un poco de romanó y un poco de español. Las barreras lingüísticas no importan, porque nada más vernos tenemos esa complicidad sororidaria que ya tengo con mis primas de AGFD. Casi no paramos de hablar y no hay más que sonrisas y risas. Quizás celebremos que nos hemos reunido desde tan lejos y seguimos vivas.

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¿A quién le importa?

Captura del vídeo en el que Claudia baila a Lucía

De niña quería ser bailarina o peluquera. Cualquiera que conozca mi aburrido pelo, resultado de mi falta de destreza con la cera, entenderá que lo de peluquera era por socialización de género. Lo de bailarina, en cambio, es vocación frustrada. La danza es, desde que tengo uso de razón, una de las cosas que más feliz me hace en la vida. A los cinco-seis años, me tomaba muy en serio las clases de ballet: el ritual de hacerme el moño, el empeño baldío en lograr hacer el espagat, el entusiasmo con el que ensayaba el gran jeté y las piruetas en el salón de casa y en cada paseo con mi familia por el campo. Se ve que no tenía ni condiciones físicas ni demasiada gracia, porque cuando por fin (creo que a los ocho años) me tocaba pasar al grupo de las mayores y cumplir mi sueño de bailar con puntas y tutú ‘El lago de los cisnes’, la profesora decidió que no, que tenía que seguir un año más en el grupo infantil. ¿Conocéis a alguien más a quien le hayan hecho repetir ballet?

Seré patosa pero tengo dignidad. Reaccioné a tamaña humillación dejando la escuela e iniciando mi carrera como la bailarina amateur más versátil que hayáis conocido. A lo largo de mis restantes 25 años he practicado baile moderno, danza contemporánea, danzas tradicionales vascas, danza oriental, jazz-funky, hip-hop, danza africana, danza afrocubana, un intensivo de bachata, y alguna clase puntual de contact, de salsa cubana y de reggaeton.

Os cuento todo esto para que entendáis mi adicción televisiva a Fama ¡a bailar! Doy gracias a la barrera arquitectónica por la que sólo podíamos contratar internet con Movistar. Hace ocho años seguí dos o tres ediciones con fervor cuando se emitía en la sobremesa de Cuatro. Me dispuse a ver el regreso de este concurso de talentos con cierto complejo de treintañera, y me está encantando. Si en las primeras ediciones había una profesora de lírico, uno de funky y otro de hip-hop, este año se ha introducido con fuerza la danza contemporánea —recordando, por cierto, que sus impulsoras fueron mujeres, como Isadora Duncan— y casi todo el profesorado hibrida estilos e incluye nuevos como el house o el trap. El resultado es más estimulante para quienes apreciamos la danza como expresión artística y no como mera rutina coreográfica.

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Educar en libertad en tiempos de manadas

Manifestación feminista contra la sentencia de 'la Manada' en Santander. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Hace unos días estaba en el sofá con mi hija de 11 años. Ella estaba con mi móvil y yo con mi ordenador viendo un documental sobre sanfermines. De vez en cuando ella miraba la pantalla y hubo un momento en el que me dijo: "Ama, cuando sea mayor no quiero salir por la noche en San Fermines porque tengo miedo a que me violen". Me quedé paralizada y horrorizada. Me heló la sangre ver cómo me lo decía, con neutralidad, sin exaltarse, como si me estuviera diciendo cualquier otra cosa. Asusta y mucho ver cómo las niñas están interiorizando el discurso del miedo y están percibiendo que las calles por la noche no son lugares seguros.

La  sentencia de ‘la manada’ ha provocado un auténtico tsunami de movilizaciones sociales, sintomáticas del hartazgo y cabreo de la ciudadanía hacia sentencias que, lejos de proteger a las víctimas, las dejan vulnerables e indefensas. Pero también nos ha sacudido en el plano personal. Las feministas sabemos que ‘lo personal es político’, y que los feminismos tienen la capacidad de cuestionar nuestras decisiones en el ámbito privado. Y educar a nuestras hijas tiene tanto de dimensión personal como de dimensión política y social.

No es la primera vez que me enfrento a las contradicciones que surgen entre la docente que afirma tajante que hay que ser valiente y vivir en libertad, que hay que luchar siempre, y la madre que siente miedo al plantearse que su hija va a empezar a salir por las calles sin su supervisión en unos años y que ve cómo la Justicia juzga y condena a las víctimas. Ese mensaje de criar jóvenes empoderadas colisiona con el terror que me da que puedan agredir a mi hija. Y el terror no es infundado. Me encuentro un poco perdida po rque, ¿cómo educar en la libertad de elección, en la libertad sexual cuando existe el miedo?, ¿qué mensaje les vamos a transmitir cuando se están empezando a dar cuenta de que las calles no son seguras para ellas?

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Andrea es una puta y Viki, fea

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Pantallazo de 'Searching for VIKI ERES MUY FEA'

Este fin de semana he estado en Salamanca porque estoy completamente obsesionada con Vetusta Morla y empezaban allí su gira. Esto puede parecer que no tiene ninguna importancia y, efectivamente, así es. No tiene ninguna importancia, pero si no llego a ir a Salamanca (a gozar con Vetusta Morla, insisto) probablemente no me me hubiese enterado nunca de esta historia. El caso es que me di cuenta de que la ciudad estaba plagada de pintadas y pegatinas con un mismo mensaje inquietante: en portales, en persianas, escrito sobre tuberías, en baños de bares. 

¿Quién ha escrito todos esos mensajes? ¿Por qué lo ha hecho? ¿Desde cuándo están ahí? ¿Por qué nadie los ha tachado de las paredes? ¿Por qué no se han arrancado esas pegatinas? El mensaje es igual de contundente que simplón: Viki eres muy fea. Entonces vinieron a mi memoria muchos de los mensajes escritos en las paredes de mi pueblo, en los baños de mi colegio; los que me dirigieron a mí y los que nunca supe a quién se dirigían, pero todos llenitos de odio y misoginia, con un tufo de venganza y maldad, que tienden a pasar desapercibidos por su apariencia inocente, pero que traen consigo muchos quebraderos de cabeza. Lo sé bien.

Alguien escribió en una de las paredes de una oficina bancaria del pueblo en el que siempre he veraneado este clásico literario, que, claro, me dirigían a mí: "Andrea Momoitio puta". No sé por qué lo hizo, pero siempre tuve claro quién había sido. Recuerdo perfectamente la vergüenza y el miedo que me daba que pudiera verlo mi familia. No sé si lo leyeron alguna vez, nunca me lo han dicho, pero fueron pasando los veranos, como pasan los inviernos, hasta que dejó de importarme. Estaba en un sitio bastante inaccesible para mi torpeza crónica, así que tampoco intenté borrarlo.

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Es por Nicaragua

Manifestantes ayer en Managua

Hasta el pasado viernes, este iba a ser un artículo sobre ‘Fama ¡a bailar!’, el concurso televisivo de talentos de danza al que estoy enganchada. Estaba escribiéndolo mentalmente cuando recibí por Facebook un baño de realidad, de la mano de mis amigas nicaragüenses. Ese viernes por la tarde hora española, se hablaba todavía de las tres primeras víctimas mortales en l as protestas de jóvenes universitarios que fueron reprimidas por policías, con el apoyo de los grupos de choque de la Juventud Sandinista, que actúan motorizados y armados. Las movilizaciones iniciales respondían a una reforma del Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS) que afecta a las pensiones, pero pronto supusieron una impugnación más amplia al Gobierno de Daniel Ortega. El Centro Nicaragüense de Derechos Humanos ha confirmado la muerte de 24 personas en las protestas en cinco días, la mayoría chavales menores de 24 años. Un periodista recibió un disparo a la cabeza mientras retransmitía las protestas en directo por Facebook.

Las escenas para no dormir que se han hecho virales incluyen policías disparando al interior de las universidades, el despliegue del ejército en la ciudad de Estelí, los antimotines (antidisturbios) entrando a la Catedral de Managua para quitar los víveres a quienes allí resistían y la denuncia de una mujer a la que los antimotines humillaron obligándola a desnudarse y hacer sentadillas. Según el periódico La Prensa, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) está armando no sólo a sus juventudes sino también a pandilleros, para enfrentarse a los estudiantes y protagonizar los saqueos que utiliza el Gobierno para criminalizar las protestas.

También han ocurrido cosas esperanzadoras: policías que se suman a las protestas en varios municipios, periodistas de medios oficialistas que renuncian o que convocan huelgas, vecindarios que se organizan para no permitir saqueos en los supermercados. Ayer ya fueron decenas de miles de personas las que se sumaron a una gran marcha en Managua, convocada inicialmente por el sector privado, y que el movimiento estudiantil autoconvocado secundó con el lema 'Juntos pero revueltos', para expresar su crítica al empresariado. Y, como en todo alzamiento popular, hay una imagen icónica: los derribos de los árboles de la vida, también conocidos como ‘chayolatas’, las estructuras metálicas e iluminadas que Rosario ‘Chayo’ Murillo (vicepresidenta y esposa de Daniel Ortega, dato relevante porque funcionan como dinastía y se habla de “matrimonio presidencial”) impuso como nuevo símbolo patrio y que han supuesto una ingente inversión de dinero público. En la rotonda de Ticuantepe, cerca de la capital, estudiantes han sembrado “árboles llenos de vida”.

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Facebook y 'pornovenganza' en el territorio sin ley

Facebook afirma tras la polémica: "Nunca venderemos tu información a nadie"

Facebook está de barro hasta las cejas. La polémica reciente por una filtración masiva de datos personales de 87 millones de personas se suma a una larga lista de escándalos. Las usuarias más cautelosas limpian y editan sus historiales con mayor aprensión que nunca. Un pequeño desliz y sale a la luz aquella foto prohibida. La imagen que convierte a una dama virtuosa en una apestada condenada al ostracismo.

Corren tiempos de inseguridad e incertidumbre. El mundo cada vez más globalizado en que vivimos propicia nuevas formas de habitar y de relacionarse. Ahora que el flirteo conecta a personas que se hallan separadas por un océano, las nuevas tecnologías canalizan las prácticas del erotismo y el sexo. Sexting, cam sex, cibersexo son algunos de los términos que proliferan en un terreno casi virgen en el que se estipulan nuevas normas y se asumen nuevos riesgos.

Hace menos de un año, el diario británico The Guardian revelaba que Facebook evaluó 54.000 casos de pornografía de venganza y sextorsión en un solo mes. Para entonces, ya estábamos familiarizados con esos neologismos. Los descubrimos cuando comenzaron a popularizarse aquellas páginas web en las que hombres colgaban videos pornográficos caseros de sus exnovias con la intención de herirlas y hundir su reputación.

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