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Pikara Magazine es una revista digital que practica un periodismo con enfoque feminista, crítico, transgresor y disfrutón. Abrimos este espacio en eldiario.es para invitar a sus lectoras y lectores a debatir sobre los temas que nos interesan, nos conciernen, nos inquietan.

Miedo, fachas y 'me too'

Miedo, fachas y me too

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En la pasada manifestación del 12 de octubre, nada que celebrar, en Madrid, me dijo Gabriela Wiener: “La verdad es que yo tengo miedo”. Miré sus ojos y supe exactamente de qué me estaba hablando, porque en ellos veía mi propio miedo. Estábamos cerca de la cabecera hablando de lo que últimamente es el tema principal de cada encuentro, cada mesa redonda y cada asamblea, (últimamente desde hace algunos años ya): el auge del fascismo. El lugar cada vez más grande que ocupa la ultraderecha en nuestras vidas y la forma en la que disputan el relato político.

Ya no nos basta con decir, desde nuestras vidas de mujeres migrantes, racializadas y bibolleras, que para nosotras el miedo no es nada nuevo, porque la violencia sobre nuestros cuerpos y el peligro en las calles de la blanca Europa se instaló sobre nuestras cabezas como la espada de Damocles en cuanto pusimos pie en suelo español. Ya no podemos apelar a nuestras compañeras blancas diciéndoles que lo que ellas sienten con cada amenaza de violación nosotras lo sentimos casi cada vez que salimos a las calles por triplicado. Porque cada vez tenemos más miedo. Un miedo profundo y antiguo pero renovado, porque nunca antes había visto en redes ni escuchado en las calles a cualquier persona de a pie decir con total naturalidad “soy facha”. Nunca ser facha estuvo tan de moda y, si no, que le pregunten a la presidenta de la Comunidad de Madrid.

Según la RAE, facha se define como “acortamiento del italiano fascista, adjetivo despectivo y coloquial”. El Oxford Languages agrega que es “una persona o cosa muy fea, ridícula o extravagante”. En el María Moliner, fascista se describe como “de ideología ultraderechista”. Lo cierto es que en los tiempos que corren cada vez son menos las personas que se ofenden cuando se les llama facha. ¿Será que el insulto ha perdido su contenido despectivo para pasar a ser una mera adjetivación neutra? O, yéndonos a lo que parecería extremo, pero no por eso menos real, ¿hoy día ser facha es motivo de orgullo?

Un par de días antes del 12 de octubre la plataforma “cultural” de derechas Neos, fundada por Mayor Oreja y Rosa Díez, compartió un vídeo llamando a reivindicar el “orgullo facha”. Es un vídeo que cae en todos y cada uno de los tópicos nacionalistas, patrioteros, tránsfobos, homófobos y por supuesto xenófobos y racistas que se nos puedan ocurrir. Desde que la tortilla es española y la fe de Pelayo en las montañas emociona, hasta recalcar que los fachas son quienes creen en algo “tan lógico como que el hombre es hombre y la mujer es mujer”. Y ahí está el peligro real de este tipo de argumentaciones: que disfrazan falacias de ideas lógicas y sencillas y así de fácil se cae en la trampa de afirmar que, hagas lo que hagas, te van a llamar facha. Y que, por eso, la respuesta debe ser, en pocas palabras, hacer lo que te dé la gana, dejar de preocuparte por las implicaciones políticas y éticas que tiene ser reconocido como ultraderechista en un país que se supone democrático: “Sé libre… Total, ya eres un facha”, concluye.

Así se normaliza la violencia de los discursos de odio propagados ya no solo por la ultraderecha, sino por cualquier persona que mínimamente se pueda llegar a identificar, sin ningún tipo de reflexión, con alguno de los tópicos del vídeo. No hace falta votar a Vox, ni dar de hostias a inmigrantes para sentirse orgulloso de la Historia de España. Sin embargo, de este “orgullo” a las agresiones racistas y lgtbifóbicas solo hay un paso, una delgada línea que en cuestión de segundos puede ser cruzada.

Está claro que el vídeo intenta utilizar la estrategia de “reapropiación del insulto”, algo que desde la comunidad LGTBIQ+ hemos hecho durante décadas para subvertir el orden heteronormativo, como forma de resistencia y de reivindicación de nuestros derechos. Sucedió con “marica” y “bollera”, lo mismo que con el triángulo rosa de los campos de exterminio nazis. El lenguaje, con ese poder de arrastre que tiene, nos ha permitido dotar de un nuevo significado a los símbolos que nacen del odio. La gran diferencia entre las formas de resistencia de las oprimidas y el burdo intento de resignificar facha con la intención de neutralizarlo está en que lo que el “orgullo facha” reivindica es ese mismo odio al que nosotras resistimos. Reivindica un lugar de privilegio colonial en el entramado social. No habla desde la subalternidad, sino desde el intento de construir hegemonía a través de la violencia y el ejercicio desmedido del poder. Es tan absurdo como la idea del racismo inverso. Desde el supremacismo blanco solo se puede ocupar un lugar: el del opresor.

El 12 de octubre, mal llamado Día de la Hispanidad, ya que desde 1987 oficialmente prescinde de dicha denominación para ser simplemente el “Día de la Fiesta Nacional de España”, Isabel Díaz Ayuso, quien en campaña electoral pusiera ya de moda la palabra “libertad”, vaciándola de contenido, viralizó el vídeo al sumarse con un escueto pero explícito y perverso me too al hashtag #eresfacha. Su “salida del armario facha” fue celebrada con casi dos millones de visualizaciones y 4.000 comentarios aprobatorios.

El me too de Isabel Díaz Ayuso no es inocente, ataca e interpela directamente a las feministas, a quienes en mayo de este año nos llamó malcriadas por exigir una vida libre de violencia. Utilizar un hashtag que surgió para denunciar las agresiones sexuales del productor Harvey Weinstein y que en poco tiempo se convirtió en un movimiento global de visibilización de las condiciones permanentes de acoso sexual en las que vivimos las mujeres es, como poco, perverso. Dándole la vuelta a la frase de Audre Lorde: usa las herramientas del oprimido para reforzar los pilares de la casa del amo.

Lo preocupante de todo esto, de vídeos como el de “orgullo facha”, de declaraciones como las de Díaz Ayuso y de su viralidad en redes, es que tienen un correlato en la realidad, que son la narrativa de algo que lleva ya años sucediendo: la fascistización de amplios sectores de la sociedad civil a través de estrategias que a primera vista parecen poco originales y un poco chuscas, pero que son muy efectivas. Nos toca pensar y poner en práctica respuestas, tanto desde las redes como desde las calles y los barrios. Construir contranarrativas, ganar el relato político. Y sí, también aprender a vivir con miedo.

Hace poco más de una semana decía Belén Gopegui en una mesa redonda que el miedo moviliza, que fortalece las comunidades. El miedo es lo que nos permite estar alerta y necesitamos estarlo porque la valentía se hace con miedo. Decía también que estamos en un momento de llamada a la movilización, de planificar respuestas. Un momento en que lo que venga, deberá pillarnos organizadas. Yo, mientras escribo esto, pienso acompañada que, incluso en los peores momentos, con el miedo en el cuerpo, siempre hay una forma de ser subversivas, peligrosas. Ser nosotras mismas sin morir en el intento.

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