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20 años de la invasión de Irak (II): los juegos banales del obsceno juego de la guerra

Tres cartas de la baraja con Ali Hassan al-Majid, primo de Sadam Husein, en la primera imagen

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Sigamos con el vigésimo aniversario de la invasión de Irak por los EEUU coaligados con “amedrentados y sobornados” (senador Kerry). Hoy, con los aspectos trágicamente lúdicos de “uno de los crímenes más graves de nuestros tiempos” (Owen Jones, The Guardian) que costó la vida a más de 1.250.000 personas, según la investigación de The Lancet y más de un millón de desplazados y refugiados, según la ONU.

A muchos de los lectores de elDiario.es que leyeran el 24 de marzo la entrevista de Javier Biosca con Marc Garlasco les extrañarían sus enigmáticas alusiones al “rey de picas de la baraja” y a “los 52 de la baraja de cartas”.

Garlasco era un analista del Pentágono que seleccionaba objetivos a bombardear y tuvo su particular caída del caballo cuando, creyendo señalar el escondrijo del general Ali Hassan al-Majid, primo de Sadam Husein y apodado 'El Químico' por quienes le habían proporcionado tales armas para sus desmanes en Irán y Kurdistán, mandó arrasar lo que resultó ser la vivienda de una “familia de doctores de Basora”, lamentó ante la leche de fuego derramada. Diecisiete asesinatos que fueron, dice, “un punto de inflexión desgarrador” que le hizo convertirse en defensor de los derechos de los civiles en guerra y asesor de las ONG,s Human Rights Watch y Pax.

Todo mal acarrea su dosis de banalidad, expresión que acuñó Hannah Arendt en su libro sobre el juicio al dirigente nazi Adolf Eichmann en Jerusalén en 1961, para explicar cómo un don nadie, mal estudiante y oscuro burócrata llegó a convertirse en un criminal contra la humanidad. “Su larga carrera de maldad nos ha enseñado”, escribió Arendt, “la lección de la terrible banalidad del mal”: Eichman no fue un asesino de masas por su maldad innata ni siquiera por un radical antisemitismo, aunque incubó su nacionalismo derechista desde su primera juventud, sino por ser fiel al sistema que perseguía extinguir a los judíos: no fue un cerebro del Holocausto, como Hitler y Himmler, sino una eficiente mano derecha.

Y a eso se refería Hannah Arendt con su polémico concepto, no a la maldad incontestable de la Shoá. Una concepción muy discutida porque coincidía con la defensa del asesino nazi: sus acciones respondían a la obediencia debida a sus superiores, que aprovecharon la admiración ciega por su 'Führer' para implementar sus designios. Sin embargo, experimentos psicológicos sobre la “obediencia debida” demostraron lo acertado del planteamiento de Arendt. Especialmente, el de Stanley Milgram, de la Universidad de Yale, que lo realizó durante las sesiones del juicio de Eichman para responder a las preguntas: “¿Podría ser que Eichmann y su millón de cómplices en el Holocausto sólo estuvieran siguiendo órdenes? ¿Podríamos llamarlos a todos cómplices?”. El resultado fue apabullante: ni un solo participante dudó en obedecer el administrar supuestos castigos progresivos a quienes hacían de víctimas hasta llegar a la presunta muerte del castigado y, si se les ordenaba, un 65% de ellos siguieron aplicándolos a los que ya creían cadáveres.

En todo caso, la defensa de Eichmann cayó en saco roto, porque, para evitar el abuso de los juicios de la Primera Guerra Mundial, el estatuto del Tribunal Militar Internacional que rigió el Tribunal de Núremberg estableció que: “El hecho de que el acusado haya obrado según instrucciones de su gobierno o de un superior jerárquico no le eximirá de responsabilidad, pero podrá ser determinante de disminución de la pena si el Tribunal lo estima justo”. Tesis que se impuso en la legislación del Derecho Internacional y de numerosas naciones. En España, el Tribunal Supremo la rechazó con motivo del tan caricaturesco como peligroso golpe de estado del 23F al haber desobedecido las órdenes del rey, comandante supremo de las Fuerzas Armadas, y su Sala de lo Militar lo ratificó en una sentencia de 2018: “En un sistema democrático no cabe la exención por razón de la obediencia debida, pues tal forma de ver las cosas se basa en un sistema autoritario (...) En nuestro ordenamiento no existe un deber de obediencia debida en el que el que obedece debe cumplir todo lo ordenado, siendo irresponsable por lo que realice (...) el sistema que se sigue es el de la obediencia legal, esto es, hay obligación de obedecer al superior en relación con toda orden que se encuentre de acuerdo con el ordenamiento jurídico y, correlativamente, hay obligación de desobedecer toda orden contraria (...) En definitiva, no caben en nuestro ordenamiento jurídico –y esto afecta, desde luego, entre otros y a lo que aquí interesa a las Fuerzas Armadas y a la Guardia Civil–, mandatos antijurídicos obligatorios, entendiendo por ello cualquier mandato que vaya contra la Ley o el Derecho”.

La banalidad como juego

Si todas, o casi todas, las guerras son obscenas, esa banalidad del mal anida en todas ellas y tampoco hay ninguna que se libre de aspectos banales sin más, tal como los entiende cualquiera, acaso porque la vida sea, en gran parte, banal –“Trivial, común, insustancial”, dice el RAE–. 

La retórica, la literatura, el cine, la prensa, la televisión e incluso la educación en y después de las guerras abundan en ejemplos en los que la causalidad se resuelve en lo banal. Así sucedió en la invasión de Irak.

En la entrevista citada, Garlasco dice: “El objetivo de aquel ataque era el rey de picas de la baraja, Alí Hasán al Mayid, conocido como Alí el Químico” y más adelante; “Entonces empezamos la caza. Eso es lo que hacíamos: cazar seres humanos. Los 52 de la baraja de cartas”. Garlasco se refería a la baraja de cartas francesas distribuidas a la tropa a principios de abril de 2003 con las fotos y datos de los dirigentes iraquíes más buscados, a fin de que pudieran ser identificados y poder ser “asesinados, perseguidos o capturados”, según dijo literalmente durante su presentación el general Brooks, director adjunto de Operaciones en el Comando Central.

La baraja atribuía el valor de las cartas a la importancia de los dirigentes del régimen iraquí, del Partido Baaz y del Consejo Revolucionario, reservando las figuras para los cabecillas del gobierno y el ejército y los ases para Husein (picas), su hijo Kusay (tréboles), su otro hijo Uday (corazones) y su secretario Abid Hamid Mahmud (diamantes).

El trato a los prisioneros en Abu Gurayb [Abu Ghraib], Guantánamo, las prisiones secretas de la CIA..., tiene su causa en aquellos manoseados naipes.

Y la baraja no fue la única banalidad de aquella guerra feroz. Los soldados norteamericanos –de la 'coalición'– podían adquirir en los bazares de las bases militares recuerdos bélicos para sus rorros. Por ejemplo, un juego infantil denominado “Path Cra 911” –en obvia alusión al ataque del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas neoyorquinas– en el que un Bush armado hasta los dientes sobre un vehículo blindado persigue a tiros por unos raíles a un Osama ben Laden sentado en una especie de tabla de surf motorizada en cuyo frente se lee “Ayuno de armas”.

E incluso una matrioshka que contenía todos los enemigos del american way of life: Ben Laden, con el tópico cartel ‘Wanted. Live or dead’, contenía a Arafat; éste, a Husein, que albergaba a Gadafi y todos ellos, a la bandera verde del islam.

La baraja, made in Taiwan y el juguete, made in China: la belleza hermanadora del capitalismo. No sé el fabricante de la matrioshka, pero sólo faltaría el made in Russia para que el baile estuviera completo.

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