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Noticia servida automáticamente por la Agencia EFE

Bangladesh, un país con estrés postraumático

EFE

Dacca —

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¿Por qué nosotros? ¿Por qué ahora?, se preguntan los bangladeshíes a punto de cumplirse dos meses del asalto y asesinato de 22 personas en un restaurante de Dacca, un suceso que mantiene a Bangladesh en estado de estrés postraumático y que lo ha convertido en un gran diván para la catarsis colectiva.

Ni la noticia esta semana de que, de acuerdo al índice anual que elabora The Economist, la capital del país es una de las cuatro peores ciudades del mundo para vivir ha sido capaz de relegar la preocupación por el ataque al restaurante Holey el pasado 1 de julio, los más de 40 muertos en ataques selectivos desde 2013 y la creciente ansiedad ante un nuevo atentado.

El Gobierno considera que es un fenómeno pasajero; la oposición, un problema que está sirviendo de excusa para perseguirles; y para no pocos intelectuales es algo mucho más serio para un país de apenas 45 años con un pasado violento, instituciones precarias y un antagonismo atávico entre el laicismo fundacional y el islam que practica el 90 % de sus 160 millones de habitantes.

“Es una burbuja que se desvanecerá”, aseguró a Efe el ministro de Información, Hasanul Haq Inu, sentado en una mesa llena de pilas de libros, una de ellas coronada por una obra sobre el grupo yihadista Estado Islámico (EI).

El ministro, considerado un “héroe” en la guerra que en 1971 llevó a Bangladesh a independizarse de Pakistán, está convencido de que ni el EI, grupo que reivindicó el atentado del restaurante, ni Al Qaeda tienen presencia en el país -aunque tal vez haya “seguidores”, dice- y en cambio atribuye los atentados al extremismo religioso autóctono.

Acusa directamente a Jammaat e Islami (JI), la principal formación islamista del país, actualmente en proceso de ilegalización y descabezada por las condenas por crímenes de guerra contra líderes de este partido alineados con Pakistán en el conflicto de 1971, muchas de ellas a muerte.

También responsabiliza a Khaleda Zia, la máxima dirigente del Partido Nacionalista de Bangladesh (BNP), diciendo que “en cada asesinato en este país el Gobierno apuntará con el dedo” hacia la máxima dirigente de la principal formación opositora, que tiene a centenares de miembros detenidos.

Esta semana el secretario general del BNP, Mirza Fakhrul Islam Alamgir, lamentó que “un demonio peligroso se está extendiendo por el país mientras el Gobierno lo usa como un elemento para eliminar a sus oponentes políticos”.

El Gobierno de Sheikh Hasina ha sido muy cuestionado por su forma de manejar el país. En su último informe, Human Rights Watch (HRW) dice que en Bangladesh se ponen límites “inaceptables a la libertad de expresión” y que la Policía ha secuestrado, asesinado y realizado arrestos arbitrarios, especialmente de opositores.

Para muchos, la creciente intolerancia política ha hecho de Bangladesh tierra fértil para que, al igual que en otros países, el extremismo encuentre en jóvenes desencantados la carne de cañón que necesita.

Otros como Gonojagoron Moncho, el movimiento secular de blogueros que se convirtió en el primer objetivo de los extremistas, considera que los yihadistas no están motivados por una frustración política sino que simplemente “quieren establecer un país islámico”.

“Esto no ha sido cosa de un día, este extremismo ha ido creciendo paso a paso, primero fueron ataques a personas solas, luego en grupos, luego en lugares con gente y el restaurante fue el siguiente nivel”, dijo a Efe Imran Sarker, líder de esa agrupación que ha perdido a varios miembros por asesinatos a machetazos desde 2013.

Acusó al Gobierno de haber querido rebajar la importancia de los asaltos “diciendo que no estaban organizados” y de no actuar cuando empezaron.

Para Sarker, es igual si son o no miembros del EI o Al Qaeda, porque tienen la misma ideología.

“Esto es el inicio (...), si fracasamos en el manejo del problema, vamos a tener que afrontar las consecuencias”, subrayó el líder del colectivo, muy crítico con el Ejecutivo pero que apoyó los juicios y las condenas a muerte a los líderes del JI.

El viceministro de Exteriores, Shariar Alam, reconoció a Efe que el atentado en el restaurante fue “un golpe” y que, “de persistir, sí dañarán la reputación del país, especialmente para un país con una economía tan ampliamente dependiente de las exportaciones”.

Sin embargo, para Alam es un fenómeno que no va a crecer, ya que la sociedad bangladeshí tiene una larga tradición de moderación religiosa y el Gobierno ha actuado policialmente, además de reunirse con líderes políticos religiosos y comunitarios para que hablen con los jóvenes.

“Estamos en la senda correcta, venceremos esta batalla y más rápidamente que muchos otros países”, sentenció.