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Arnaldo Tamayo Méndez, el primer cosmonauta cubano

Arnaldo Tamayo Méndez - Wikipedia

Hace unos meses hablamos de Guion Bluford, el primer astronauta negro; un estadounidense que voló al espacio por primera vez en 1983. Pero antes, en 1980, un cubano de ascendencia afroamericana ya había salido de la atmósfera terrestre. Hablamos de Arnaldo Tamayo Méndez, el primer cosmonauta de origen afroamericano.

Nacido en Baracoa en 1942 Arnaldo Tamayo llegó a ser piloto de combate en las fuerzas aéreas cubanas y se presentó a la selección para incorporarse al programa Intercosmos de la URSS, siendo seleccionado de entre más de 600 candidatos en 1978; justo en año en el que Bluford se incorporó a la NASA. 

Tras dos años de entrenamiento Arnaldo Tamayo voló en la misión Soyuz 38 que despegó de Baikonur el 18 de septiembre de 1980 para acoplarse el día siguiente a la estación espacial Saliut 6, donde permaneció varios días llevando a cabo experimentos científicos junto a su compañero ruso y a la tripulación del Soyut 37 que había llegado previamente. Regresó a la Tierra el 26 de septiembre.

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Pigmentos elaborados con momias egipcias molidas para ejectuar obras maestras de la pintura

'La libertad guiando al pueblo', obra de Eugène Delacroix

Algunos cuadros ocultan secretos, como La Libertad Guiando al Pueblo, de Eugene Delacroix; esa imagen en la que una hermosa representación de la República encabeza una procesión de revolucionarios dispuestos a todo para defender la libertad por encima de los cadáveres de sus compañeros ya caídos. Pues bien: los cuerpos de los rebeldes masacrados están pintados en un color muy particular conocido como marrón momia

Fue muy usado durante siglos en pintura por sus cualidades pictóricas y que estaba compuesto entre otras cosas por genuinas momias egipcias molidas. 

El marrón momia derivaba algunas de sus propiedades de la especial composición de los cuerpos momificados, ya que ahí no había sólo carne sino las sustancias químicas usadas en el proceso de momificación como natrón, asfalto, etc.

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Navegantes del Paleolítico

Imagen de Ridpath's history of the world

Hace poco se han descubierto evidencias que sugieren que nuestros primos los neandertales eran capaces de realizar arte en forma de pinturas, grabados y similares, pero ahora se está empezando a discutir la posibilidad de que no sólo fueran artistas mucho antes de lo que pensábamos, sino también marineros

Evidencias en forma de herramientas de piedra características están apareciendo en islas griegas como Creta, donde se ha encontrado un conjunto de industria lítica muy amplio con características achelenses que los arqueólogos han conseguido datar en más de 130.000 años de antigüedad. 

Y no son los únicos: herramientas con morfología Musteriense, que es típica de los neandertales, ha aparecido en islas como Naxos, en las Cícladas, al sur del Egeo. De confirmarse las dataciones esto supondría que hace centenares de miles de años los humanos éramos ya capaces de navegar en mar abierto; y es más, que quizá los neandertales eran capaces de hacerlo. 

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Maurice Hilleman te curó la rubeola, el sarampión y las paperas

Maurice Hilleman

Maurice Hilleman Walter Reed Army Medical Center

Hay personas que han salvado millones de vidas y que salvarán aún muchas más a las que casi nadie conoce. Una de ellas es Maurice R. Hilleman, un microbiólogo estadounidense.

Durante su prolífica y variada carrera se especializó en la creación, desarrollo y despliegue de vacunas desde una serie de puestos públicos y privados a lo largo de la cual llegó a ser considerado el ‘padre’ de más de 40 vacunas diferentes.

Entre las enfermedades que han quedado muy reducidas gracias a las vacunas de Hilleman están la rubeola, el sarampión, la hepatitis A y B, las paperas y la varicela; también participó en la creación de las vacunas del neumococo, de diversos meningococos y de bacterias como la Haemophilus influenzae, erróneamente considerada antaño como responsable de la gripe.

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Nuestra atmósfera es una sopa de virus

Varios virus del síndrome respiratorio de Oriente Medio

Ya sabemos que vivimos sumergidos en un océano de bacterias; lo que no sabíamos es que cada día estamos recibiendo una inimaginable ducha de virus que caen desde el cielo. Nada menos que 800 millones de virus por metro cuadrado y día, según el cálculo efectuado por un equipo con participación española (de la Universidad de Granada) sobre mediciones efectuadas en Sierra Nevada. 

Sospechando que los virus pueden formar parte de las partículas en suspensión en la atmósfera, debido a su diminuto tamaño, este equipo subió a las cumbres de la sierra andaluza para situarse por encima de la capa más turbulenta y revuelta de la atmósfera, aunque aún por debajo del límite de la troposfera (la altura a la que vuelan los aviones comerciales), y colocó en esencia cubos abiertos para recoger lo que caía espontáneamente del cielo. Y después comprobaron qué caía dentro.

Así llegaron a esa apabullante cifra, que supone que nuestra atmósfera es una verdadera sopa vírica. Con las bacterias en suspensión ya sabemos que tiene consecuencias: es posible que los virus puedan también participar en la meteorología local y que el clima dependa en parte de su presencia en suspensión.  

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El tesoro del Carambolo no procede de la Atlántida

Tesoro del Carambolo

En 1958 unos obreros cavaban en un cerro del municipio de Camas, cerca de Sevilla, para la construcción del nuevo Club de Tiro cuando encontraron primero un brazalate y luego un jarrón cerámico repleto de piezas metálicas que resultaron ser el hoy conocido como tesoro del Carambolo.

21 piezas de oro de 24 kilates, casi 3 kilos del preciado metal, labrado en una serie de joyas finamente trabajadas algunas de las cuales llevan marcas de haber portado piedras preciosas incrustadas. Nacía así un misterio: ¿ quién elaboró aquellas piezas, y cuándo?

Desde su mismo descubrimiento la procedencia de estas joyas ha sido controvertida: su estilo es orientalizante y hay quien las asigna al arte fenicio o cartaginés, mientras que otros opinan que se trata de joyería del mítico reino de Tartessos.

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Williamina Fleming, de sirvienta a astrónoma

Williamina Fleming

En 1879 las perspectivas vitales de la escocesa Mina Fleming en los EE UU no eran muy buenas: con 22 años, casada desde hacía dos y con un hijo recién nacido su marido la abandonó, por lo que tuvo que buscar un empleo (de cualquier clase) para dar de comer a su bebé. Nada hacía presagiar que acabaría teniendo una carrera propia en astronomía.

A pesar de haber trabajado como maestra en su Dundee natal y después en Boston, Fleming aceptó lo que encontró: un empleo como sirvienta y ama de llaves en la casa de Edward Pickering, director del Observatorio Universitario de Harvard. Pickering usaba para sus investigaciones astronómicas computadoras humanas: hombres (mal pagados) que realizaban los monótonos cálculos necesarios para sacar provecho a las observaciones telescópicas, y gustaba de señalar que las operaciones eran tan simples que podría hacerlas ‘hasta mi sirvienta escocesa’; quizá para demostrarlo acabó por contratar a Williamina Fleming como calculadora.

Pero tan eficaz llegó a ser en ese trabajo que en 1889 acabó encargada de las contrataciones, y se dedicó a formar un grupo de mujeres computadoras que llegaron a ser conocidas como las Computadoras de Harvard ("el harén de Pickering", para las malas lenguas); una de ellas, Henrietta Swan Levitt, acabaría siendo una astrónoma por derecho propio.

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Un científico británico descubre que el pico de un ave marina es fluorescente

Un ejemplar de frailecillo atlántico

Cada uno cuenta la película según la ve, y lo mismo pasa a veces en ciencia: tendemos a quedarnos en aquello que nosotros, los humanos, somos capaces de ver nos olvidamos de lo que es invisible a nuestros ojos (pero existe).

Un científico británico acaba de descubrir algo que siempre ha estado ahí pero que nunca habíamos visto: los picos de los frailecillos, un ave habitante del ártico que tiene un pico de grandes dimensiones que en época reproductiva se colorea de vívidos rojos con franjas amarillas, son además fluorescentes.

Iluminados con luz ultravioleta, la ‘luz negra’ de las discotecas, las franjas amarillas de su pico se iluminan como lámparas. Se trata de fluorescencia real, el fenómeno por el que determinadas sustancias son capaces de absorber luz de una longitud de onda y volver a emitirla en otra longitud de onda (color) diferente, y los pájaros pueden verla debido a que sus ojos son capaces de percibir tonos que está fuera del alcance de los nuestros.

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Un ciervo extinguido, protagonista del arte figurativo griego más antiguo

Ilustración de un Candiacervus ropalophorus

Ilustración de un Candiacervus ropalophorus Apokryltaros extraído por CCrdz / Wikipedia

La estética pictórica y escultórica griega clásica es una de las influencias claves del arte occidental, directamente o vía Roma, que en buena medida la adoptó como propia y la desarrolló.

Conocemos bien la evolución estética de las varias civilizaciones griegas, desde la Minoica a la clásica, e incluso más antiguas; se conservan imágenes hasta bien entrado el Neolítico.

Pero curiosamente en Grecia no habían aparecido imágenes, sobre todo figurativas, de era Paleolítica; o mejor dicho no sabíamos que habían aparecido. Porque el reanálisis de una serie de grabados descubiertos hace 40 años en una cueva en la isla de Creta ha revelado las primeras muestras de arte figurativo paleolítico halladas en Grecia, y su edad: 11.000 años, correspondiente al Epipaleolítico.

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Howard Florey nos dio la penicilina (con permiso de Fleming)

Howard Walter Florey

Howard Walter Florey Fundación Nobel

¿Cómo que nos dio la penicilina? Todo el mundo sabe que la penicilina fue descubierta por Alexander Fleming, que tiene monumentos en todo el mundo (entre ellos uno de los toreros en la plaza de Las Ventas).

Es cierto que Fleming descubrió el efecto del hongo Penicillium sobre las bacterias y dedujo que existía una sustancia bactericida, e incluso demostró que no era tóxica.

Pero estos descubrimientos se llevaron a cabo en 1928; la sustancia era inestable y su purificación difícil, de modo que Fleming acabó abandonando su estudio, que quedó como poco más que una nota a pie de página.

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